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ANACONDA 

CUENTOS COMPLETOS 


HORACIO QUIROGA 



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Anaconda, Cuentos Completos 


Horacio Quiroga 


INDICE 


> Anaconda 

> El simún 

> El mármol inútil 

> Gloria tropical 

> El yaciyateré 

> Los fabricantes de carbón 

> El monte negro 

> En la noche 

> Las rayas 

> La lengua 

> El vampiro 

> La mancha hiptálmica 

> La crema de chocolate 

> Los cascarudos 

> El Divino 

> El canto del cisne 

> Dieta de amor 

> Polea loca 

> Miss Dorothy Phillips, mi esposa 


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Anaconda, Cuentos Completos 


Horacio Quiroga 3 



I 


Eran las diez de la noche y hacía un calor sofocante. El tiempo cargado pesaba 
sobre la selva, sin un soplo de viento. El cielo de carbón se entreabría de vez en 
cuando en sordos relámpagos de un extremo a otro del horizonte; pero el chubasco 
silbante del sur estaba aún lejos. 

Por un sendero de vacas en pleno espartillo blanco, avanzaba Lanceolada con la 
lentitud genérica de las víboras. Era una hermosísima yarará, de un metro cincuenta, 
con los negros ángulos de su flanco bien cortados en sierra, escama por escama. 
Avanzaba tanteando la seguridad del terreno con la lengua, que en los ofidios 
reemplaza perfectamente a los dedos. 

Iba de caza. Al llegar a un cruce de senderos se detuvo, se arrolló prolijamente 
sobre sí misma, removióse aún un momento acomodándose y después de bajar la 
cabeza al nivel de sus anillos, asentó la mandíbula inferior y esperó inmóvil. 

Minuto tras minuto esperó cinco horas. Al cabo de este tiempo continuaba en 
igual inmovilidad. ¡Mala noche! Comenzaba a romper el día e iba a retirarse, cuando 
cambió de idea. Sobre el cielo lívido del este se recortaba una inmensa sombra. 

-Quisiera pasar cerca de la Casa -se dijo la yarará . Hace días que siento ruido, y 
es menester estar alerta... 

Y marchó prudentemente hacia la sombra. 

La casa a que hacía referencia Lanceolada era un viejo edificio de tablas rodeado 
de corredores y todo blanqueado. En torno se levantaban dos o tres galpones. Desde 
tiempo inmemorial el edificio había estado deshabitado. Ahora se sentían ruidos 
insólitos, golpes de fierros, relinchos de caballo, conjunto de cosas en que trascendía a 
la legua la presencia del Hombre. Mal asunto... 

Pero era preciso asegurarse, y Lanceolada lo hizo mucho más pronto de lo que 
hubiera querido. 

Un inequívoco ruido de puerta abierta llegó a sus oídos. La víbora irguió la 
cabeza, y mientras notaba que una rubia claridad en el horizonte anunciaba la aurora 
vio una angosta sombra, alta y robusta, que avanzaba hacia ella. Oyó también el ruido 
de las pisadas, el golpe seguro, pleno, enormemente distanciado que denunciaba 
también a la legua al enemigo. 

-¡El Hombre! -murmuró Lanceolada. Y rápida como el rayo se arrolló en 
guardia. 

La sombra estuvo sobre ella. Un enorme pie cayó a su lado, y la yarará, con toda 
la violencia de un ataque al que jugaba la vida, lanzó la cabeza contra aquello y la 
recogió a la posición anterior. 

El hombre se detuvo: había creído sentir un golpe en las botas. Miró el yuyo a su 
alrededor sin mover los pies de su lugar; pero nada vio en la oscuridad apenas rota por 
el vago día naciente, y siguió adelante. 


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Pero Lanceolada vio que la Casa comenzaba a vivir, esta vez real y 
efectivamente con la vida del Hombre. La yarará emprendió la retirada a su cubil 
llevando consigo la seguridad de que aquel acto nocturno no era sino el prólogo del 
gran drama a desarrollarse en breve. 


II 


Al día siguiente la primera preocupación de Lanceolada fue el peligro que con la 
llegada del Hombre se cernía sobre la familia entera. Hombre y Devastación son 
sinónimos desde tiempo inmemorial en el Pueblo entero de los Animales. Para las 
Víboras en particular, el desastre se personificaba en dos horrores: el machete 
escudriñando, revolviendo el vientre mismo de la selva, y el fuego aniquilando el 
bosque en seguida, y con él los recónditos cubiles. 

Tornábase, pues, urgente prevenir aquello. Lanceolada esperó la nueva noche 
para ponerse en campaña. Sin gran trabajo halló a dos compañeras, que lanzaron la 
voz de alarma. Ella, por su parte, recorrió hasta las doce los lugares más indicados 
para un feliz encuentro, con suerte tal que a las dos de la mañana el Congreso se 
hallaba, si no en pleno, por lo menos con mayoría de especies para decidir qué se 
haría. 

En la base de un murallón de piedra viva, de cinco metros de altura, y en pleno 
bosque, desde luego, existía una caverna disimulada por los heléchos que obstruían 
casi la entrada. Servía de guarida desde mucho tiempo atrás a Terrífica, una serpiente 
de cascabel, vieja entre las viejas, cuya cola contaba treinta y dos cascabeles. Su largo 
no pasaba de un metro cuarenta, pero en cambio su grueso alcanzaba al de una botella. 
Magnífico ejemplar, cruzada de rombos amarillos, vigorosa, tenaz, capaz de quedar 
siete horas en el mismo lugar frente al enemigo, pronta a enderezar los colmillos con 
canal interno que son, como se sabe, si no los más grandes, los más admirablemente 
constituidos de todas las serpientes venenosas. 

Fue allí, en consecuencia, donde, ante la inminencia del peligro y presidido por 
la víbora de cascabel, se reunió el Congreso de las Víboras. Estaban allí, fuera de 
Lanceolada y Terrífica, las demás yararás del país: la pequeña Coatiarita , benjamín de 
la Familia, con la línea rojiza de sus costados bien visibles y su cabeza 
particularmente afilada. Estaba allí, negligentemente tendida como si se tratara de 
todo menos de hacer admirar las curvas blancas y café de su lomo sobre largas bandas 
salmón; la esbelta Neuwied , dechado de belleza, y que había guardado para sí el 
nombre del naturalista que determinó su especie. Estaba Cruzada -que en el sur llaman 
víbora de la cruz-, potente y audaz rival de Neuwied en punto a belleza de dibujo. 
Estaba Atroz, de nombre suficientemente fatídico; y por último, Urutú Dorado, la 
yararacusú , disimulando discretamente en el fondo de la caverna sus ciento setenta 
centímetros de terciopelo negro cruzado oblicuamente por bandas de oro. 

Es de notar que las especies del formidable género Lachesis, o yararás, a que 
pertenecían todas las congresales menos Terrífica, sostienen una vieja rivalidad por la 
belleza del dibujo y el color. Pocos seres, en efecto, tan bien dotados como ellas. 


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Según las leyes de las víboras, ninguna especie poco abundante y sin dominio 
real en el país puede presidir las asambleas del Imperio. Por esto Urutú Dorado, 
magnífico animal de muerte, pero cuya especie es más bien rara, no pretendía este 
honor, cediéndolo de buen grado a la víbora de cascabel, más débil, pero que abunda 
milagrosamente. 

El Congreso estaba, pues, en mayoría, y Terrífica abrió la sesión. ¡Compañeras! 
-dijo-. Hemos sido todas enteradas por Lanceolada de la presencia nefasta del 
Hombre. Creo interpretar el anhelo de todas nosotras, al tratar de salvar nuestro 
Imperio de la invasión enemiga. Sólo un medio cabe, pues la experiencia nos dice que 
el abandono del terreno no remedia nada. Este medio, ustedes lo saben bien, es la 
guerra al Hombre, sin tregua ni cuartel, desde esta noche misma, a la cual cada especie 
aportará sus virtudes. Me halaga en esta circunstancia olvidar mi especificación 
humana: No soy ahora una serpiente de cascabel: soy una yarará, como ustedes. Las 
yararás, que tienen a la Muerte por negro pabellón. ¡Nosotras somos la Muerte, 
compañeras! Y entretanto, que alguna de las presentes proponga un plan de campaña. 
Nadie ignora, por lo menos en el Imperio de las Víboras, que todo lo que Terrífica 
tiene de largo en sus colmillos, lo tiene de corto en su inteligencia. Ella lo sabe 
también, y aunque incapaz por lo tanto de idear plan alguno, posee, a fuer de vieja 
reina, el suficiente tacto para callarse. 

Entonces Cruzada, desperezándose, dijo: 

-Soy de la opinión de Terrífica, y considero que mientras no tengamos un plan, 
nada podemos ni debemos hacer. Lo que lamento es la falta en este Congreso de 
nuestras primas sin veneno: las Culebras. 

Se hizo un largo silencio. Evidentemente, la proposición no halagaba a las 
víboras. Cruzada se sonrió de un modo vago y continuó: 

-Lamento lo que pasa... Pero quisiera solamente recordar esto: si entre todas 
nosotras pretendiéramos vencer a una culebra, no lo conseguiríamos. Nada más quiero 
decir. 

-Si es por su resistencia al veneno -objetó perezosamente Urutú Dorado, desde el 
fondo del antro-, creo que yo sola me encargaría de desengañarlas... 

No se trata de veneno replicó desdeñosamente Cruzada-, Yo también me 
bastaría... agregó con una mirada de reojo a la yararacusú. Se trata de su fuerza, de su 
destreza, de su nerviosidad, como quiera llamársele. Cualidades de lucha que nadie 
pretenderá negar a nuestras primas. Insisto en que en una campaña como la que 
queremos emprender las serpientes nos serán de gran utilidad; más: de imprescindible 
necesidad. 

Pero la proposición desagradaba siempre: 

-¿Por qué las culebras? -exclamó Atroz- Son despreciables. Tienen ojos de 
pescado agregó la presuntuosa Coatiarita. 

-¡Me dan asco ¡protestó desdeñosamente Lanceolada. 

-Tal vez sea otra cosa lo que te dan... -murmuró Cruzada mirándola de reojo. 

-¿A mí? -silbó Lanceolada, irguiéndose-. ¡Te advierto que haces mala figura 
aquí, defendiendo a esos gusanos corredores! 

Si te oyen las Cazadoras..." murmuró irónicamente Cruzada. Pero al oír este 
nombre, Cazadoras, la asamblea entera se agitó. 

¡No hay para qué decir eso! gritaron-, ¡Ellas son culebras, y nada más! 


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¡Ellas se llaman a sí mismas las Cazadoras! -replicó secamente Cruzada-, Y 
estamos en Congreso. 

También desde tiempo inmemorial es fama entre las víboras la rivalidad 
particular de las dos yararás: Lanceolada, hija del extremo norte, y Cruzada, cuyo 
hábitat se extiende más al sur. Cuestión de coquetería en punto a belleza, según las 
culebras. 

-¡Vamos, vamos! -intervino Terrífica- Que Cruzada explique para qué quiere la 
ayuda de las culebras, siendo así que no representan la Muerte como nosotras. 

-¡Para esto! -replicó Cruzada ya en calma- Es indispensable saber qué hace el 
Hombre en la casa; y para ello se precisa ir hasta allá, a la casa misma. Ahora bien, la 
empresa no es fácil, porque si el pabellón de nuestra especie es la Muerte, el pabellón 
del Hombre es también la Muerte, ¡y bastante más rápida que la nuestra! Las 
serpientes nos aventajan inmensamente en agilidad. Cualquiera de nosotras iría y 
vería. Pero ¿volvería? Nadie mejor para esto que la Ñacaniná. Estas exploraciones 
forman parte de sus hábitos diarios, y podría, trepada al techo, ver, oír, y regresar a 
informamos antes de que sea de día. 

La proposición era tan razonable que esta vez la asamblea entera asintió, aunque 
con un resto de desagrado. 

-¿Quién va a buscarla? -preguntaron varias voces. Cruzada desprendió la cola de 
un tronco y se deslizó afuera. ¡Voy yo! -dijo- En seguida vuelvo. 

-¡Eso es! -le lanzó Lanceolada de atrás-. ¡Tú que eres su protectora la hallarás en 
seguida! 

Cruzada tuvo aún tiempo de volver la cabeza hacia ella, y le sacó la lengua, reto 
a largo plazo. 


III 


Cruzada halló a la Ñacaniná" cuando ésta trepaba a un árbol. -¡Eh, Ñacaniná! - 
llamó con un leve silbido. 

La Nancaniná oyó su nombre; pero se abstuvo prudentemente de contestar hasta 
nueva llamada. 

-¡Ñacaniná! -repitió Cruzada, levantando medio tono su silbido. -¿Quién me 
llama? respondió la culebra. 

-¡Soy yo. Cruzada! 

-¡Ah, la prima...! ¿Qué quieres, prima adorada? 

-No se trata de bromas, Ñacaniná... ¿Sabes lo que pasa en la Casa? -Sí, que ha 
llegado el Hombre... ¿Qué más? 

Y, ¿sabes que estamos en Congreso? 

¡Ah, no; esto no lo sabía! -repuso la Ñacaniná, deslizándose cabeza abajo contra 
el árbol, con tanta seguridad como si marchara sobre un plano horizontal-. Algo grave 
debe pasar para eso... ¿Qué ocurre? 


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-Por el momento, nada; pero nos hemos reunido en Congreso precisamente para 
evitar que nos ocurra algo. En dos palabras: se sabe que hay varios hombres en la 
Casa, y que se van a quedar definitivamente. Es la Muerte para nosotras. 

Yo creía que ustedes eran la Muerte por sí mismas... ¡No se cansan de repetirlo! 
-murmuró irónicamente la culebra. 

¡Dejemos esto! Necesitamos de tu ayuda, Ñacaniná. ¿Para qué? ¡Yo no tengo 
nada que ver aquí! 

¿Quién sabe? Para desgracia tuya, te pareces bastante a nosotras, las Venenosas. 
Defendiendo nuestros intereses, defiendes los tuyos. 

-¡Comprendo! -repuso la Ñacaniná después de un momento en el que valoró la 
suma de contingencias desfavorables para ella por aquella semejanza. 

-Bueno: ¿contamos contigo? 

-¿Qué debo hacer? 

-Muy poco. Ir en seguida a la Casa, y arreglarte allí de modo que veas y oigas lo 
que pasa. 

-¡No es mucho, no! -repuso negligentemente Ñacaniná, restregando la cabeza 
contra el tronco-, Pero es el caso agregó- que allá arriba tengo la cena segura... Una 
pava del monte a la que desde anteayer se le ha puesto en el copete anidar allí... 

-Tal vez allá encuentres algo que comer -la consoló suavemente Cruzada. Su 
prima la miró de reojo. 

-Bueno, en marcha -reanudó la yarará-. Pasemos primero por el Congreso. 

-¡Ah, no! -protestó la Ñacaniná-. ¡Eso no! ¡Les hago a ustedes el favor, y en paz! 
Iré al Congreso cuando vuelva... si vuelvo. Pero ver antes de tiempo la cáscara rugosa 
de Terrífica, los ojos de matón de Lanceolada y la cara estúpida de Coralina". ¡Eso, 
no! 

-No está Coralina. 

-¡No importa! Con el resto tengo bastante. 

-¡Bueno, bueno! -repuso Cruzada, que no quería hacer hincapié-, Pero si no 
disminuyes un poco la marcha, no te sigo. 

En efecto, aun a todo correr, la yarará no podía acompañar el deslizar -casi lento 
para ella- de la Ñacaniná. 

-Quédate, ya estás cerca de las otras -contestó la culebra. Y se lanzó a toda 
velocidad, dejando en un segundo atrás a su prima Venenosa. 


IV 


Un cuarto de hora después la Cazadora llegabaa su destino. Velaban todavía en 
la casa. Por las puertas, abiertas de par en par, salían chorros de luz, y ya desde lejos 
la Ñacaniná pudo ver cuatro honbres sentados alrededor de la mesa. 

Para llegar con impunidad sólo faltaba evitarel problemático tropiezo con un 
perro. ¿Los habría? Mucho lo temí¿ Ñacaniná. Por esto deslizóse adelante con gran 
cautela, sobre todo cuando llegó ante el corredor. 


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Ya en él observó con atención. Ni enfrente, ni ala derecha, ni a la izquierda había 
perro alguno. Sólo allá, en el corredor apuesto y que la culebra podía ver por entre las 
piernas de los hombres, un perro negro dormía echado de costado. 

La plaza, pues, estaba libre. Como desde el lugar en que se encontraba podía oír, 
pero no ver el panorama entero de los hombres hablando, la culebra, tras una ojeada 
arriba, tuvo lo que deseaba en un momento. Trepó por una escalera recostada a la 
pared bajo el corredor y se instaló en el espacio libre entre pared y techo, tendida 
sobre el tirante. Pero por más precauciones que tomara al deslizarse, un viejo clavo 
cayó al suelo y un hombre levantó los ojos. -¡Se acabó! -se dijo Ñacaniná, 
conteniendo la respiración. Otro hombre miró también arriba. 

-¿Qué hay? preguntó. 

-Nada -repuso el primero-. Me pareció ver algo negro por allá. 

-Una rata. 

-Se equivocó el Hombre -murmuró para sí la culebra. 

-O alguna ñacaniná. 

-Acertó el otro Hombre -murmuró de nuevo la aludida, aprestándose a la lucha. 

Pero los hombres bajaron de nuevo la vista, y la Ñacaniná vio y oyó durante 
media hora. 


V 


La Casa, motivo de preocupación de la selva, habíase convertido en es- 
tablecimiento científico de la más grande importancia. Conocida ya desde tiempo 
atrás la particular riqueza en víboras de aquel rincón del territorio, el Gobierno de la 
Nación había decidido la creación de un Instituto de Seroterapia Ofídica, donde se 
prepararían sueros contra el veneno de las víboras. La abundancia de éstas es un punto 
capital, pues nadie ignora que la carencia de víboras de que extraer el veneno es el 
principal inconveniente para una vasta y segura preparación del suero. 

El nuevo establecimiento podía comenzar casi en seguida, porque contaba con 
dos animales -un caballo y una muía- ya en vías de completa inmunización. Habíase 
logrado organizar el laboratorio y el serpentario. Este último prometía enriquecerse de 
un modo asombroso, por más que el Instituto hubiera llevado consigo no pocas 
serpientes venenosas, las mismas que servían para inmunizar a los animales citados. 

Pero si se tiene en cuenta que un caballo, en su último grado de inmunización, 
necesita seis gramos de veneno en cada inyección (cantidad suficiente para matar 
doscientos cincuenta caballos), se comprenderá que deba ser muy grande el número de 
víboras en disponibilidad que requiere un Instituto del género. 

Los días, duros al principio, de una instalación en la selva, mantenían al personal 
superior del Instituto en vela hasta medianoche, entre planes de laboratorio y demás. 

Y los caballos, ¿cómo están hoy? -preguntó uno, de lentes negros, y que parecía 
ser el jefe del Instituto. 

-Muy caídos -repuso otro-. Si no podemos hacer una buena recolección en estos 
días... 

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La Ñacaniná, inmóvil sobre el tirante, ojos y oídos alerta, comenzaba a 
tranquilizarse. 

-Me parece se dijo- que las primas venenosas se han llevado un susto 
magnífico. De estos hombres no hay gran cosa que temer... Y avanzando más la 
cabeza, a tal punto que su nariz pasaba ya la línea del tirante, observó con más 
atención. 

Pero un contratiempo evoca otro. 

-Hemos tenido hoy un día malo agregó alguno-. Cinco tubos de ensayo se 
han roto... 

La Ñacaniná sentíase cada vez más inclinada a la compasión. -¡Pobre gente! 
murmuró-. Se les han roto cinco tubos... 

Y se disponía a abandonar su escondite para explorar aquella inocente casa, 
cuando oyó: 

-En cambio, las víboras están magníficas... Parece sentarles el país. 

-¿Eh? -dio una sacudida la culebra, jugando velozmente con la lengua-, ¿Qué 
dice ese pelado de traje blanco? 

Pero el hombre proseguía: 

-Para ellas, sí, el lugar me parece ideal... Y las necesitamos urgentemente, los 
caballos y nosotros. 

-Por suerte, vamos a hacer una famosa cacería de víboras en este país. No hay 
duda de que es el país de las víboras. 

-Hum..., hum..., hum... -murmuró Ñacaniná, arrollándose en el tirante cuanto le 
fue posible-. Las cosas comienzan a ser un poco distintas... Hay que quedar un poco 
más con esta buena gente... Se aprenden cosas curiosas. 

Tantas cosas curiosas oyó, que cuando, al cabo de media hora, quiso retirarse, el 
exceso de sabiduría adquirida le hizo hacer un falso movimiento, y la tercera parte de 
su cuerpo cayó, golpeando la pared de tablas. Como había caído de cabeza, en un 
instante la tuvo enderezada hacia la mesa, la lengua vibrante. 

La Ñacaniná, cuyo largo puede alcanzar a tres metros, es valiente, con seguridad 
la más valiente de nuestras serpientes. Resiste un ataque serio del hombre, que es 
inmensamente mayor que ella, y hace frente siempre. Como su propio coraje le hace 
creer que es muy temida, la nuestra se sorprendió un poco al ver que los hombres, 
enterados de que se trataba de una simple ñacaniná, se echaron a reír tranquilos. 

Es una ñacaniná... Mejor; así nos limpiará la casa de ratas. 

¿Ratas?... -silbó la otra. Y como continuaba provocativa, un hombre se levantó al 
fin. 

-Por útil que sea, no deja de ser un mal bicho... Una de estas noches la voy a 
encontrar buscando ratones dentro de mi cama... 

Y cogiendo un palo próximo, lo lanzó contra la Ñacaniná a todo vuelo. El palo 
pasó silbando junto a la cabeza de la intrusa y golpeó con terrible estruendo la pared. 

Hay ataque y ataque. Fuera de la selva, y entre cuatro hombres, la Ñacanina no 
se hallaba a gusto. Se retiró a escape, concentrando toda su energía en la cualidad que, 
juntamente con el valor, forman sus dos facultades primas: la velocidad para correr. 

Perseguida por los ladridos del perro, y aun rastreada buen trecho por éste -lo 
que abrió una nueva luz respecto a las gentes aquellas-, la culebra llegó a la caverna. 
Pasó por encima de Lanceolada y Atroz, y se arrolló a descansar, muerta de fatiga. 


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VI 


-¡Por fin! exclamaron todas, rodeando a la exploradora—. Creíamos que te ibas a 
quedar con tus amigos los Hombres... 

¡Hum!... -murmuró Ñacaniná. 

-¿Qué nuevas nos traes? -preguntó Terrífica. 

-¿Debemos esperar un ataque, o no tomar en cuenta a los Hombres? -Tal vez 
fuera mejor esto... Y pasar al otro lado del río repuso Ñacaniná. 

¿Qué?... ¿Cómo?... -saltaron todas-, ¿Estás loca? 

-Oigan, primero. 

¡Cuenta, entonces! 

Y Ñacaniná contó todo lo que había visto y oído: la instalación del instituto 
Seroterápico, sus planes, sus fines y la decisión de los hombres de cazar cuanta víbora 
hubiera en el país. 

-¡Cazarnos! -saltaron. Urutú Dorado, Cruzada y Lanceolada, heridas en lo más 
vivo de su orgullo-. ¡Matarnos, querrás decir! 

-¡No! ¡Cazarlas, nada más! Encerrarlas, darles bien de comer y extraerles cada 
veinte días el veneno. ¿Quieren vida más dulce? 

La asamblea quedó estupefacta. Ñacaniná había explicado muy bien el fin de 
esta recolección de veneno; pero lo que no había explicado eran los medios para llegar 
a obtener el suero. 

¡Un suero antivenenoso! Es decir, la curación asegurada, la inmunización de 
hombres y animales contra la mordedura; la Familia entera condenada a perecer de 
hambre en plena selva natal. 

-¡Exactamente! -apoyó Ñacaniná 

-No se trata sino de esto. 

Para la Ñacaniná, el peligro previsto era mucho menor. ¿Qué le importaba a ella 
y sus hermanas las cazadoras -a ellas, que cazaban a diente limpio, a fuerza de 
músculos- que los animales estuvieran o no inmunizados? Un solo punto oscuro veía 
ella, y es el excesivo parecido de una culebra con una víbora % que favorecía 
confusiones mortales. Be aquí el interés de la culebra en suprimir el Instituto. 

-Yo me ofrezco a empezar la campaña -dijo Cruzada. 

-¿Tienes un plan? -preguntó ansiosa Terrífica, siempre falta de ideas. 

-Ninguno. Iré sencillamente mañana de tarde a tropezar con alguien. 

-¡Ten cuidado! -le dijo Ñacaniná, con voz persuasiva-, Hay varias jaulas vacías... 
¡Ah, me olvidaba! -agregó, dirigiéndose a Cruzada-, Hace un rato, cuando salí de 
allí... Hay un perro negro muy peludo... Creo que sigue el rastro de una víbora... ¡Ten 
cuidado! 

-¡Allá veremos! Pero pido que se llame a Congreso pleno para mañana de noche. 
Si yo no puedo asistir tanto peor... 

Mas la asamblea había caído en nueva sorpresa. -¿Perro que sigue nuestro 
rastro...? ¿Estás segura? 


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-Casi. ¡Ojo con ese perro, porque puede hacernos más daño que todos los 
hombres juntos! 

-Yo me encargo de él -exclamó Terrífica, contenta de (sin mayor esfuerzo 
mental) poder poner en juego sus glándulas de veneno, que a la menor contracción 
nerviosa se escurría por el canal de los colmillos. 

Pero ya cada víbora se disponía a hacer correr la palabra en su distrito, y a 
Ñacaniná, gran trepadora, se le encomendó especialmente llevar la voz de alerta a los 
árboles, reino preferido de las culebras. 

A las tres de la mañana la asamblea se disolvió. Las víboras, vueltas a la vida 
normal, se alejaron en distintas direcciones, desconocidas ya las unas para las otras, 
silenciosas, sombrías, mientras en el fondo de la caverna la serpiente de cascabel 
quedaba arrollada e inmóvil, fijando sus duros ojos de vidrio en un ensueño de mil 
perros paralizados. 


VII 


Era la una de la tarde. Por el campo de fuego, al resguardo de las matas de 
espartillo, se arrastraba Cruzada hacia la Casa. No llevaba otra idea, ni creía necesario 
tener otra, que matar al primer hombre que se pusiera a su encuentro. Llegó al 
corredor y se arrolló allí, esperando. Pasó así media hora. El calor sofocante que 
reinaba desde tres días atrás comenzaba a pesar sobre los ojos de la yarará, cuando un 
temblor sordo avanzó desde la pieza. La puerta estaba abierta, y ante la víbora, a 
treinta centímetros de su cabeza, apareció el perro, el perro negro y peludo, con los 
ojos entornados de sueño. 

¡Maldita bestia...! -se dijo Cruzada-, Hubiera preferido un hombre... 

En ese instante el perro se detuvo husmeando, y volvió la cabeza... ¡Tarde ya! 
Ahogó un aullido de sorpresa y movió desesperadamente el hocico mordido. 

-Ya tiene éste su asunto listo... -murmuró Cruzada, replegándose de nuevo. Pero 
cuando el perro iba a lanzarse sobre la víbora, sintió los pasos de su amo y se arqueó 
ladrando a la yarará. El hombre de los lentes ahumados apareció junto a Cruzada. 

-¿Qué pasa? -preguntaron desde el otro corredor. 

-Una alternatus... Buen ejemplar -respondió el hombre. Y antes de que hubiera 
podido defenderse, la víbora se sintió estrangulada en una especie de prensa afirmada 
al extremo de un palo. 

La yarará crujió de orgullo al verse así; lanzó su cuerpo a todos lados, trató en 
vano de recoger el cuerpo y arrollarlo en el palo. Imposible; le faltaba el punto de 
apoyo en la cola, el famoso punto de apoyo sin el cual una poderosa boa se encuentra 
reducida a la más vergonzosa impotencia. El hombre la llevó así colgando, y fue 
arrojada en el Serpentario. Constituíalo éste un simple espacio de tierra cercado con 
chapas de cinc liso, provisto de algunas jaulas, y que albergaba a treinta o cuarenta 
víboras. Cruzada cayó en tierra y se mantuvo un momento arrollada y congestionada 
bajo el sol de fuego. 


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La instalación era evidentemente provisoria; grandes y chatos cajones 
alquitranados servían de bañadera a las víboras, y varias casillas y piedras 
amontonadas ofrecían reparo a los huéspedes de ese paraíso improvisado. 

Un instante después la yarará se veía rodeada y pasada por encima por cinco o 
seis compañeras que iban a reconocer su especie. 

Cruzada las conocía a todas; pero no así a una gran víbora que se bañaba en una 
jaula cerrada con tejido de alambre. ¿Quién era? Era absolutamente desconocida para 
la yarará. Curiosa a su vez se acercó lentamente. 

Se acercó tanto, que la otra se irguió. Cruzada ahogó un silbido de estupor, 
mientras caía en guardia, arrollada. La gran víbora acababa de hinchar el cuello, pero 
monstruosamente, como jamás había visto hacerlo a nadie. Quedaba realmente 
extraordinaria así. 

-¿Quién eres? -murmuró Cruzada-, ¿Eres de las nuestras? 

Es decir, venenosa. La otra, convencida de que no había habido intención de 
ataque en la aproximación de la yarará, aplastó sus dos grandes orejas. 

-Sí -repuso- Pero no de aquí; de muy lejos... de la India. 

-¿Cómo te llamas? 

-Hamadrías... o cobra capelo real ". 

-Yo soy Cruzada. 

-Sí, no necesitas decirlo. He visto muchas hermanas tuyas ya... ¿Cuándo te 
cazaron? 

-Hace un rato. No pude matar. 

-Mejor hubiera sido para ti que te hubieran muerto... -Pero maté al perro. 

-¿Qué perro? ¿El de aquí? 

-Sí. 

La cobra real se echó a reír, a tiempo que Cruzada tenía una nueva sacudida: el 
perro lanudo que creía haber matado estaba ladrando... 

-¿Te sorprende, eh? -agregó Hamadrías-. A muchas les ha pasado lo mismo. 

-Pero es que mordí en la cabeza... -contestó Cruzada, cada vez más aturdida-, 
¡No me queda una gota de veneno! -concluyó. Es patrimonio de las yararás vaciar casi 
en una mordida sus glándulas. 

-Para él es lo mismo que te hayas vaciado o no... -¿No puede morir? 

-Sí, pero no por cuenta nuestra... Está inmunizado. Pero tú no sabes lo que es 
esto... 

-¡Sé! -repuso vivamente Cruzada-, ¡Ñacaniná nos contó...! La cobra real la 
consideró entonces atentamente. 

-Tú me pareces inteligente... 

-¡Tanto como tú..., por lo menos! -replicó Cruzada. 

El cuello de la asiática se expandió bruscamente de nuevo, y de nuevo la yarará 
cayó en guardia. 

Ambas víboras se miraron largo rato, y el capuchón de la cobra bajó lentamente. 

-Inteligente y valiente -murmuró Hamadrías-. A ti se te puede hablar... ¿Conoces 
el nombre de mi especie? 

-Hamadrías, supongo. 


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Horacio Quiroga 13 


-O Naja húngaro... o Cobra capelo real. Nosotras somos respecto de la vulgar 
cobra capelo de la India, lo que tú respecto de una de esas coatiaritas... ¿Y sabes de 
qué nos alimentamos? 

-No. 

-De víboras americanas..., entre otras cosas -concluyó balanceando la cabeza 
ante Cruzada. 

Esta apreció rápidamente el tamaño de la extranjera ofiófaga. 

-¿Dos metros cincuenta? -preguntó. 

-Sesenta... dos sesenta, pequeña Cruzada -repuso la otra, que había seguido su 
mirada. 

-Es un buen tamaño... Más o menos, el largo de Anaconda, una prima mía. 
¿Sabes de qué se alimenta? 

- -Supongo... 

-Sí, de víboras asiáticas -y miró a su vez a Hamadrías. 

-¡Bien contestado! -repuso ésta, balanceándose de nuevo. Y después de 
refrescarse la cabeza en el agua, agregó perezosamente: 

-¿Prima tuya, dijiste? 

-Sí. 

-¿Sin veneno, entonces? 

-Así es... Y por esto justamente tiene gran debilidad por las extranjeras 
venenosas. 

Pero la asiática no la escuchaba ya, absorta en sus pensamientos. 

-¡Oyeme! -dijo de pronto-, ¡Estoy harta de hombres, perros, caballos y de todo 
este infierno de estupidez y crueldad! Tú me puedes entender, porque lo que es ésas... 
Llevo año y medio encerrada en una jaula como si fuera una rata, maltratada, torturada 
periódicamente. Y, lo que es peor, despreciada, manejada como un trapo por viles 
hombres... Y yo, que tengo valor, fuerza y veneno suficiente para concluir con todos 
ellos, estoy condenada a entregar mi veneno para la preparación de sueros 
antivenenosos. ¡No te puedes dar cuenta de lo que esto supone para mi orgullo! ¿Me 
entiendes? -concluyó mirando en los ojos a la yarará. 

Sí -repuso la otra-. ¿Qué debo hacer? 

-Una sola cosa; un solo medio tenemos de vengarnos hasta las heces... Acércate, 
que no nos oigan... Tú sabes la necesidad absoluta de un punto de apoyo para poder 
desplegar nuestra fuerza... Toda nuestra salvación depende de esto. Solamente... 

-¿Qué? 

La cobra real miró otra vez fijamente a Cruzada. 

-Solamente que puedes morir... 

-¿Sola? 

-¡Oh, no! Ellos, algunos de los hombres también morirán... 

-¡Es lo único que deseo! Continúa. 

-Pero acércate aún... ¡Más cerca! 

El diálogo continuó un rato en voz tan baja, que el cuerpo de la yarará frotaba, 
descarnándose, contra las mallas de alambre. De pronto, la cobra se abalanzó y 
mordió por tres veces a Cruzada. Las víboras, que habían seguido de lejos el 
incidente, gritaron: 

-¡Ya está! ¡Ya la mató! ¡Es una traicionera! 


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Cruzada, mordida por tres veces en el cuello, se arrastró pesadamente por el 
pasto. Muy pronto quedó inmóvil, y fue a ella a quien encontró el empleado del 
Instituto cuando, tres horas después, entró en el Serpentario. 

El hombre vio a la yarará, y empujándola con el pie, le hizo dar vuelta como a 
una soga y miró su vientre blanco. 

-Está muerta, bien muerta... -murmuro- Pero ¿de qué? -Y se agachó a observar a 
la víbora. No fue largo su examen: en el cuello y en la misma base de la cabeza notó 
huellas inequívocas de colmillos venenosos. 

-¡Hum! se dijo el hombre- Esta no puede ser más que la hamadrías... Allí está, 
arrodillada y mirándome como si yo fuera otra alternatus... Veinte veces le he dicho al 
director que las mallas del tejido son demasiado grandes. Ahí está la prueba... En fin - 
concluyó, cogiendo a Cruzada por la cola y lanzándola por encima de la barrera de 
cinc-, ¡Un bicho menos que vigilar! 

Fue a ver al director: 

-La hamadrías ha mordido a la yarará que introdujimos hace un rato. Vamos a 
extraerle muy poco veneno. 

-Es un fastidio grande -repuso aquél-, Pero necesitamos para hoy el veneno... No 
nos queda más que un solo tubo de suero... ¿Murió la alternatus? 

-Sí; la tiré afuera... ¿Traigo a la hamadrías? 

-No hay más remedio... Pero para la segunda recolección, de aquí a dos o tres 
horas. 


VIII 


...Se hallaba quebrantada, exhausta de fuerzas. Sentía la boca llena de tierra y 
sangre. ¿Dónde estaba? 

El velo denso de sus ojos comenzaba a desvanecerse, y Cruzada alcanzó a 
distinguir el contorno. Vio -y reconoció- el muro de cinc, y súbitamente recordó todo: 
el perro negro, el lazo, la inmensa serpiente asiática 

y el plan de batalla de ésta en que ella misma. Cruzada, iba jugando su vida. 
Recordaba todo, ahora que la parálisis provocada por el veneno comenzaba a 
abandonarla. Con el recuerdo, tuvo conciencia plena de lo que debía hacer. ¿Sería 
tiempo todavía? 

Intentó arrastrarse, mas en vano; su cuerpo ondulaba, pero en el mismo sitio, sin 
avanzar. Pasó un rato aún y su inquietud crecía. 

-¡Y no estoy sino a treinta metros! -murmuraba-. ¡Dos minutos, un solo minuto 
de vida, y llego a tiempo! 

Y tras nuevo esfuerzo consiguió deslizarse, arrastrarse desesperadamente hacia 
el laboratorio. 


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Atravesó el patio, llegó a la puerta en el momento en que el empleado, con las 
dos manos sostenía, colgando en el aire, la Hamadrías, mientras el hombre de los 
lentes ahumados le introducía el vidrio de reloj en la boca. La mano se dirigía a 
oprimir las glándulas, y Cruzada estaba aún en el umbral. 

-¡No tendré tiempo! se dijo desesperada. Y arrastrándose en un supremo 
esfuerzo, tendió adelante los blanquísimos colmillos. El peón, al sentir su pie descalzo 
abrasado por los dientes de la yarará, lanzó un grito 

y bailó. No mucho; pero lo suficiente para que el cuerpo colgante de la cobra 
real oscilara y alcanzase a la pata de la mesa, donde se arrolló velozmente. Y con ese 
punto de apoyo, arrancó su cabeza de entre las manos del peón y fue a clavar hasta la 
raíz los colmillos en la muñeca izquierda del hombre de lentes negros, justamente en 
una vena. 

¡Ya estaba! Con los primeros gritos, ambas, la cobra asiática y la varará, huían 
sin ser perseguidas. 

-¡Un punto de apoyo! murmuraba la cobra volando a escape por el campo-. Nada 
más que eso me faltaba. ¡Ya lo conseguí, por fin! 

-Sí -corría la yarará a su lado, muy dolorida aún-, Pero no volvería a repetir el 
juego... 

Allá, de la muñeca del hombre pendían dos negros hilos de sangre pegajosa. La 
inyección de una hamadrías en una vena es cosa demasiado seria para que un mortal 
pueda resistirla largo rato con los ojos abiertos -y los del herido se cerraban para 
siempre a los cuatro minutos. 


IX 


El Congreso estaba en pleno. Fuera de Terrífica y Ñacaniná, y las vararás Urutú 
Dorado, Coatiarita, Neuwied, Atroz y Lanceolada, había acudido Coralina -de cabeza 
estúpida, según Ñacaniná-, lo que no obsta para que su mordedura sea de las más 
dolorosas. Además es hermosa, incontestablemente hermosa con sus anillos rojos y 
negros. 

Siendo, como es sabido, muy fuerte la vanidad de las víboras en punto de 
belleza, Coralina se alegraba bastante de la ausencia de su hermana Frontal", cuyos 
triples anillos negros y blancos sobre fondo de púrpura colocan a esta víbora de coral 
en el más alto escalón de la belleza ofídica. 

Las Cazadoras estaban representadas esa noche por Drimobia, cuyo destino 'es 
ser llamada yararacusú del monte, aunque su aspecto sea bien distinto. Asistían Cipo 
", de un hermoso verde y gran cazadora de pájaros; Radínea, pequeña y oscura, que no 
abandona jamás los charcos; Boipeva , cuya característica es achatarse completamente 
contra el suelo, apenas se siente amenazada. Trigémina, culebra de coral, muy fina de 
cuerpo, como sus compañeras arborícolas; y por último Esculapja 23, también de co- 
ral, cuya entrada, por razones que se verá enseguida, fue acogida con generales 
miradas de desconfianza. 

Faltaban asimismo varias especies de las venenosas y las cazadoras, ausencia 
ésta que requiere una aclaración. 


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Al decir Congreso pleno, hemos hecho referencia a la gran mayoría de las 
especies, y sobre todo de las que se podrían llamar reales por su importancia. Desde el 
primer Congreso de las Víboras se acordó que las especies numerosas, estando en 
mayoría, podían dar carácter de absoluta fuerza a sus decisiones. De aquí la plenitud 
del Congreso actual, bien que fuera lamentable la ausencia de la yarará SurucustT, a 
quien no había sido posible hallar por ninguna parte; hecho tanto más de sentir cuanto 
que esta víbora, que puede alcanzar a tres metros, es, a la vez la que reina en América, 
viceemperatriz del Imperio Mundial de las Víboras, pues sólo una la aventaja en 
tamaño y potencia de veneno: la hamadrías asiática. 

Alguna faltaba -fuera de Cruzada-; pero las víboras todas afectaban no darse 
cuenta de su ausencia. 

A pesar de todo, se vieron forzadas a volverse al ver asomar por entre los 
heléchos una cabeza de grandes ojos vivos. 

-¿Se puede? -decía la visitante alegremente. 

Como si una chispa eléctrica hubiera recorrido todos los cuerpos, las víboras 
irguieron la cabeza al oír aquella voz. 

-¿Qué quieres aquí? -gritó Lanceolada con profunda irritación. -¡Este no es tu 
lugar! -exclamó Urutú Dorado, dando por primera vez señales de vivacidad. 

-¡Fuera! ¡Fuera! -gritaron varias con intenso desasosiego. 

Pero Terrífica, con silbido claro, aunque trémulo, logró hacerse oír. 

-¡Compañeras! No olviden que estamos en Congreso, y todas conocemos sus 
leyes; nadie, mientras dure, puede ejercer acto alguno de violencia. ¡Entra, Anaconda! 

-¡Bien dicho! -exclamó Ñacaniná con sorda ironía-. Fas nobles palabras de 
nuestra reina nos aseguran. ¡Entra, Anaconda! 

Y la cabeza viva y simpática de Anaconda avanzó, arrastrando tras de sí dos 
metros cincuenta de cuerpo oscuro y elástico. Pasó ante todas, cruzando una mirada de 
inteligencia con la Ñacaniná, y fue a arrollarse, con leves silbidos de satisfacción, 
junto a Terrífica, quien no pudo menos de estremecerse. 

-¿Te incomodo? -le preguntó cortésmente Anaconda. 

-¡No, de ninguna manera! -contestó Terrífica-, Son las glándulas de veneno que 
me incomodan, de hinchadas... 

Anaconda y Ñacaniná tornaron a cruzar una mirada irónica, y prestaron atención. 

Fa hostilidad bien evidente de la asamblea hacia la recién llegada tenía un cierto 
fundamento, que no se dejará de apreciar. Fa Anaconda es la reina de todas las 
serpientes habidas y por haber, sin exceptuar al pitón malayo . Su fuerza es 
extraordinaria, y no hay animal de carne y hueso capaz de resistir un abrazo suyo. 
Cuando comienza a dejar caer del follaje sus diez metros de cuerpo liso con grandes 
manchas de terciopelo negro, la selva entera se crispa y encoge. Pero la Anaconda es 
demasiado fuerte para odiar a sea quien fuere -con una sola excepción-, y esta 
conciencia de su valor le hace conservar siempre buena amistad con el hombre. Si a 
alguien detesta, es, naturalmente, a las serpientes venenosas; y de aquí la conmoción 
de las víboras ante la cortés Anaconda. 

Anaconda no es, sin embargo, hija de la región. Vagabundeando en las aguas 
espumosas del Paraná había llegado hasta allí con una gran creciente, y continuaba en 
la región muy contenta del país, en buena relación con todos, y en particular con la 
Ñacaniná, con quien había trabado viva amistad. Era, por lo demás, aquel ejemplar 

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Horacio Quiroga I 7 


una joven Anaconda que distaba aún mucho de alcanzar a los diez metros de sus 
felices abuelos. Pero los dos metros cincuenta que medía ya valían por el doble, si se 
considera la fuerza de esta magnífica boa, que por divertirse, al crepúsculo, atraviesa 
el Amazonas entero con la mitad del cuerpo erguido fuera del agua. 

Pero Atroz acaba de tomar la palabra ante la asamblea, ya distraída. 

-Creo que podríamos comenzar ya -dijo-. Ante todo, es menester saber algo de 
Cruzada. Prometió estar aquí en seguida. 

Lo que prometió -intervino la Ñacaniná- es estar aquí cuando pudiera. Debemos 
esperarla. 

-¿Para qué? -replicó Lanceolada; sin dignarse volver la cabeza a la culebra. 

-¿Cómo para qué? -exclamó ésta, irguiéndose-. Se necesita toda la estupidez de 
una Lanceolada para decir esto... ¡Estoy cansada ya de oír en este Congreso disparate 
tras disparate! ¡No parece sino que las Venenosas representaran a la Familia entera! 
Nadie, menos ésa -señaló con la cola a Lanceolada , ignora que precisamente de las 
noticias que traiga Cruzada depende nuestro plan... ¿Que para qué esperarla...? 
¡Estamos frescas si las inteligencias capaces de preguntar esto dominan en este 
Congreso! 

-No insultes -le reprochó gravemente Coatiarita. La Ñacaniná se volvió a ella: 

-¿Y a ti, quién te mete en esto? 

-No insultes -repitió la pequeña, dignamente. 

Ñacaniná consideró al pundonoroso benjamín y cambió de voz. 

-Tiene razón la minúscula prima -concluyó tranquila-; Lanceolada, te pido 
disculpa. 

-¡No es nada! -replicó con rabia la yarará. 

-¡No importa!; pero vuelvo a pedirte disculpa. 

Felizmente, Coralina, que acechaba a la entrada de la caverna, entró silbando: 

¡Ahí viene Cruzada! 

-¡Por fin! -exclamaron los congresales, alegres. Pero su alegría transformóse en 
estupefacción cuando, detrás de la yarará, vieron entrar a una inmensa víbora, 
totalmente desconocida de ellas. 

Mientras Cruzada iba a tenderse al lado de Atroz, la intrusa se arrolló lenta y 
paulatinamente en el centro de la caverna y se mantuvo inmóvil. -¡Terrífica! -dijo 
Cruzada-, Dale la bienvenida. Es de las nuestras. -¡Somos hermanas! -se apresuró la 
de cascabel, observándola inquieta. 

Todas las víboras, muertas de curiosidad, se arrastraron hacia la recién llegada. 

-Parece una prima sin veneno -decía una, con un tanto de desdén. 

-Sí -agregó otra-. Tiene ojos redondos. 

-Y cola larga. 

-Y además... 

Pero de pronto quedaron mudas, porque la desconocida acababa de hinchar 
monstruosamente el cuello. No duró aquello más que un segundo; el capuchón se 
replegó, mientras la recién llegada se volvía a su amiga, con la voz alterada. 

-Cruzada: diles que no se acerquen tanto... No puedo dominarme. 

-Sí, ¡déjenla tranquila! -exclamó Cruzada-, Tanto más -agregó- cuanto que acaba 
de salvarme la vida, y tal vez la de todas nosotras. No era menester más. El Congreso 
quedó un instante pendiente de la narración de Cruzada, que tuvo que contarlo todo: el 

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Horacio Quiroga 18 


encuentro con el perro, el lazo del hombre de lentes ahumados, el magnífico plan de 
Hamadrías, con la catástrofe final, y el profundo sueño que acometió luego a la yarará 
hasta una hora antes de llegar. 

-Resultado -concluyó-: dos hombres fuera de combate, y de los más peligrosos. 
Ahora no nos resta más que eliminar a los que quedan. -¡O a los caballos! -dijo 
Hamadrías. 

-¡O al perro! -agregó la Ñacaniná. 

-Yo creo que a los caballos -insistió la cobra real-, Y me fundo en esto: mientras 
queden vivos los caballos, un solo hombre puede preparar miles de tubos de suero, 
con los cuales se inmunizarán contra nosotras. Raras veces -ustedes lo saben bien- se 
presenta la ocasión de morder una vena... como ayer. Insisto, pues, en que debemos 
dirigir todo nuestro ataque contra los caballos. ¡Después veremos! En cuanto al perro - 
concluyó con una mirada de reojo a la Ñacaniná, me parece despreciable. 

Era evidente que desde el primer momento la serpiente asiática y la Ñacaniná 
indígena habíanse disgustado mutuamente. Si la una, en su carácter de animal 
venenoso, representaba un tipo inferior para la Cazadora, esta última, a fuer de fuerte 
y ágil, provocaba el odio y los celos de Hamadrías.. 

De modo que la vieja y tenaz rivalidad entre serpientes venenosas y no ve- 
nenosas llevaba miras de exasperarse aún más en aquel último Congreso. -Por mi 
parte -contestó Ñacaniná-, creo que caballos y hombres son secundarios en esta lucha. 
Por gran facilidad que podamos tener para eliminar a unos y otros, no es nada esta 
facilidad comparada con la que puede tener el perro el primer día que se les ocurra dar 
una batida en forma, y la darán, estén bien seguras, antes de veinticuatro horas. Un 
perro inmunizado contra cualquier mordedura, aun la de esta señora con sombrero en 
el cuello agregó señalando de costado a la cobra real-, es el enemigo más temible que 
podamos tener, y sobre todo si se recuerda que ese enemigo ha sido adiestrado a 
seguir nuestro rastro. ¿Qué opinas. Cruzada? 

No se ignoraba tampoco en el Congreso la amistad singular que unía a la víbora 
y la culebra; posiblemente, más que amistad, era aquello una estimación recíproca de 
su mutua inteligencia. 

-Yo opino como Ñacaniná -repuso-. Si el perro se pone a trabajar, estamos 
perdidas. 

-¡Pero adelantémonos! -replicó Hamadrías. 

-¡No podríamos adelantarnos tanto...! Me inclino decididamente por la prima. 

-Estaba segura -dijo ésta tranquilamente. 

Era esto más de lo que podía oír la cobra real sin que la ira subiera a inundarle 
los colmillos de veneno. 

-No sé hasta qué punto puede tener valor la opinión de esta señorita 
conversadora -dijo, devolviendo a la Ñacaniná su mirada de reojo-.El peligro real en 
esta circunstancia es para nosotras, las Venenosas, que tenemos por negro pabellón a 
la Muerte. Las culebras saben bien que el hombre no las teme, porque son 
completamente incapaces de hacerse temer. -¡He aquí una cosa bien dicha! -dijo una 
voz que no había sonado aún. 

Hamadrías se volvió vivamente, porque en el tono tranquilo de la voz había 
creído notar una vaguísima .ironía, y vio dos grandes ojos brillantes que la miraban 
apaciblemente. 


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¿A mí me hablas? -preguntó con desdén. 

-Sí, a ti -repuso mansamente la interruptora-. Lo que has dicho está empapado en 
profunda verdad. 

La cobra real volvió a sentir la ironía anterior, y como por un presentimiento, 
midió a la ligera con la vista el cuerpo de su interlocutora, arrollada en la sombra. 

¡Tú eres Anaconda! 

¡Tú lo has dicho! -repuso aquélla inclinándose. Pero la Ñacaniná quería de una 
vez por todas aclarar las cosas. 

-¡Un instante! -exclamó. 

-¡No! -interrumpió Anaconda- Permíteme, Ñacaniná. Cuando un ser es bien 
formado, ágil, fuerte y veloz, se apodera de su enemigo con la energía de nervios y 
músculos que constituye su honor, como lo es el de todos los luchadores de la 
creación. Así cazan el gavilán, el gato onza, el tigre, nosotras, todos los seres de noble 
estructura. Pero cuando se es torpe, pesado, poco inteligente e incapaz, por lo tanto, de 
luchar francamente por la vida, entonces se tiene un par de colmillos para asesinar a 
traición, ¡como esa dama importada que nos quiere deslumbrar con su gran sombrero! 

En efecto, la cobra real, fuera de sí, había dilatado el monstruoso cuello para 
lanzarse sobre la insolente. Pero también el Congreso entero se había erguido 
amenazador al ver esto. 

-¡Cuidado! -gritaron varias a un tiempo-. ¡El Congreso es inviolable! 

-¡Abajo el capuchón! -alzóse Atroz, con los ojos hechos ascua. Hamadrías se 
volvió a ella con un silbido de rabia. 

-¡Abajo el capuchón! -se adelantaron Urutú Dorado y Lanceolada. Hamadrías 
tuvo un instante de loca rebelión, pensando en la facilidad con que hubiera destrozado 
una tras otra a cada una de sus contrincantes. Pero ante la actitud de combate del 
Congreso entero, bajó el capuchón lentamente. 

-¡Está bien! -silbó-. Respeto al Congreso. Pero pido que cuando se concluya..., 
¡no me provoquen! 

-Nadie te provocará -dijo Anaconda. 

La cobra se volvió a ella con reconcentrado odio: 

-¡Y tú menos que nadie, porque me tienes miedo! -¡Miedo yo! -contestó 
Anaconda, avanzando. 

-¡Paz, paz! -clamaron todas de nuevo-. ¡Estamos dando un pésimo ejemplo! 
¡Decidamos de una vez lo que debemos hacer! 

-Sí, ya es tiempo de esto -dijo Terrífica-. Tenemos dos planes a seguir: el 
propuesto por Ñacaniná, y el de nuestra aliada. ¿Comenzamos el ataque por el perro, o 
bien lanzamos todas nuestras fuerzas contra los caballos? 

Ahora bien, aunque la mayoría se inclinaba acaso a adoptar el plan de la culebra, 
el aspecto, tamaño e inteligencia demostrados por la serpiente asiática habían 
impresionado favorablemente al Congreso en su favor. Estaba aún viva su magnífica 
combinación contra el personal del Instituto; y fuera lo que pudiere ser su nuevo plan, 
es lo cierto que se le debía ya la eliminación de dos hombres. Agréguese que, salvo la 
Ñacaniná y Cruzada, que habían estado ya en campaña, ninguna se había dado cuenta 
del terrible enemigo que había en un perro inmunizado y rastreador de víboras. Se 
comprenderá así que el plan de la cobra real triunfara al fin. 


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Aunque era ya muy tarde, era también cuestión de vida o muerte llevar el ataque 
en seguida, y se decidió partir sobre la marcha. 

-¡Adelante, pues! -concluyó la de cascabel-. ¿Nadie tiene nada más que decir? 

-¡Nada...! -gritó Ñacaniná-. ¡Sino que nos arrepentiremos! 

Y las víboras y culebras, inmensamente aumentadas por los individuos de las 
especies cuyos representantes salían de la caverna, lanzáronse hacia el Instituto. 

-¡Una palabra! -advirtió aún Terrífica-. ¡Mientras dure la campaña estamos en 
Congreso y somos inviolables las unas para las otras! ¿Entendido? 

-¡Sí, sí, basta de palabras! -silbaron todas. 

La cobra real, a cuyo lado pasaba Anaconda, le dijo mirándola sombríamente: 

-Después... 

-¡Ya lo creo! -la cortó alegremente Anaconda, lanzándose como una flecha a la 
vanguardia. 


X 


El personal del Instituto velaba al pie de la cama del peón mordido por la yarará. 
Pronto debía amanecer. Un empleado se asomó a la ventana por donde entraba la 
noche caliente y creyó oír ruido en uno de los galpones. Prestó oído un rato y dijo: 

-Me parece que es en la caballeriza... Vaya a ver, Fragoso. 

El aludido encendió el farol de viento y salió, en tanto que los demás quedaban 
atentos, con el oído alerta. 

No había transcurrido medio minuto cuando sintieron pasos precipitados en el 
patio y Fragoso aparecía, pálido de sorpresa. 

-¡La caballeriza está llena de víboras! -dijo. 

-¿Llena? preguntó el nuevo jefe-, ¿Qué es eso? ¿Qué pasa...? 

-No sé... 

-Vayamos. 

Y se lanzaron afuera. 

-¡Daboy! ¡Daboy! -llamó el jefe al perro que gemía soñando bajo la cama del 
enfermo. Y corriendo todos entraron en la caballeriza. 

Allí, a la luz del farol de viento, pudieron ver al caballo y a la muía debatiéndose 
a patadas contra sesenta u ochenta víboras que inundaban la caballeriza. Los animales 
relinchaban y hacían volar a coces los pesebres; pero las víboras, como si las dirigiera 
una inteligencia superior, esquivaban los golpes y mordían con furia. 

Los hombres, con el impulso de la llegada, habían caído entre ellas. Ante el 
brusco golpe de luz, las invasoras se detuvieron un instante, para lanzarse en seguida 
silbando a un nuevo asalto, que dada la confusión de caballos y hombres no se sabía 
contra quién iba dirigido. 

El personal del Instituto se vio así rodeado por todas partes de víboras. Fragoso 
sintió un golpe de colmillos en el borde de las botas, a medio centímetro de su rodilla, 
y descargó su vara -vara dura y flexible que nunca falta en una casa de bosque- sobre 
el atacante. El nuevo director partió en dos a otra, y el otro empleado tuvo tiempo de 

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aplastar la cabeza, sobre el cuello mismo del perro, a una gran víbora que acababa de 
arrollarse con pasmosa velocidad al pescuezo del animal. 

Esto pasó en menos de diez segundos. Las varas caían con furioso vigor sobre 
las víboras que avanzaban siempre, mordían las botas, pretendían trepar por las 
piernas. Y en medio del relinchar de los caballos, los gritos de los hombres, los 
ladridos del perro y el silbido de las víboras, el asalto ejercía cada vez más presión 
sobre los defensores, cuando Fragoso, al precipitarse sobre una inmensa víbora que 
creyera reconocer, pisó sobre un cuerpo a toda velocidad y cayó, mientras el farol, 
roto en mil pedazos, se apagaba. -¡Atrás! -gritó el nuevo director-, ¡Daboy, aquí! 

Y salieron atrás, al patio, seguidos por el perro, que felizmente había podido 
desenredarse de entre la madeja de víboras. 

Pálidos y jadeantes, se miraron. 

Parece cosa del diablo... -murmuró el jefe-. Jamás he visto cosa igual... ¿Qué 
tienen las víboras de este país? Ayer, aquella doble mordedura, como 
matemáticamente combinada... Hoy... Por suerte ignoran que nos han salvado a los 
caballos con sus mordeduras... Pronto amanecerá, y entonces será otra cosa. 

-Me pareció que allí andaba la cobra real -dejó caer Fragoso, mientras se ligaba 
los músculos doloridos de la muñeca. 

-Sí -agregó el otro empleado-. Yo la vi bien... Y Daboy, ¿no tiene nada? 

-No; muy mordido... Felizmente puede resistir cuanto quieran. Volvieron los 
hombres otra vez al enfermo, cuya respiración era mejor. Estaba ahora inundado en 
copiosa transpiración. 

-Comienza a aclarar -dijo el nuevo director, asomándose a la ventana-. Usted, 
Antonio, podrá quedarse aquí. Fragoso y yo vamos a salir. 

-¿Llevamos los lazos? -preguntó Fragoso. 

-¡Oh, no! -repuso el jefe, sacudiendo la cabeza- Con otras víboras, las 
hubiéramos cazado a todas en un segundo. Estas son demasiado singulares... Las varas 
y, a todo evento, el machete. 


XI 


No singulares, sino víboras, que ante un inmenso peligro sumaban la inteligencia 
reunida de la especie, era el enemigo que había asaltado el Instituto Seroterápico. 

La súbita oscuridad que siguiera al farol roto había advertido a las combatientes 
el peligro de mayor luz y mayor resistencia. Además, comenzaban a sentir ya en la 
humedad de la atmósfera la inminencia del día. 

-Si nos quedamos un momento más exclamó Cruzada-, nos cortan la retirada. 
¡Atrás! 

-¡Atrás, atrás! -gritaron todas. Y atropellándose, pasándose las unas sobre las 
otras, se lanzaron al campo. Marchaban en tropel, espantadas, derrotadas, viendo con 
consternación que el día comenzaba a romper a lo lejos. 

Llevaban ya veinte minutos de fuga, cuando un ladrido claro y agudo, pero 
distante aún detuvo a la columna jadeante. 


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Horacio Quiroga 22 


-¡Un instante! -gritó Urutú Dorado- Veamos cuántas somos, y qué podemos 
hacer. 

A la luz aún incierta de la madrugada examinaron sus fuerzas. Entre las patas de 
los caballos habían quedado dieciocho serpientes muertas, entre ellas las dos culebras 
de coral. Atroz había sido partida en dos por Fragoso, y Drimobia yacía allá con el 
cráneo roto, mientras estrangulaba al perro. Faltaban además Coatiarita, Radínea y 
Boipeva. En total, veintitrés combatientes aniquilados. Pero las restantes, sin 
excepción de una sola, estaban todas magulladas, pisadas, pateadas, llenas de polvo y 
sangre entre las escamas rotas. 

-He aquí el éxito de nuestra campaña -dijo amargamente Ñacani-ná, 
deteniéndose un instante a restregar contra una piedra su cabeza- ¡Te felicito, 
Hamadrías! 

Pero para sí sola se guardaba lo que había oído tras la puerta cerrada de la 
caballeriza, pues había salido la última. ¡En vez de matar, habían salvado la vida a los 
caballos, que se extenuaban precisamente por falta de veneno! 

Sabido es que para un caballo que se está inmunizando, el veneno le es tan 
indispensable para su vida diaria como el agua misma y muere si le llega a faltar. 

Un segundo ladrido de perro sobre el rastro sonó tras ellas. 

¡Estamos en inminente peligro! -gritó Terrífica-. ¿Qué hacemos? 

-¡A la gruta! -clamaron todas, deslizándose a toda velocidad. -¡Pero están locas! 
-gritó la Ñacaniná, mientras corría-. ¡Las van 

a aplastar a todas! ¡Van a la muerte! Óiganme: ¡desbandémonos! 

Las fugitivas se detuvieron, irresolutas. A pesar de su pánico, algo les decía que 
el desbande era la única medida salvadora, y miraron alocadas a todas partes. Una sola 
voz de apoyo, una sola, y se decidían. 

Pero la cobra real, humillada, vencida en su segundo esfuerzo de dominación, 
repleta de odio para un país que en adelante debía serle eminentemente hostil, prefirió 
hundirse del todo, arrastrando con ella a las demás especies. 

-¡Está loca Ñacaniná! -exclamó-. Separándonos nos matarán una a una sin que 
podamos defendernos... Allá es distinto. ¡A la caverna! 

-¡Sí, a la caverna! -respondió la columna despavorida, huyendo-. ¡A la caverna! 

La Ñacaniná vio aquello y comprendió que iban a la muerte. Pero viles, 
derrotadas, locas de pánico, las víboras iban a sacrificarse, a pesar de todo. Y con una 
altiva sacudida de lengua, ella, que podía ponerse impunemente a salvo por su 
velocidad, se dirigió como las otras directamente a la muerte. 

Sintió así un cuerpo a su lado, y se alegró al reconocer a Anaconda. 

-Ya ves -le dijo con una sonrisa- a lo que nos ha traído la asiática. 

-Sí, es un mal bicho... -murmuró Anaconda, mientras corrían una junto a otra. 

-¡Y ahora las lleva a hacerse masacrar todas juntas... ! 

-Ella, por lo menos -advirtió Anaconda con voz sombría-, no va a tener ese 
gusto... 

Y ambas, con un esfuerzo de velocidad, alcanzaron a la columna. Ya habían 
llegado. 

-¡Un momento! -se adelantó Anaconda, cuyos ojos brillaban-. Ustedes lo 
ignoran, pero yo lo sé con certeza, que dentro de diez minutos no va a quedar viva una 
de nosotras. El Congreso y sus leyes están, pues, ya concluidos. ¿No es eso. Terrífica? 

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Horacio Quiroga 23 


Se hizo un largo silencio. 

-Sí -murmuró abrumada Terrífica-. Está concluido... 

-Entonces -prosiguió Anaconda volviendo la cabeza a todos lados-, antes de 
morir quisiera... ¡Ah, mejor así! -concluyó satisfecha al ver a la cobra real que 
avanzaba lentamente hacia ella. 

No era aquel probablemente el momento ideal para un combate. Pero desde que 
el mundo es mundo, nada, ni la presencia del Hombre sobre ellas, podrá evitar que 
una Venenosa y una Cazadora solucionen sus asuntos particulares. 

El primer choque fue favorable a la cobra real: sus colmillos se hundieron hasta 
la encía en el cuello de Anaconda. Esta, con la maravillosa maniobra de las boas de 
devolver en ataque una cogida casi mortal, lanzó su cuerpo adelante como un látigo y 
envolvió en él a la Hamadrías, que en un instante se sintió ahogada. La boa, 
concentrando toda su vida en aquel abrazo, cerraba progresivamente sus anillos de 
acero, pero la cobra real no soltaba presa. Hubo aún un instante en que Anaconda 
sintió crujir su cabeza entre los dientes de la Hamadrías. Pero logró hacer un supremo 
esfuerzo, y este postrer relámpago de voluntad decidió la balanza a su favor. La boca 
de la cobra semiasfixiada se desprendió babeando, mientras la cabeza libre de 
Anaconda hacía presa en el cuerpo de la Hamadrías. 

Poco a poco, segura del terrible abrazo con que inmovilizaba a su rival, su boca 
fue subiendo a lo largo del cuello, con cortas y bruscas dentelladas, en tanto que la 
cobra sacudía desesperada la cabeza. Los noventa y seis agudos dientes de Anaconda 
subían siempre, llegaron al capuchón, treparon, alcanzaron la garganta, subieron aún, 
hasta que se clavaron por fin en la cabeza de su enemiga, con un sordo y larguísimo 
crujido de huesos masticados. 

Ya estaba concluido. La boa abrió sus anillos, y el macizo cuerpo de la cobra 
real se escurrió pesadamente a tierra, muerta. 

-Por lo menos estoy contenta... -murmuró Anaconda, cayendo a su vez exánime 
sobre el cuerpo de la asiática. 

Fue en ese instante cuando las víboras oyeron a menos de cien metros el ladrido 
agudo del perro. 

Y ellas, que diez minutos antes atropellaban aterradas la entrada de la caverna, 
sintieron subir a sus ojos la llamarada salvaje de la lucha a muerte por la selva entera. 

-¡Entremos! -agregaron, sin embargo, algunas. 

-¡No, aquí! ¡Muramos aquí! -ahogaron todas con sus silbidos. Y contra el 
murallón de piedra que les cortaba toda retirada, el cuello y la cabeza erguidos sobre 
el cuerpo arrollado, los ojos hechos ascua, esperaron. 

No fue larga su espera. En el día aún lívido y contra el fondo negro del monte, 
vieron surgir ante ellas las dos altas siluetas del nuevo director y de Fragoso, 
reteniendo en trailla al perro, que, loco de rabia, se abalanzaba adelante. 

-¡Se acabó! ¡Y esta vez definitivamente! -murmuró Ñacaniná, despidiéndose con 
esas seis palabras de una vida bastante feliz, cuyo sacrificio acababa de decidir. Y con 
un violento empuje se lanzó al encuentro del perro, que, suelto y con la boca blanca de 
espuma, llegaba sobre ellas. El animal esquivó el golpe y cayó furioso sobre Terrífica, 
que hundió los colmillos en el hocico del perro. Daboy agitó furiosamente la cabeza, 
sacudiendo en el aire a la de cascabel; pero ésta no soltaba. 


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Horacio Quiroga 24 


Neuwied aprovechó el instante para hundir los colmillos en el vientre del animal; 
mas también en ese momento llegaban los hombres. En un segundo. Terrífica y 
Neuwied cayeron muertas, con los riñones quebrados. 

Urutú Dorado fue partida en dos, y lo mismo Cipo. Lanceolada logró hacer presa 
en la lengua del perro; pero dos segundos después caía tronchada en tres pedazos por 
el doble golpe de vara, al lado de Esculapia. 

El combate, o más bien exterminio, continuaba furioso, entre silbidos y roncos 
ladridos de Daboy, que estaba en todas partes. Cayeron una tras otra, sin perdón -que 
tampoco pedían-, con el cráneo triturado entre las mandíbulas del perro o aplastadas 
por los hombres. Fueron quedando masacradas frente a la caverna de su último 
Congreso. Y de las últimas, cayeron Cruzada y Ñacaniná. 

No quedaba una ya. Los hombres se sentaron, mirando aquella total masacre de 
las especies, triunfantes un día. Daboy, jadeando a sus pies, acusaba algunos síntomas 
de envenenamiento, a pesar de estar poderosamente inmunizado. Había sido mordido 
sesenta y cuatro veces. 

Cuando los hombres se levantaban para irse se fijaron por primera vez en 
Anaconda, que comenzaba a revivir. 

-¿Qué hace esta boa por aquí? -dijo el nuevo director-. No es éste su país... A lo 
que parece, ha trabado relación con la cobra real..., y nos ha vengado a su manera. Si 
logramos salvarla haremos una gran cosa, porque parece terriblemente envenenada. 
Llevémosla. Acaso un día nos salve a nosotros de toda esta chusma venenosa. 

Y se fueron, llevando de un palo que cargaban en los hombros, a Anaconda, que 
herida y exhausta de fuerzas, iba pensando en Ñacaniná, cuyo destino, con un poco 
menos de altivez, podía haber sido semejante al suyo. 

Anaconda no murió. Vivió un año con los hombres, curioseando y observándolo 
todo, hasta que una noche se fue. Pero la historia de este viaje remontando por largos 
meses el Paraná hasta más allá del Guayra, más allá todavía del golfo letal donde el 
Paraná toma el nombre de río Muerto; la vida extraña que llevó Anaconda y el 
segundo viaje que emprendió por fin con sus hermanos sobre las aguas sucias de una 
gran inundación -toda esta historia de rebelión y asalto de camalotes, pertenece a otro 
relato. 


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Horacio Quiroga 25 



En vez de lo que deseaba, me dieron un empleo en el Ministerio de Agricultura. 
Fui nombrado inspector de las estaciones meteorológicas en los países limítrofes. 

Estas estaciones, a cargo del gobierno argentino, aunque ubicadas en territorio 
extranjero, desempeñan un papel muy importante en el estudio del régimen 
climatológico. Su inconveniente estriba en que de las tres observaciones normales a 
hacer en el día, el encargado suele efectuar únicamente dos, y muchas veces, ninguna. 
Llena luego las observaciones en blanco con temperaturas y presiones de pálpito. Y 
esto explica por qué en dos estaciones en territorio nacional, a tres leguas distantes, 
mientras una marcó durante un mes las oscilaciones naturales de una primavera 
tornadiza, la otra oficina acusó obstinadamente, y para todo el mes, una misma 
presión atmosférica y una constante dirección del viento. 

El caso no es común, claro está, pero por poco que el observador se distraiga 
cazando mariposas, las observaciones de pálpito son una constante amenaza para las 
estadísticas de meteorología. 

Yo había a mi vez cazado muchas mariposas mientras tuve a mi cargo una 
estación y por esto acaso el Ministerio halló en mí méritos para vigilar oficinas cuyo 
mecanismo tan bien conocía. Fui especialmente encomendado de informar sobre una 
estación instalada en territorio brasileño, al norte del Iguazú. La estación había sido 
creada un año antes, a pedido de una empresa de maderas. El obraje marchaba bien, 
según informes suministrados al gobierno; pero era un misterio lo que pasaba en la 
estación. Para aclararlo fui enviado yo, cazador de mariposas meteorológicas, y quiero 
creer que por el mismo criterio con que los gobiernos sofocan una vasta huelga, 
nombrando ministro precisamente a un huelguista. 

Remonté, pues, el Paraná hasta Corrientes, trayecto que conocía bien. Desde allí 
a Posadas el país era nuevo para mí, y admiré como es debido el cauce del gran río 
anchísimo, lento y plateado, con islas empenachadas en todo el circuito de tacuaras 
dobladas sobre el agua como inmensas canastillas de bambú. Tábanos, los que se 
deseen. 

Pero desde Posadas hasta el término del viaje, el río cambió singularmente. Al 
cauce pleno y manso sucedía una especie de lúgubre Aqueronte -encajonado entre 
sombrías murallas de cien metros-, en el fondo del cual corre el Paraná revuelto en 
torbellinos, de un gris tan opaco que más que agua apenas parece otra cosa que lívida 
sombra de los murallones. Ni aun sensación de río, pues las sinuosidades incesantes 
del curso cortan la perspectiva a cada trecho. Se trata, en realidad, de una serie de 
lagos de montaña hundidos entre tétricos cantiles de bosque, basalto y arenisca bar- 
nizada en negro. 

Ahora bien: el paisaje tiene una belleza sombría que no se halla fácilmente en los 
lagos de Palermo. Al caer la noche, sobre todo, el aire adquiere en la honda depresión, 
una frescura y transparencia glaciales. El monte vuelca sobre el río su perfume 
crepuscular, y en esa vasta quietud de la hora el pasajero avanza sentado en proa, 
tiritando de frío y excesiva soledad. Esto es bello, y yo sentí hondamente su encanto. 


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Horacio Quiroga 26 


Pero yo comencé a empaparme en su severa hermosura un lunes de tarde; y el martes 
de mañana vi lo mismo, e igual cosa el miércoles, y lo mismo vi el jueves y el viernes. 
Durante cinco días, a dondequiera que volviera la vista no veía sino dos colores: el 
negro de los murallones y el gris lívido del río. 

Llegué, por fin. Trepé como pude la barranca de ciento viente metros y me 
presenté al gerente del obraje, que era a la vez el encargado de la estación 
meteorológica. Me hallé con un hombre joven aún, de color cetrino y muchas patas de 
gallo en los ojos. 

-Bueno -me dije-; las clásicas arrugas tropicales. Este hombre ha pasado su vida 
en un país de sol. 

Era francés y se llamaba Briand, como el actual ministro de su patria . Por lo 
demás, un sujeto cortés y de pocas palabras. Era visible que el hombre había vivido 
mucho y que al cansancio de sus ojos, contrarrestando la luz, correspondía a todas 
veras igual fatiga del espíritu: una buena necesidad de hablar poco, por haber pensado 
mucho. 

Hallé que el obraje estaba en ese momento poco menos que paralizado por la 
crisis de madera, pues en Buenos Aires y Rosario no sabían qué hacer con el stock 
formidable de lapacho, incienso, peterebí y cedro, de toda viga, que flotara o no. 
Felizmente, la parálisis no había alcanzado a la estación meteorológica. Todo subía y 
bajaba, giraba y registraba en ella, que era un encanto. Lo cual tiene su real mérito, 
pues cuando las pilas Edison se ponen en relaciones tirantes con el registrador del 
anemómetro, puede decirse que el caso es serio. No sólo esto: mi hombre había 
inventado un aparatito para registrar el rocío -un hechizo regional- con el que nada 
tenían que ver los instrumentos oficiales; pero aquello andaba a maravillas. 

Observé todo, toqué, compulsé libretas y estadísticas, con la certeza creciente de 
que aquel hombre no sabía cazar mariposas. Si lo sabía, no lo hacía por lo menos. Y 
esto era un ejemplo tan saludable como moralizador para mí. 

No pude menos de informarme, sin embargo, respecto del gran retraso de las 
observaciones remitidas a Buenos Aires. El hombre me dijo que es bastante común, 
aun en obrajes con puerto y chalana en forma, que la correspondencia se reciba y haga 
llegar a los vapores metiéndola dentro de una botella que se lanza al río. A veces es 
recogida; a veces, no. 

¿Qué objetar a esto? Quedé, pues, encantado. Nada tenía que hacer ya. Mi 
hombre se prestó amablemente a organizarme una cacería de antas -que no cacé- y se 
negó a acompañarme a pasear en guabiroba- por el río. El Paraná corre allá nueve 
millas, con remolinos capaces de poner proa al aire a remolcadores de jangadas. 
Paseé, sin embargo, y crucé el río; pero jamás volveré a hacerlo. 

Entretanto la estada me era muy agradable, hasta que uno de esos días 
comenzaron las lluvias. Nadie tiene idea en Buenos Aires de lo que es aquello cuando 
un temporal de agua se asienta sobre el bosque. Llueve todo el día sin cesar, y al otro, 
y al siguiente, como si recién comenzara, en la más espantosa humedad de ambiente 
que sea posible imaginar. No hay frotador de caja de fósforos que conserve un grano 
de arena, y si un cigarro ya tiraba mal 30 en pleno sol, no queda otro recurso que 
secarlo en el horno de la cocina económica, donde se quema, claro está. 

Yo estaba ya bastante harto del paisaje aquel: la inmensa depresión negra y el río 
gris en el fondo; nada más. Pero cuando me tocó sentarme en el corredor por toda una 


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Horacio Quiroga 27 


semana, teniendo por delante la gotera, detrás la lluvia y allá abajo el Paraná blanco; 
cuando, después de volver la cabeza a todos lados y ver siempre el bosque inmóvil 
bajo el agua, tornaba fatalmente la vista al horizonte de basalto y bruma, confieso que 
entonces sentía crecer en mí, como un hongo, una inmensa admiración por aquel 
hombre que asistía sin inmutarse al liquidamiento de su energía y de sus cajas de 
fósforos. 

Tuve, por fin, una idea salvadora: 

tomáramos algo? -propuse-. De continuar esto dos días más, me voy en canoa. 

Eran las tres de la tarde. En la comunidad de los casos, no es ésta hora formal 
para tomar caña. Pero cualquier cosa me parecía profundamente razonable -aun iniciar 
a las tres el aperitivo-, ante aquel paisaje de Divina Comedia empapado en siete días 
de lluvia. 

Comenzamos, pues. No diré si tomamos poco o mucho, porque la cantidad es en 
sí un detalle superficial. Lo fundamental es el giro particular de las ideas, así la 
indignación que se iba apoderando de mí por la manera con que mi compañero 
soportaba aquella desolación de paisaje. Miraba él hacia el río con la calma de un 
individuo que espera el final de un diluvio universal que ha comenzado ya, pero que 
demorará aún catorce o quince años: no había por qué inquietarse. Yo se lo dije; no sé 
de qué modo, pero se lo dije. Mi compañero se echó a reír pero no me respondió. Mi 
indignación crecía. 

-Sangre de pato... -murmuraba yo mirándolo- No tiene ya dos dedos de energía... 

Algo oyó, supongo, porque, dejando su sillón de tela vino a sentarse a la mesa, 
enfrente de mí. Le vi hacer aquello un si es no es estupefacto, como quien mira a un 
sapo acodarse ante nuestra mesa. Mi hombre se acodó, en efecto, y noté entonces que 
lo veía con enérgico relieve. 

Habíamos comenzado a las tres, recuerdo que dije. No sé qué hora sería 
entonces. 

Tropical farsante... murmuré aún-. Borracho perdido... El se sonrió de nuevo, 
y me dijo con voz muy clara: 

-Óigame, mi joven amigo: usted, a pesar de su título y su empleo y su mariposeo 
mental, es una criatura. No ha hallado otro recurso para sobrellevar unos cuantos días 
que se le antojan aburridos, que recurrir al alcohol. Usted no tiene idea de lo que es 
aburrimiento, y se escandaliza de que yo no me enloquezca con usted. ¿Qué sabe 
usted de lo que es un país realmente de infierno? Usted es una criatura, y nada más. 
¿Quiere oír una historia de aburrimiento? Oiga, entonces: 

Yo no me aburro aquí porque he pasado por cosas que usted no resistiría quince 
días. Yo estuve siete meses... Era allá, en el Sahara, en un fortín avanzado. Que soy 
oficial del ejército francés, ya lo sabe... Ah, ¿no? Bueno, capitán... Lo que no sabe es 
que pasé siete meses allá, en un país totalmente desierto, donde no hay más que sol de 
cuarenta y ocho grados a la sombra, arena que deja ciego y escorpiones. Nada más. Y 
esto cuando no hay siroco... Eramos dos oficiales y ochenta soldados. No había nadie 
ni nada más en doscientas leguas a la redonda. No había sino una horrible luz y un ho- 
rrible calor, día y noche... Y constantes palpitaciones de corazón, porque uno se 
ahoga... Y un silencio tan grande como puede desearlo un sujeto con jaqueca. 


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Las tropas van a esos fortines porque es su deber. También van los oficiales; 
pero todos vuelven locos o poco menos. ¿Sabe a qué tiempo de marcha están esos 
fortines? A veinte y treinta días de caravana... Nada más que 

arena: arena en los dientes, en la sopa, en cuanto se come; arena en la máquina 
de los relojes que hay que llevar encerrados en bolsitas de gamuza. Y en los ojos, 
hasta enceguecer al ochenta por ciento de los indígenas, cuanta quiera. Divertido, ¿eh? 
Y el cafard... ¡Ah! Una diversión... 

Cuando sopla el siroco, si no quiere usted estar todo el día escupiendo sangre, 
debe acostarse entre sábanas mojadas, renovándolas sin cesar, porque se secan antes 
de que usted se acuerde. Así, dos, tres días. A veces siete... ¿Oye bien?, siete días. Y 
usted no tiene otro entretenimiento, fuera de empapar sus sábanas, que triturar arena, 
azularse de disnea por la falta de aire y cuidarse bien de cerrar los ojos porque están 
llenos de arena... y adentro, afuera, donde vaya, tiene cincuenta y dos grados a la 
sombra. Y si usted adquiere bruscamente ideas suicidas -incuban allá con una rapidez 
desconcertante-, no tiene más que pasear cien metros al sol, protegido por todos los 
sombreros que usted quiera: una buena y súbita congestión a la médula lo tiende en 
medio minuto entre los escorpiones. 

¿Cree usted, con esto, que haya muchos oficiales que aspiren seriamente a ir allí? 
Hay el cafard, además... ¿Sabe usted lo que pasa y se repite por intervalos? El 
gobierno recibe un día, cien, quinientas renuncias de empleados de toda categoría. 
Todas lo mismo... "Vida perra... Hostilidad de los jefes... Insultos de los compañeros... 
Imposibilidad de vivir un solo segundo más con ellos..." 

-Bueno -dice la Administración-; parece que por allá sopla el siroco. 

Y deja pasar quince días. Al cabo de este tiempo pasa el siroco, y los nervios 
recobran su elasticidad normal. Nadie recuerda ya nada, y los renunciantes se quedan 
atónitos por lo que han hecho. 

Esto es el guebli... Así decimos allá al siroco, o simún de las geografías... 
Observe que en ninguna parte del Sahara del Norte he oído llamar simún al guebli. 
Bien. ¡Y usted no puede soportar esta lluvia! ¡El guebli... ! Cuando sopla, usted no 
puede escribir. Moja la pluma en el tintero y ya está seca al llegar al papel. Si usted 
quiere doblar el papel, se rompe como vidrio. Yo he visto un repollo, fresquísimo al 
comenzar el viento, doblarse; amarillear y secarse en un minuto. ¿Usted sabe bien lo 
que es un minuto? Saque el reloj y cuente. 

Y los nervios y los golpes de sangre... Multiplique usted por diez la tensión de 
nuestros meridionales cuando llega allá un colazo de guebli y apreciará lo que es 
irritabilidad explosiva. 

¿Y sabe usted por qué no quieren ir los oficiales, fuera del tormento corporal? 
Porque no hay relación, ni amistad, ni amor que resistan a la vida en común en esos 
parajes... ¡Ah! ¿Usted cree que no? Usted es una criatura, ya le he dicho... Yo lo fui 
también, y pedí mis seis meses en un fortín en el Sahara, con un teniente a mis 
órdenes. Eramos íntimos amigos, infinitamente más de lo que pudiéramos llegar a 
serlo usted y yo en veinte generaciones. 

Bueno; fuimos allá y durante dos meses nos reímos de arena, sol y cafard. Hay 
allá cosas bellas, no se puede negar. Al salir el sol, todos los montículos de arena 
brillan; es un verdadero mar de olas de oro. De tarde, los crepúsculos son violeta, 
puramente violeta. Y comienza el guebli a soplar sobre los médanos, va rasando las 

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cúspides y arrancando la arena en nubecillas, como humo de diminutos volcanes. Se 
los ve disminuir, desaparecer, para formarse de nuevo más lejos. Sí, así pasa cuando 
sopla el siroco... Y esto lo veíamos con gran placer en los primeros tiempos. 

Poco a poco el cafard comenzó a arañar con sus patas nuestras cabezas 
debilitadas por la soledad y la luz; un aislamiento tan fuera de la Humanidad, que se 
comienza a dar paseos cortos de vaivén. La arena constante entre los dientes... La piel 
hiperestesiada hasta convertir en tormento el menor pliegue de la camisa... Este es el 
grado inicial -diremos delicioso aún de aquello. 

Por poca honradez que se tenga, nuestra propia alma es el receptáculo donde 
guardamos todas esas miserias, pues, comprendiéndonos únicos culpables, cargamos 
virilmente con la responsabilidad. ¿Quién podría tener la culpa? 

Hay, pues, una lucha heroica en eso. Hasta que un día; después de cuatro de 
siroco, el cafard clava más hondamente sus patas en la cabeza y ésta no es más dueña 
de sí. Los nervios se ponen tan tirantes, que ya no hay sensaciones, sino heridas y 
punzadas. El más simple roce es un empujón; una voz amiga es un grito irritante; una 
mirada de cansancio es una provocación; un detalle diario y anodino cobra una 
novedad hostil y ultrajante. 

¡Ah! Usted no sabe nada... Óigame: ambos, mi amigo y yo, comprendimos que 
las cosas iban mal, y dejamos casi de hablar. Uno y otro sentíamos que la culpa estaba 
en nuestra irritabilidad, exasperada por el aislamiento, el calor, el cafard, en fin. 
Conservábamos, pues, nuestra razón. Lo poco que hablábamos era en la mesa. 

Mi amigo tenía un tic. ¡Figúrese usted si estaría yo acostumbrado a él después de 
veinte años (le estrecha amistad! Consistía simplemente en un movimiento seco de la 
cabeza, echándola a un lado, como si le apretara o molestara un cuello de camisa. 

Ahora bien; un día, bajo amenaza de siroco, cuya depresión angustiosa es tan 
terrible como el viento mismo, ese día, al levantar los ojos del plato, noté que mi 
amigo efectuaba su movimiento de cabeza. Volví a bajar los ojos, y cuando los 
levanté de nuevo, vi que otra vez repetía su tic. Torné a bajar los ojos, pero ya en una 
tensión nerviosa insufrible. ¿Por qué hacía así? ¿Para provocarme? ¿Qué me 
importaba que hiciera tiempo que hacía eso? ¿Por qué lo hacía cada vez que lo 
miraba? Y lo terrible era que estaba seguro -¡seguro!- de que cuando levantara los 
ojos lo iba a ver sacudiendo la cabeza de lado. Resistí cuanto pude, pero el ansia hostil 
y enfermiza me hizo mirarlo bruscamente. En ese momento echaba la cabeza a un 
lado, como si le irritara el cuello de la camisa. 

-¡Pero hasta cuándo vas a estar con esas estupideces! -le grité con toda la rabia 
provocativa que pude. 

Mi amigo me miró, estupefacto al principio, y en seguida con rabia también. No 
había comprendido por qué lo provocaba, pero había allí un brusco escape a su propia 
tensión nerviosa. 

-¡Mejor es que dejemos! -repuso con voz sorda y trémula-. Voy a comer solo en 
adelante. 

Y tiró la servilleta -la estrelló- contra la silla. 

Quedé en la mesa, inmóvil, pero en una inmovilidad de resorte tendido. Sólo la 
pierna derecha, sólo ella, bailaba sobre la punta del pie. Poco a poco recobré la calma. 
¡Pero era idiota lo que había hecho! ¡El, mi amigo más que íntimo, con los lazos de 
fraternidad que nos unían! Fui a verle y lo tomé del brazo. 


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Horacio Quiroga 30 


-Estamos locos -le dije-. Perdóname. 

Esa noche cenamos juntos otra vez. Pero el guebli rapaba ya los montículos, nos 
ahogábamos a cincuenta y dos grados y los nervios punzaban enloquecidos a flor de 
epidermis. Yo no me atrevía a levantar los ojos porque sabía que él estaba en ese 
momento sacudiendo la cabeza de lado, y me hubiera sido completamente imposible 
ver con calma eso. Y la tensión crecía, porque había una tortura mayor que aquélla; 
era saber que, sin que yo lo viera, él estaba en ese instante con su tic. 

¿Comprende usted esto? El, mi amigo, pasaba por lo mismo que yo, pero 
exactamente con razonamientos al revés... Y teníamos una precaución inmensa en los 
movimientos, al alzar un porrón de barro, al apartar un plato, al frotar con pausa un 
fósforo; porque comprendíamos que al menor movimiento brusco hubiéramos saltado 
como dos fieras. 

No comimos más juntos. Vencidos ambos en la primera batalla del mutuo 
respeto y la tolerancia, el cafard se apoderó del todo de nosotros. Le he contado con 
detalles este caso porque fue el primero. Hubo cien más. Llegamos a no hablarnos 
sino lo estrictamente necesario al servicio, dejamos el tú y nos tratamos de usted. 
Además, capitán y teniente, mutuamente. . Si por una circunstancia excepcional, 
cambiábamos más de dos palabras, no nos mirábamos, de miedo de ver, flagrante, la 
provocación en los ojos del otro... Y al no mirarnos sentíamos igualmente la patente 
hostilidad de esa actitud, atentos ambos al menor gesto, a una mano puesta sobre la 
mesa, al molinete de una silla que se cambia de lugar, para explotar con loco frenesí. 
No podíamos más, y pedimos el relevo. 

Abrevio. No sé bien, porque aquellos dos meses últimos fueron una pesadilla, 
qué pasó en ese tiempo. Recuerdo, sí, que yo, por un esfuerzo final de salud o un 
comienzo real de locura, me di con alma y vida a cuidar de cinco o seis legumbres que 
defendía a fuerza de diluvios de agua y sábanas mojadas. El, por su parte, y en el otro 
extremo del fortín, para evitar todo contacto, puso su amor en un chanchito, ¡no sé aún 
de dónde pudo salir! Lo que recuerdo muy bien es que una tarde hallé rastros del 
animal en mi huerta, y cuando llegó esa noche la caravana oficial que nos relevaba, yo 
estaba agachado, acechando con un fusil al chanchito para matarlo de un tiro. 

¿Qué más le puedo decir? ¡Ah! Me olvidaba... Una vez por mes, más o menos, 
acampaba allí una tribu indígena, cuyas bellezas, harto fáciles, quitaban a nuestra 
tropa, entre siroco y siroco, el último resto de solidez que quedaba a sus nervios. Una 
de ellas, de alta jerarquía, era realmente muy bella... Figúrese ahora en este detalle- 
cuán bien aceitados estarían en estas ocasiones el revólver de mi teniente y el mío... 

Bueno, se acabó todo. Ahora estoy aquí, muy tranquilo, tomando caña brasileña 
con usted, mientras llueve. ¿Desde cuándo? Martes, miércoles... siete días. Y con una 
buena casa, un excelente amigo, aunque muy joven... ¿Y quiere usted que me pegue 
un tiro por esto? Tomemos más caña, si le place, y después cenaremos, cosa siempre 
agradable con un compañero como usted... Mañana -pasado mañana, dicen— debe 
bajar el Meteoro. Se embarca en él y cuando vuelva a hallar pesados estos siete días 
de lluvia, acuérdese del tic, del cafard y del chanchito... 

¡Ah! Y de mascar constantemente arena, sobre todo cuando se está rabioso... Le 
aseguro que es una sensación que vale la pena. 


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Horacio Quiroga 31 



¿Usted, comerciante? -exclamé con viva sorpresa dirigiéndome a Gómez Alcain 
. ¡ Sería digno de verse ! ¿Y cómo haría usted? 

Estábamos detenidos con el escultor ante una figura de mármol, una 

tarde de exposición de sus obras. Todas las miradas del grupo expresaron la 
misma risueña certidumbre de que en efecto debía ser muy curioso el ejercicio 
comercial de un artista tan reconocidamente inútil para ello como Gómez Alcain. 

-Lo cierto es -repuso éste, con un cierto orgullo- que ya lo he sido dos veces; y 
mi mujer también -añadió señalándola. 

Nuestra sorpresa subió de punto: 

-¿Cómo, señora, usted también? ¿Querría decirnos cómo hizo? Porque... 

La joven se reía también de todo corazón. 

-Sí, yo también vendía... Pero Héctor les puede contar mejor que yo... El se 
acuerda de todo. 

-¡Desde luego! Si creen ustedes que puede tener interés... 

-¿Interés, el comercio ejercido por usted? exclamamos todos-. ¡Cuente en 
seguida! 

Gómez Alcain nos contó entonces sus dos episodios comerciales, bastante 
ejemplares, como se verá. 

Mis dos empresas -comenzó- acaecieron en el Chaco. Durante la primera yo era 
soltero aún, y fui allá a raíz de mi exposición de 1903. Había en ella mucho mármol y 
mucho barro, todo el trabajo de tres años de enfermiza actividad. Mis bustos 
agradaron, mis composiciones, no. De todos modos, aquellos tres años de arte 
frenético tuvieron por resultado cansarme hasta lo indecible de cuanto trascendiera a 
celebridades teatrales, crónicas de garden party 31, críticas de exposiciones y demás. 

"Entonces llegó hasta mí desde el Chaco un viejo conocido que trabajaba allá 
hacía cuatro años. El hombre aquel -un hombre entusiasta, si lo hay- me habló de su 
vida libre, de sus plantaciones de algodón. Aunque presté mucha atención a lo 
primero, la agricultura aquella no me interesó mayormente. Pero cuando por mera 
curiosidad pedí datos sobre ella, perdí el resto de sentido comercial que podía 
quedarme. 

"Vean ustedes cómo me planteé la especulación: 

"Una hectárea admite quince mil algodoneros, que producen en un buen año tres 
mil kilos de algodón. El kilo de capullos se vende a dieciocho centavos, lo que da 
quinientos cuarenta pesos por hectárea. Como por razón de gastos treinta hectáreas 
pedían el primer año seis mil doscientos pesos, me hallaría yo, al final de la primera 
cosecha, con diez mil pesos de ganancia. El segundo año plantaría cien hectáreas, y el 
tercero, doscientas. No pasaría de este número. Pero ellas me darían cien mil pesos 
anuales, lo suficiente para quedar libre de exposiciones, crónicas, cronistas y dueños 
de salones. 


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Horacio Quiroga 32 


"Así decidido, vendí en siete mil pesos todo lo que me quedaba de la exposición, 
casi todo, por lo pronto. Como ven ustedes, emprendía un negocio nuevo, lejano y 
difícil, con la cantidad justa, pues los ochocientos pesos sobrantes desaparecieron 
antes de ponerme en viaje: por aquí comenzaba mi sabiduría comercial. 

Lo que vino luego es más curioso. Me construí un edificio muy raro, con algo de 
rancho y mucho de semáforo; hice un carrito de asombrosa inutilidad, y planté cien 
palmeras alrededor de mi casa. Pero en cuanto a lo fundamental de mi ida allá, apenas 
me quedó capital para plantar diez hectáreas de algodón, que por razones de sequía y 
mala semilla, resultaron en realidad cuatro o cinco. 

"Todo esto podía, sin embargo, pasar por un relativo éxito; hasta que llegó el 
momento de la recolección. Ustedes deben de saber que éste es el real escollo del 
algodón: la carestía y precio excesivo del brazo. Yo lo supe entonces, y a duras penas 
conseguí que cinco indios viejos recogieran mis capullos, a razón de cinco centavos 
por kilo. En Estados Unidos, según parece, es común la recolección de quince a veinte 
kilos diarios por persona. Mis indios recogían apenas seis o siete. Me pidieron luego 
un aumento de dos centavos, y accedí, pues las lluvias comenzaban y el capullo sufre 
mucho con ellas. 

"No mejoraban las cosas. Los indios llegaban a las nueve de la mañana, por 
temor del rocío en los pies, y se iban a las doce. No volvían de tarde. Cambié de 
sistema, y los tomé por día, pensando así asegurar -aunque cara- la recolección. 
Trabajaban todo el día, pero me presentaban dos kilos de mañana y tres de tarde. 

"Como ven, los cinco indios viejos me robaban descaradamente. Llegaron a 
recogerme cuatro kilos diarios por cabeza, y entonces, exasperado con toda esa 
bellaquería de haraganes, resolví desquitarme. 

"Yo había notado que los indios -salvo excepciones- no tienen la más vaga idea 
de los números. Al principio sufrí fuertes chascos. 

-¿Qué vale esto? -había preguntado a uno de ellos que venía a ofrecerme un 
cuero de ciervo. 

Veinte pesos -me respondió. 

Claro es, rehusé. Llegó otro indio, días después, con un arco y flechas: aquello 
valía veinte pesos, siendo así que dos es un precio casi excesivo. "No era posible 
entenderse con aquellos audaces especuladores. Hasta que un capataz de obraje me 
dio la clave del mercado. Lui en consecuencia a ver al indio de los arcos y le pedí 
nuevo precio. 

Veinte pesos -me repitió. 

'-Aquí están -le dije, poniéndole dos pesos en la mano. Quedó perfectamente 
seguro de que recibía sus veinte pesos. 

"Aun más: a cierto diablo que me pedía cinco pesos por un cachorro de aguará, 
le puse en la mano con lento énfasis tres monedas de diez centavos: 

'-Uno... tres... cinco... Cinco pesos; aquí están los cinco pesos. 

El vendedor quedó luminosamente convencido. Un momento después, so 
pretexto de equivocación, le completé su precio. Y aun creyó acaso -por nativa 
desconfianza del hombre blanco-, que la primera cuenta hubiera sido más provechosa 
para él. 

"Esta ignorancia se extiende desde luego a la romana, balanza usual en las 
pesadas de algodón. Para mi desquite de que he hablado, era necesario tomar de nuevo 

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los peones a tanto el kilo. Así lo hice, y la primera tarde comencé. La bolsa del 
primero acusaba seis kilos. 

-Cuatro kilos: veintiocho centavos -le dije. 

"El segundo había recogido cuatro kilos; le acusé dos. El tercero, seis; le acusé 
tres. Al cuarto, en vez de siete, cinco. Y al quinto, que me había recogido cinco, le 
conté sólo dos. De este modo, en un solo día, había recuperado setenta centavos. 
Pensaba firmemente resarcirme con este sistema de las pillerías y los adelantos. 

"Al día siguiente hice lo mismo. "Si hay una cosa lícita, me decía yo, es lo que 
hago. Ellos me roban con toda conciencia, riéndose evidentemente de mí, y nada más 
justo que compensar con la merma de su jornal el dinero que me llevan." 

"Pero cierto malhumor que ya había comenzado en la segunda operación, subió 
del todo en la tercera. Sentía honda rabia contra los indios, y en vez de aplacarse ésta 
con mi sistema de desquite, se exasperaba más. Tanto creció este hondo disgusto, que 
al cuarto día acusé al primer indio el peso cabal, e hice lo mismo con el segundo. Pero 
la rabia crecía. Al tercer indio le aumenté dos kilos; al cuarto, tres, y al quinto, ocho 
kilos. 

"Es que a pesar de las razones en que me apoyaba, yo estaba sencillamente 
robando. No obstante los justificativos que me dieran las doscientas legislaciones del 
inundo, yo no dejaba de robar. En el fondo, mi famosa compensación no encerraba ni 
una pizca más del valor moral que el franco robo de los indios. De aquí mi rabia 
contra mí mismo. 

"A la siguiente tarde aumenté de igual modo las pesadas de algodón, con lo que 
al final pagué más de lo convenido, perdí los adelantos y la confianza de los indios 
que llegaron a darse cuenta, por las inesperadas oscilaciones del peso, de que yo y mi 
romana éramos dos raros sujetos. 

"Este es mi primer episodio comercial. El segundo fue más productivo. "Mi 
mujer tuvo siempre la convicción de que yo soy de una nulidad única en asunto de 
negocios. 

-Todo cuanto emprendas te saldrá mal -me decía-. Tú no tienes absoluta idea de 
lo que es el dinero. Acuérdate de la harina. 

"Esto de la harina pasó así: Como mis peones se abastecían en el almacén de los 
obrajes vecinos, supuse que proveyéndome yo de lo elemental -yerba, grasa, harina- 
podría obtener un veinte por ciento de utilidad sobre el sueldo de los peones. Esto es 
cuerdo. Pero cuando tuve los artítulos en casa y comencé a vender la harina a un 
precio que yo recordaba de otras casas, fui muy contento a ver a mi mujer. 

-¡Fíjate! -le dije-. Vamos a ahorrar una porción de pesos con este sistema. Ya 
hemos ganado cuarenta centavos con estos kilos de harina. "Me quedé mirándola. Lo 
cierto es que yo no sabía lo que me costaba, pues ni aun siquiera había echado el ojo 
sobre la factura. 

"Esta es la historia de la harina. Mi mujer me la recordaba siempre, y aunque me 
era forzoso darle la razón, el demonio del comercio que he heredado de mi padre me 
tentaba como un fruto prohibido. 

"Hasta que un día a ambos -pues yo conté en esta aventura con la complicidad de 
mi mujer- se nos ocurrió una empresa: abrir un restaurante para peones. En vez de las 
sardinas, chipás o malos asados que los que no tienen familia o viven lejos comen en 
el almacén de los obrajes, nosotros les daríamos un buen puchero que los nutriría, y a 

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bajo precio. No pretendíamos ganar nada; y en negocios así -según mi mujer- había 
cierta probabilidad de que me fuera bien. 

"Dijimos a los peones que podrían comer en casa, y pronto acudieron otros de 
los obrajes próximos. Los tres primeros días todo fue perfectamente. Al cuarto vino a 
verme un peón de miserable flacura. 

-Mirá, patrón me dijo-. Yo voy a comer en tu casa si querés, pero no te podré 
pagar. Me voy el otro mes a Corrientes porque el chucho... He estado veinte días 
tirado... Ahora no puedo mover mi hacha. Si vuelvo, te pagaré. 

"Consulté a mi mujer. 

-¿Qué te parece? -le dije-. El diablo éste no nos pagará nunca. 

-Parece tener mucha hambre... -murmuró ella. 

"El sujeto comió un mes entero y se fue para siempre. 

"En ese tiempo llegó cierta mañana un peón indio con una criatura de cinco 
años, que miró comer a su padre con inmensos ojos de gula. 

-¡Pero esa criatura! -me dijo mi mujer-, ¡Es un crimen hacerla sufrir así! 

"Se sirvió al chico. Era muy mono, y mi mujer lo acarició al irse. 

-Tienes hambre aún? 

-Sí, ¡hame! -respondió con toda la boca el hombrecito. 

-¡Pero ha comido un plato lleno! -se sorprendió mi mujer. 

-Sí, ¡pato! En casa... ¡hame! 

-¡Ah, en tu casa! ¿Son muchos? 

"El padre entonces intervino. Eran ocho criaturas, y a veces él estaba enfermo y 
no podía trabajar. Entonces... ¡mucha hambre! 

-¡Me lo figuro! -murmuró mi mujer mirándome. Dio al chico tasajo, galletitas, y 
a más dos latas de jamón del diablo que yo guardaba. 

-¡Eh, mi jamón! -le dije rápidamente cuando huía con su robo. 

-¿No es nada, verdad? -se rió-. ¡Supon la felicidad de esa pobre gente con esto! 

"Al otro día volvió el indio con dos nuevos hijos, y como mi mujer no es capaz 
de resistir a una cara de hambre, todos comieron. Tan bien, que una semana después 
nuestra casa estaba convertida en un jardín de infantes. Los buenos peones traían 
cuanto hijo propio o ajeno les era dado tener. Y si a esto se agregan los muchos 
sujetos que comprendieron que nada disponía mejor nuestro corazón que la confesión 
llana y lisa de tener hambre y carecer al mismo tiempo de dinero, todo esto hizo que al 
fin de mes nuestro comercio cesara. Teníamos, claro es, un déficit bastante fuerte. 

"Este fue mi segundo episodio comercial. No cuento el serio -el del algodón- 
porqué éste estaba perdido desde el principio. Perdí allá cuanto tenía, y abandonando 
todo lo que habíamos construido en tierra arrendada, volvimos a Buenos Aires. Ahora 
-concluyó señalando con la cabeza sus mármoles- hago de nuevo esto. 

-¡Y aquí no cabe comercio! -exclamó con fugitiva sonrisa un oyente. Gómez 
Alcain lo miró como hombre que al hablar con tranquila seriedad se siente por encima 
de todas las ironías: 

-Sí, cabe -repuso-. Pero no yo. 


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Un amigo mío se fue a Fernando Poo y volvió a los cinco meses, casi muerto. 

Cuando aún titubeaba en emprender la aventura, un viajero comercial, 
encanecido de fiebres y contrabandos coloniales, le dijo: 

-¿Piensa usted entonces en ir a Fernando Poo? Si va, no vuelve, se lo aseguro. 

-¿Por qué? -objetó mi amigo-, ¿Por el paludismo? Usted ha vuelto, sin embargo. 

Y yo soy americano. 

A lo que el otro respondió: 

Primero, si yo no he muerto allá, sólo Dios sabe por qué, pues no faltó mucho. 
Segundo, el que usted sea americano no supone gran cosa como preventivo. He visto 
en la cuenca del Níger varios brasileños de Manaos, y en Fernando Poo infinidad de 
antillanos, todos muriéndose. No se juega con el Níger. Usted, que es joven, juicioso y 
de temperamento tranquilo, lleva bastantes probabilidades de no naufragar en seguida. 
Un consejo: no cometa desarreglos ni excesos de ninguna especie; ¡usted me entinde! 

Y ahora, felicidad. 

Hubo también un arboricultor que miró a mi amigo con ojillos húmedos de 
enternecimiento. 

-¡Cómo lo envidio, amigo! ¡Qué dicha la suya en aquel esplendor de naturaleza! 
¿Sabe usted que allá los duraznos prenden de gajo? ¿Y los damascos? ¿Y los 
guayabos? Y aquí, enloqueciéndonos de cuidados... ¿Sabe que las hojas caídas de los 
naranjos brotan, echan raíces? ¡Ah, mi amigo! Si usted tuviera gusto para plantar allí... 

-Parece que el paludismo no me dejará mucho tiempo -objetó tranquilamente mi 
amigo, que en realidad amaba mucho sembrar. -¡Qué paludismo! ¡Eso no es nada! 
Una buena plantación de quina y todo está concluido... ¿Usted sabe cuánto necesita 
allá para brotar un poroto... ? 

Málter -así se llamaba mi amigo- se marchó al fin. Iba con el más singular 
empleo que quepa en el país del tse-tsé y los gorilas: el de dactilógrafo. No es 
posiblemente común en las factorías coloniales un empleado cuya misión consiste en 
anotar, con el extremo de los dedos, cuántas toneladas de maní y de aceite de palma se 
remiten a Liverpool. Pero la casa, muy fuerte, pagábase el lujo. Y luego, Málter era un 
prodigio de golpe de vista y rapidez. Y si digo era se debe a que las fiebres han hecho 
de él una quisicosa trémula que no sirve para nada. 

Cuando regresó de Fernando Poo a Montevideo, sus amigos paseaban por los 
muelles haciendo conjeturas sobre cómo volvería Málter. Sabíamos que había habido 
fiebres y que el hombre no podía, por lo tanto, regresar en el esplendor de su bella 
salud normal. Pálido, desde luego. ¿Pero qué más? El ser que vieron avanzar a su 
encuentro era un cadáver amarillo, con un pescuezo de desmesurada flacura, que 
danzaba dentro del cuello postizo, dando todo él, en la expresión de los ojos y la 
dificultad del paso, la impresión de un pobre viejo que ya nunca más volvería a ser 
joven. Sus amigos lo miraban mudos. 

-Creía que bastaba cambiar de aire para curar la fiebre... -murmuró alguno. 
Málter tuvo una sonrisa triste. 


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-Casi siempre. Yo no... -repuso castañeteando los dientes. Muchísimo más había 
castañeteado en Fernando Poo. Llegado que hubo a Santa Isabel, capital de la isla, se 
instaló en el pontón que servía de sede comercial a la casa que lo enviaba. Sus 
compañeros sujetos aniquilados por la anemia- mostráronse en seguida muy curiosos. 

-Usted ha tenido fiebre ya, ¿no es verdad? -le preguntaron. 

-No, nunca repuso Malter-, ¿Por qué? 

Los otros lo miraron con más curiosidad aún. 

-Porque aquí la va a tener. Aquí todos la tienen. ¿Usted sabe cuál es el país en 
que abundan más las fiebres? 

-Las bocas del Níger, he oído... 

Es decir, estas inmediaciones. Solamente una persona que ya ha perdido el 
hígado o estima su vida en menos que un coco es capaz de venir aquí. ¿No se animaría 
usted a regresar a su país? Es un sano consejo. 

Málter respondió que no, por varios motivos que expuso. Además confiaba en su 
buena suerte. Sus compañeros se miraron con unánime sonrisa y lo dejaron en paz. 

Málter escribió, anotó y copió cartas y facturas con asiduo celo. No bajaba casi 
nunca a tierra. Al cabo de dos meses, como comenzara a fatigarse de la monotonía de 
su quehacer, recordó, con sus propias aficiones hortícolas, el entusiasmo del 
arboricultor amigo. 

-¡Nunca se me ha ocurrido cosa mejor! -se dijo Málter contento. El primer 
domingo bajó a tierra y comenzó su huerta. Terreno no faltaba, desde luego, aunque, 
por razones de facilidad, eligió un área sobre toda la costa misma. Con verdadera pena 
debió machetear a ras del suelo un espléndido bambú que se alzaba en medio del 
terreno. Era un crimen; pero las raicillas de sus futuros porotos lo exigían. Luego 
cercó su huerta con varas recién cortadas, de las que usó también para la división de 
los canteros, y luego como tutores. Sembradas al fin sus semillas, esperó. 

Esto, claro es, fue trabajo de más de un día. Málter bajaba todas las tardes a 
vigilar su huerta -o, mejor dicho, pensaba hacerlo así-, porque al tercer día, mientras 
regaba, sintió un ligero hormigueo en los dedos del pie. Un momento después sintió el 
hormigueo en toda la espalda. Málter constató que tenía la piel extremadamente 
sensible al contacto de la ropa. Continuó asimismo regando, y media hora después sus 
compañeros lo veían llegar al pontón, tiritando. 

-Ahí viene el americano refractario al chucho -dijeron con pesada risa los otros-. 
¿Qué hay, Málter? ¿Frío? Hace treinta y nueve grados. Pero a Málter los dientes le 
castañeteaban de tal modo, que apenas podía hablar, y pasó de largo a acostarse. 

Durante quince días de asfixiante calor estuvo estirado a razón de tres accesos. 
Los escalofríos eran tan violentos, que sus compañeros sentían, por encima de sus 
cabezas, el bailoteo del catre. 

-Ya empieza Málter -exclamaban levantando los ojos al techo. 

En la primera tregua Málter recordó su huerta y bajó a tierra. Halló todas sus 
semillas brotadas y ascendiendo con sorprendente vigor. Pero al mismo tiempo todos 
los tutores de sus porotos habían prendido también, así como las estacas de los 
canteros y del cerco. El bambú, con cinco espléndidos retoños, subía a un metro. 

Málter, bien que encantado de aquel ardor tropical, tuvo que arrancar una por 
una sus inesperadas plantas, rehízo todo y empleó, al fin, una larga hora en extirpar la 
mata de bambú a fondo de azada. 


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Horacio Quiroga 37 


En tres días de sol abierto, sus porotos ascendieron en un verdadero 

vértigo vegetativo, todo hasta que un ligero cosquilleo en la espalda advirtió a 
Málter que debía volver en seguida al pontón. 

Sus compañeros, que no lo habían visto subir, sintieron de pronto que el catre se 
sacudía. 

-¡Calle! -exclamaron alzando la cabeza-. El americano está otra vez con frío. 

Con esto, los delirios abrumadores que las altas fiebres de la Guinea no 
escatiman. Málter quedaba postrado de sudor y cansancio, hasta que el siguiente 
acceso le traía nuevos témpanos de frío con cuarenta y tres a la sombra. 

Dos semanas más y Málter abrió la puerta de la cabina con una mano que ya 
estaba flaca y tenía las uñas blancas. Bajó a su huerta y halló que sus porotos trepaban 
con enérgico brío por los tutores. Pero éstos habían prendido todos, como las estacas 
que dividían los canteros, y como las que cercaban la huerta. Exactamente como la 
vez anterior. El bambú destrozado, extirpado, ascendía en veinte magníficos retoños a 
dos metros de altura. 

Málter sintió que la fatalidad lo llevaba rápidamente de la mano. ¿Pero es que en 
aquel país prendía todo de gajo? ¿No era posible contener aquello? Málter, porfiado 
ya, se propuso obtener únicamente porotos, con prescindencia absoluta de todo árbol o 
bambú. Arrancó de nuevo todo, reemplazándolo, tras prolijo examen, con varas de 
cierto vecino árbol deshojado y leproso. Para mayor eficacia, las clavó al revés. 
Luego, con pala de media punta y hacha de tumba, ocasionó tal desperfecto al raigón 
del bambú, que esperó en definitiva paz agrícola un nuevo acceso. 

Y éste llegó, con nuevos días de postración. Llegó luego la tregua, y Málter bajó 
a su huerta. Los porotos subían siempre. Pero los gajos leprosos y clavados a 
contrasavia habían prendido todos. Entre las legumbres, y agujereando la tierra con 
sus agudos brotes, el bambú aniquilado echaba al aire triunfantes retoños, como 
monstruosos y verdes habanos. 

Durante tres meses la fiebre se obstinó en destruir toda esperanza de salud que el 
enfermo pudiera conservar para el porvenir, y Málter se empeñó a su vez en evitar que 
las estacas más resecas, reviviendo en lustrosa brotación, ahogaran a sus porotos. 

Sobrevinieron entonces las grandes lluvias de junio. No se respiraba sino agua. 
La ropa se enmohecía sobre el cuerpo mismo. La carne se pudría en tres horas y el 
chocolate se licuaba con frío olor de moho. 

Cuando, por fin, su hígado no fue más que una cosa informe y envenenada y su 
cuerpo no pareció sino un esqueleto febril, Málter regresó a Montevideo. De su 
organismo refractario al chucho dejaba allá su juventud entera, y la salud para siempre 
jamás. De sus afanes hortícolas en tierra fecunda, quedaba un vivero de lujuriosos 
árboles, entre el yuyo invasor que crecía ahora trece milímetros por día. 

Poco después, el arboricultor dio con Málter, y su pasmo ante aquella ruina fue 
grande. 

-Pero allá interrumpió, sin embargo- aquello es maravilloso, ¿eh? ¡Qué 
vegetación! ¿Hizo algún ensayo, no es cierto? 

Málter, con una sonrisa de las más tristes, asintió con la cabeza. Y se fue a su 
casa a morir. 


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Cuando uno ha visto a un chiquitín reírse a las dos de la mañana como un loco, 
con una fiebre de cuarenta y dos grados, mientras afuera ronda un yaciyateré, se 
adquiere de golpe sobre las supersticiones ideas que van hasta el fondo de los nervios. 

Se trata aquí de una simple superstición. La gente del sur dice que el yaciyateré 
es un pajarraco desgarbado que canta de noche. Yo no lo he visto, pero lo he oído mil 
veces. El cantito es muy fino y melancólico. Repetido y obsediante, como el que más. 
Pero en el norte, el yaciyateré es otra cosa. 

Una tarde, en Misiones, fuimos un amigo y yo a probar una vela nueva en el 
Paraná, pues la latina" no nos había dado resultado con un río de corriente feroz y en 
una canoa que rasaba el agua. La canoa era también obra nuestra, construida en la 
bizarra proporción de 1:8 . Poco estable, como se ve, pero capaz de filar como una 
torpedera. 

Salimos a las cinco de la tarde, en verano. Desde la mañana no había viento. Se 
aprontaba una magnífica tormenta, y el calor pasaba de lo soportable. El río corría 
untuoso bajo el cielo blanco. No podíamos quitamos un instante los anteojos 
amarillos, pues la doble reverberación de cielo y agua enceguecía. Además, principio 
de jaqueca en mi compañero. Y ni el más leve soplo de aire. 

Pero una tarde así en Misiones, con una atmósfera de ésas tras cinco días de 
viento norte, no indica nada bueno para el sujeto que está derivando por el Paraná en 
canoa de carrera. Nada más difícil, por otro lado, que remar en ese ambiente. 

Seguimos a la deriva, atentos al horizonte del sur, hasta llegar al Teyucuaré. La 
tormenta venía. 

Estos cerros de Teyucuaré, tronchados a pico sobre el río en enormes cantiles de 
asperón rosado, por los que se descuelgan las lianas del bosque, entran profundamente 
en el Paraná formando hacia San Ignacio una honda ensenada, a perfecto resguardo 
del viento sur. Grandes bloques de piedra desprendidos del acantilado erizan el litoral, 
contra el cual el Paraná entero tropieza, remolinea y se escapa por fin aguas abajo, en 
rápidos agujereados de remolinos. Pero desde el cabo final, y contra la costa misma, el 
agua remansa lamiendo lentamente el Teyucuaré hasta el fondo del golfo. 

En dicho cabo, y a resguardo de un inmenso bloque para evitar las sorpresas del 
viento, encallamos la canoa y nos sentamos a esperar. Pero las piedras barnizadas 
quemaban literalmente, aunque no había sol, y bajamos a aguardar en cuclillas a 
orillas del agua. 

El sur, sin embargo, había cambiado de aspecto. Sobre el monte lejano, un 
blanco rollo de viento ascendía en curva, arrastrando tras él un toldo azul de lluvia. El 
río, súbitamente opaco, se había rizado. 

Todo esto es rápido. Alzamos la vela, empujamos la canoa, y bruscamente, tras 
el negro bloque, el viento pasó rapando el agua. Fue una sola sacudida de cinco 
segundos; y ya había olas. Remamos hacia la punta de la restinga, pues tras el 
parapeto del acantilado no se movía aún una hoja. De pronto cruzamos la línea 
imaginaria, si se quiere, pero perfectamente definida-, y el viento nos cogió. 


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Véase ahora: nuestra vela tenía tres metros cuadrados, lo que es bien poco, y 
entramos con 35 grados en el viento. Pues bien; la vela voló, arrancada como un 
simple pañuelo y sin que la canoa hubiera tenido tiempo de sentir la sacudida. 
Instantáneamente el viento nos arrastró. No mordía sino en nuestros cuerpos: poca 
vela, como se ve, pero era bastante para contrarrestar remos, timón, todo lo que 
hiciéramos. Y ni siquiera de popa; nos llevaba de costado, borda tumbada como una 
cosa náufraga. 

Viento y agua, ahora. Todo el río, sobre la cresta de las olas, estaba blanco por el 
chal de lluvia que el viento llevaba de una ola a otra, rompía y anudaba en bruscas 
sacudidas convulsivas. Luego, la fulminante rapidez con que se forman las olas a 
contracorriente en un río que no da fondo allí a sesenta brazas. En un solo minuto el 
Paraná se había transformado en un mar huracanado, y nosotros, en dos náufragos, 
íbamos siempre empujados de costado, tumbados, cargando veinte litros de agua a 
cada golpe de ola, ciegos de agua, con la cara dolorida por los latigazos de la lluvia y 
temblando de frío. 

En Misiones, con una tempestad de verano, se pasa muy fácilmente de cuarenta 
grados a quince, y en un solo cuarto de hora. No se enferma nadie, porque el país es 
así, pero se muere uno de frío. 

Plena mar, en fin. Nuestra única esperanza era la playa de Blosset -playa de 
arcilla, felizmente-, contra la cual nos precipitábamos. No sé si la canoa hubiera 
resistido a flote un golpe de agua más; pero cuando una ola nos lanzó a cinco metros 
dentro de tierra, nos consideramos bien felices. Aun así tuvimos que salvar la canoa, 
que bajaba y subía al pajonal como un corcho, mientras nos hundíamos en la arcilla 
podrida y la lluvia nos golpeaba como piedras. 

Salimos de allí; pero a las cinco cuadras estábamos muertos de fatiga, bien 
calientes esta vez. ¿Continuar por la playa? Imposible. Y cortar el monte en una noche 
de tinta, aunque se tenga un Collins en la mano, es cosa de locos. 

Esto hicimos, no obstante. Alguien ladró de pronto -o, mejor, aulló; porque los 
perros de monte sólo aúllan-, y tropezamos con un rancho. En el rancho habría, no 
muy visibles a la llama del fogón, un peón, su mujer 

y tres chiquilines. Además, una arpillera tendida como hamaca, dentro de la cual 
una criatura se moría con un ataque cerebral. 

-¿Qué tiene? -preguntamos. 

-Es un daño -respondieron los padres, después de volver un instante la cabeza a 
la arpillera. 

Estaban sentados, indiferentes. Los chicos, en cambio, eran todo ojos hacia 
afuera. En ese momento, lejos, cantó el yaciyateré. Instantáneamente los muchachos 
se taparon cara y cabeza con los brazos. 

-¡Ah! El yaciyateré -pensamos- Viene a buscar al chiquilín. Por lo menos lo 
dejará loco. 

El viento y el agua habían pasado, pero la atmósfera estaba muy fría. Un rato 
después, pero mucho más cerca, el yaciyateré cantó de nuevo. El chico enfermo se 
agitó en la hamaca. Los padres miraban siempre el fogón, indiferentes. Les hablamos 
de paños de agua fría en la cabeza. No nos entendían, ni valía la pena, por lo demás. 
¿Qué iba a hacer eso contra el yaciyateré? 


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Creo que mi compañero había notado, como yo, la agitación del chico al 
acercarse el pájaro. Proseguimos tomando mate, desnudos de cintura arriba, mientras 
nuestras camisas humeaban secándose contra el fuego. No hablábamos; pero en el 
rincón lóbrego se veían muy bien los ojos espantados de los muchachos. 

Afuera, el monte goteaba aún. De pronto, a media cuadra escasa, el yaciyateré 
cantó. La criatura enferma respondió con una carcajada. Bueno. El chico volaba de 
fiebre porque tenía una meningitis y respondía con una carcajada al llamado del 
yaciyateré. 

Nosotros tomábamos mate. Nuestras camisas se secaban. La criatura estaba 
ahora inmóvil. Sólo de vez en cuando roncaba, con un sacudón de cabeza hacia atrás. 

Afuera, en el bananal esta vez, el yaciyateré cantó. La criatura respondió en 
seguida con otra carcajada. Los muchachos dieron un grito y la llama del fogón se 
apagó. 

A nosotros, un escalofrío nos corrió de arriba abajo. Alguien, que cantaba afuera, 
se iba acercando, y de esto no había duda. Un pájaro; muy bien, y nosotros lo 
sabíamos. Y a ese pájaro que venía a robar o enloquecer a la criatura, la criatura 
misma respondía con una carcajada a cuarenta y dos grados. 

La leña húmeda llameaba de nuevo, y los inmensos ojos de los chicos lucían otra 
vez. Salimos un instante afuera. La noche había aclarado, y podríamos encontrar la 
picada. Algo de humo había todavía en nuestras camisas; pero cualquier cosa antes 
que aquella risa de meningitis... 

Llegamos a las tres de la mañana a casa. Días después pasó el padre por allí, y 
me dijo que el chico seguía bien, y que se levantaba ya. Sano, en suma. 

Cuatro años después de esto, estando yo allá, debí contribuir a levantar el censo 
de 1914, correspondiéndome el sector Yabebirí-Teyucuaré. Lui por agua, en la misma 
canoa, pero esta vez a simple remo. Era también de tarde. 

Pasé por el rancho en cuestión y no hallé a nadie. De vuelta, y ya al crepúsculo, 
tampoco vi a nadie. Pero veinte metros más adelante, parado en el ribazo del arroyo y 
contra el bananal oscuro, estaba un muchacho desnudo, de siete a ocho años. Tenía las 
piernas sumamente flacas -los muslos más aún que las pantorrillas- y el vientre 
enorme. Llevaba una vara de pescar en la mano derecha, y en la izquierda sujetaba 
una banana a medio comer. Me miraba inmóvil, sin decidirse a comer ni a bajar del 
todo el brazo. 

Le hablé, inútilmente. Insistí aún, preguntándole por los habitantes del rancho. 
Echó, por fin, a reír, mientras le caía un espeso hilo de baba hasta el vientre. Era el 
muchacho de la meningitis. 

Salí de la ensenada: el chico me había seguido furtivamente hasta la playa, 
admirando con abiertos ojos mi canoa. Tiré los remos y me dejé llevar por el remanso, 
a la vista siempre del idiota crepuscular, que no se decidía a concluir su banana por 
admirar la canoa blanca. 


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Los dos hombres dejaron en tierra el artefacto de cinc y se sentaron sobre él. 
Desde el lugar donde estaban, a la trinchera, había aún treinta metros y el cajón 
pesaba. Era esa la cuarta detención -y la última-, pues muy próxima la trinchera alzaba 
su escarpa de tierra roja. 

Pero el sol de mediodía pesaba también sobre la cabeza desnuda de los dos 
hombres. La cruda luz lavaba el paisaje en un amarillo lívido de eclipse, sin sombras 
ni relieves. Luz de sol meridiano, como el de Misiones, en que las camisas de los dos 
hombres deslumbraban. 

De vez en cuando volvían la cabeza al camino recorrido, y la bajaban en seguida, 
ciegos de luz. Uno de ellos, por lo demás, ostentaba en las precoces arrugas y en las 
infinitas patas de gallo el estigma del sol tropical. Al rato ambos se incorporaron, 
empuñaron de nuevo la angarilla, y paso tras paso, llegaron por fin. Se tiraron 
entonces de espaldas a pleno sol, y con el brazo se taparon la cara. 

El artefacto, en efecto, pesaba, cuanto pesan cuatro chapas galvanizadas de 
catorce pies, con el refuerzo de cincuenta y seis pies de hierro L y hierro T de pulgada 
y media. Técnica dura, ésta, pero que nuestros hombres tenían grabada hasta el fondo 
de la cabeza, porque el artefacto en cuestión era una caldera para fabricar carbón que 
ellos mismos habían construido y la trinchera no era otra cosa que el horno de 
calefacción circular, obra también de su solo trabajo. Y, en fin, aunque los dos 
hombres estaban vestidos como peones y hablaban como ingenieros, no eran ni 
ingenieros ni peones. 

Uno se llamaba Duncan Dréver, y Marcos Rienzi, el otro. Padres ingleses e 
italianos, respectivamente, sin que ninguno de los dos tuviera el menor prejuicio 
sentimental hacia su raza de origen. Personificaban así un tipo de americano que ha 
espantado a Huret , como tantos otros: el hijo de europeo que se ríe de su patria 
heredada con tanta frescura como de la suya propia. 

Pero Rienzi y Dréver, tirados de espaldas, el brazo sobre los ojos, no se reían en 
esa ocasión, porque estaban hartos de trabajar desde las cinco de la mañana y desde un 
mes atrás, bajo un frío de cero grado las más de las veces. 

Esto era en Misiones. A las ocho, y hasta las cuatro de la tarde, el sol tropical 
hacía de las suyas, pero apenas bajaba el sol, el termómetro comenzaba a caer con él, 
tan velozmente que se podía seguir con los ojos el descenso del mercurio. A esa hora 
el país comenzaba a helarse literalmente; de modo que los treinta grados del mediodía 
se reducían a cuatro a las ocho de la noche, para comenzar a las cuatro de la mañana el 
galope descendente: -1, -2, -3. La noche anterior había bajado a 4, con la consiguiente 
sacudida de los conocimientos geográficos de Rienzi, que no concluía de orientarse en 
aquella climatología de carnaval, con la que poco tenían que ver los informes 
meteorológicos. 

-Este es un país subtropical de calor asfixiante -decía Rienzi tirando el 
cortafierro quemante de frío y yéndose a caminar. Porque antes de salir el sol, en la 


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penumbra glacial del campo escarchado, un trabajo a fierro vivo despelleja las manos 
con harta facilidad. 

Dréver y Rienzi, sin embargo, no abandonaron una sola vez su caldera en todo 
ese mes, salvo los días de lluvia, en que estudiaban modificaciones sobre el plano, 
muertos de frío. Cuando se decidieron por la destilación en vaso cerrado, sabían ya 
prácticamente a qué atenerse respecto de los diversos sistemas a fuego directo, incluso 
el de Schwartz . Puestos de firme en su caldera, lo único que no había variado nunca 
era su capacidad: 1.400 CM'. Pero forma, ajuste, tapas, diámetro del tubo de escape, 
condensador, 

todo había sido estudiado y reestudiado cien veces. De noche, al acostarse, se 
repetía siempre la misma escena. Hablaban un rato en la cama de a o b, cualquier cosa 
que nada tenía que ver con su tarea del momento. Cesaba la conversación, porque 
tenían sueño. Así al menos lo creían ellos. A la hora de profundo silencio, uno 
levantaba la voz: 

-Yo creo que diecisiete debe ser bastante. 

-Creo lo mismo -respondía en seguida el otro. 

¿Diecisiete qué? Centímetros, remaches, días, intervalos, cualquier cosa. Pero 
ellos sabían perfectamente que se trataba de su caldera y a qué se referían. 

Un día, tres meses atrás, Rienzi había escrito a Dréver desde Buenos Aires, 
diciéndole que quería ir a Misiones. ¿Qué se podía hacer? El creía que a despecho de 
las aleluyas nacionales sobre la industrialización del país, una pequeña industria, bien 
entendida, podría dar resultado por lo menos durante la guerra. ¿Qué le parecía esto? 

Dréver contestó: "Véngase, y estudiaremos el asunto carbón y alquitrán". A lo 
que Rienzi repuso embarcándose para allá. 

Ahora bien; la destilación a fuego de la madera es un problema interesante de 
resolver, pero para el cual se requiere un capital bastante mayor del que podía 
disponer Dréver. En verdad, el capital de éste consistía en la leña de su monte, y el 
recurso de sus herramientas. Con esto, cuatro chapas que le habían sobrado al armar el 
galpón, y la ayuda de Rienzi, se podía ensayar. 

Ensayaron, pues. Como en la destilación de la madera los gases no trabajaban a 
presión, el material aquel les bastaba. Con hierros T para la armadura y L para las 
bocas, montaron la caldera rectangular de 4,20 x 0,70 metros. Fue un trabajo prolijo y 
tenaz, pues a más de las dificultades técnicas debieron contar con las derivadas de la 
escasez de material y de una que otra herramienta. El ajuste inicial, por ejemplo, fue 
un desastre: imposible pestañar aquellos bordes quebradizos, y poco menos que en el 
aire. Tuvieron, pues, que ajustarla a fuerza de remaches, a uno por centímetro, lo que 
da 1.680 para la sola unión longitudinal de las chapas. Y como no tenían remaches, 
cortaron 1 .680 clavos, y algunos centenares más para la armadura. 

Rienzi remachaba de afuera. Dréver, apretado dentro de la caldera, con las 
rodillas en el pecho, soportaba el golpe. Y los clavos, sabido es, sólo pueden ser 
remachados a costa de una gran paciencia que a Dréver, allá adentro, se le escapaba 
con rapidez vertiginosa. A la hora turnaban, y mientras Dréver salía acalambrado, 
doblado, incorporándose a sacudidas, Rienzi entraba a poner su paciencia a prueba 
con las corridas del martillo por el contragolpe. 


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Tal fue su trabajo. Pero el empeño en hacer lo que querían fue asimismo tan 
serio, que los dos hombres no dejaron pasar un día sin machucarse las uñas. Con las 
modificaciones sabidas los días de lluvia, y los inevitables comentarios a medianoche. 

No tuvieron en ese mes otra diversión -esto desde el punto de vista urbano- que 
entrar los domingos de mañana en el monte a punta de machete. Dréver, hecho a 
aquella vida, tenía la muñeca bastante sólida para no cortar sino lo que quería; pero 
cuando Rienzi era quien abría monte, su compañero tenía buen cuidado de mantenerse 
atrás a cuatro o cinco metros. Y no es que el puño de Rienzi fuera malo; pero el 
machete es cosa de un largo aprendizaje. 

Luego, como distracción diaria, tenían la que les proporcionaba su ayudante, la 
hija de Dréver. Era ésta una rubia de cinco años, sin madre, porque Dréver había 
enviudado a los tres años de estar allá. El la había criado solo, con una paciencia 
infinitamente mayor que la que le pedían los remaches de la caldera. Dréver no tenía 
el carácter manso, y era difícil de manejar. De dónde aquel hombrón había sacado la 
ternura y la paciencia necesarias para criar solo y hacerse adorar de su hija, no lo sé; 
pero lo cierto es que cuando caminaban juntos al crepúsculo, se oían diálogos como 
éste: 

-¡Piapiá! 

-¡Mi vida...! 

-¿Va a estar pronto tu caldera? -Sí, mi vida. 

—¿Y vas a destilar toda la leña del monte? 

-No; vamos a ensayar solamente. 

-¿Y vas a ganar platita? 

-No creo, chiquita. 

-¡Pobre piapiacito querido! No podés nunca ganar mucha plata. 

-Así es... 

-Pero vas a hacer un ensayo lindo, piapiá. ¡Lindo como vos, piapiacito querido! 

-Sí, mi amor. 

-¡Yo te quiero mucho, mucho, piapiá! 

-Sí, mi vida... Y el brazo de Dréver bajaba por sobre el hombro de su hija y la 
criatura besaba la mano dura y quebrada de su padre, tan grande que le ocupaba todo 
el pecho. 

Rienzi tampoco era pródigo de palabras, y fácilmente podía considerárseles tipos 
inabordables. Mas la chica de Dréver conocía un poco a aquella clase de gente, y se 
reía a carcajadas del terrible ceño de Rienzi, cada vez que éste trataba de imponer con 
su entrecejo tregua a las diarias exigencias 

de su ayudante: vueltas de camero en la gramilla, carreras a babucha, hamaca, 
trampolín, sube y baja, alambrecarril, sin contar uno que otro jarro de agua a la cara de 
su amigo, cuando éste, a mediodía, se tiraba al sol sobre el pasto. 

Dréver oía un juramento e inquiría la causa. 

-¡Es la maldita viejita! -gritaba Rienzi-, No se le ocurre sino... Pero ante la -bien 
que remota- probabilidad de una injusticia propia del padre, Rienzi se apresuraba a 
hacer las paces con la chica, la cual festejaba en cuclillas la cara lavada como una 
botella de Rienzi. 

Su padre jugaba menos con ella; pero seguía con los ojos el pesado galope de su 
amigo alrededor de la meseta, cargado con la chica en los hombros. Era un terceto 

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bien curioso el de los dos hombres de grandes zancadas y su rubia ayudante de cinco 
años, que iban, venían y volvían a ir de la meseta al horno. Porque la chica, criada y 
educada constantemente al lado de su padre, conocía una por una las herramientas, y 
sabía qué presión, más o menos, se necesita para partir diez cocos juntos, y a qué olor 
se le puede llamar con propiedad de piroleñoso. Sabía leer, y escribía todo con 
mayúsculas. Aquellos doscientos metros del bungalow, al monte fueron recorridos a 
cada momento mientras se construyó el horno. Con paso fuerte de madrugada, o tardo 
a mediodía, iban y venían como hormigas por el mismo sendero, con las mismas 
sinuosidades y la misma curva para evitar el florecimiento de arenisca negra a flor de 
pasto. 

Si la elección del sistema de calefacción les había costado, su ejecución 
sobrepasó con mucho lo concebido. 

Una cosa es en el papel, y otra en el terreno, decía Rienzi con las manos en los 
bolsillos, cada vez que un laborioso cálculo sobre volumen de gases, toma de aire, 
superficie de la parrilla, cámara de tiro, se les iba al diablo por la pobreza del material. 

Desde luego, se les había ocurrido la cosa más arriesgada que quepa en asuntos 
de ese orden: calefacción en espiral para una caldera horizontal. ¿Por qué? Tenían 
ellos sus razones y dejémoselas. Mas lo cierto es que cuando encendieron por primera 
vez el horno, y acto continuo el humo escapó de la chimenea, después de haberse visto 
forzado a descender cuatro veces bajo la caldera, al ver esto, los dos hombres se 
sentaron a fumar sin decir nada, mirando aquello con aire más bien distraído, el aire 
de hombres de carácter que ven el éxito de un duro trabajo en el que han puesto todas 
sus fuerzas. 

¡Ya estaba, por fin! Las instalaciones accesorias -condensador de alquitrán y 
quemador de gases- eran un juego de niños. La condensación se dispuso en ocho 
bordelesas, pues no tenían agua; y los gases fueron enviados directamente al hogar. 
Con lo que la chica de Dréver tuvo ocasión de maravillarse de aquel grueso chorro de 
fuego que salía de la caldera donde no había fuego. 

¡Qué lindo, piapiá! -exclamaba, inmóvil de sorpresa. Y con los besos de siempre 
a la mano de su padre: 

-¡Cuántas cosas sabés hacer, piapiacito querido! Tras lo cual entraban en el 
monte a comer naranjas. 

Entre las pocas cosas que Dréver tenía en este mundo -fuera de su hija, claro 
está- la de mayor valor era su naranjal, que no le daba renta alguna, pero que era un 
encanto de ver. Plantación original de los jesuitas, hace doscientos años, el naranjal 
había sido invadido y sobrepasado por el bosque, en cuyo sous-bois , digamos, los 
naranjos continuaban enervando el monte de perfume de azahar, que al crepúsculo 
llegaba hasta los senderos del campo. Los naranjos de Misiones no han conocido 
jamás enfermedad alguna. Costaría trabajo encontrar una naranja con una sola peca. Y 
como riqueza de sabor y hermosura aquella fruta no tiene rival. 

De los tres visitantes, Rienzi era el más goloso. Comía fácilmente diez o doce 
naranjas, y cuando volvía a casa llevaba siempre una bolsa cargada al hombro. Es 
fama allá que una helada favorece a la fruta. En aquellos momentos, a fines de junio, 
eran ya un almíbar; lo cual reconciliaba un tanto a Rienzi con el frío. 


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Este frío de Misiones que Rienzi no esperaba y del cual no había oído hablar 
nunca en Buenos Aires, molestó las primeras hornadas de carbón ocasionándoles un 
gasto extraordinario de combustible. 

En efecto, por razones de organización encendían el horno a las cuatro o cinco 
de la tarde. Y como el tiempo para una completa carbonización de la madera no baja 
normalmente de ocho horas, debían alimentar el fuego hasta las doce o la una de la 
mañana hundidos en el foso ante la roja boca del hogar, mientras a sus espaldas caía 
una mansa helada. Si la calefacción subía, la condensación se efectuaba a las mil 
maravillas en el aire de hielo, que les permitía obtener en el primer ensayo un 2 por 
ciento de alquitrán, lo que era muy halagüeño, vistas las circunstancias. 

Uno u otro debía vigilar constantemente la marcha, pues el peón accidental que 
les cortaba leña persistía en no entender aquel modo de hacer carbón. Observaba 
atentamente las diversas partes de la fábrica, pero sacudía la cabeza a la menor 
insinuación de encargarle el fuego. 

Era un mestizo de indio, un muchachón flaco, de ralo bigote, que tenía siete hijos 
y que jamás contestaba de inmediato la más fácil pregunta sin consultar un rato el 
cielo, silbando vagamente. Después respondía: "Puede ser". En balde le habían dicho 
que diera fuego sin inquietarse hasta que la tapa opuesta de la caldera chispeara al ser 
tocada con el dedo mojado. Se reía con ganas, pero no aceptaba. Por lo cual el vaivén 
de la meseta al monte proseguía de noche, mientras la chica de Dréver, sola en el bun- 
galow, se entretenía tras los vidrios en reconocer, al relámpago del hogar, si era su 
padre o Rienzi quien atizaba el fuego. 

Alguna vez, algún turista que pasó de noche hacia el puerto a tomar el vapor que 
lo llevaría al Iguazú, debió de extrañarse no poco de aquel resplandor que salía de 
bajo tierra, entre el humo y el vapor de los escapes: mucho de solfatara y un poco de 
infierno, que iba a herir directamente la imaginación del peón indio. 

La atención de éste era vivamente solicitada por la elección del combustible. 
Cuando descubría en su sector un buen "palo noble para el fuego", lo llevaba en su 
carretilla hasta el horno, impasible, como si ignorara el tesoro que conducía. Y ante el 
halago de los foguistas, volvía indiferente la cabeza a otro lado, para sonreírse a gusto, 
según decir de Rienzi. 

Los dos hombres se encontraron así un día con tal stock de esencias muy 
combustibles, que debieron disminuir en el hogar la toma de aire, el que entraba ahora 
silbando y vibraba bajo la parrilla. 

Entretanto, el rendimiento de alquitrán aumentaba. Anotaban los porcentajes en 
carbón, alquitrán y piroleñoso de las esencias más aptas, aunque todo grosso modo. 
Pero lo que, en cambio, anotaron muy bien fueron los inconvenientes -uno por uno- de 
la calefacción circular para una caldera horizontal: en esto podían reconocerse 
maestros. El gasto de combustible poco les interesaba. Fuera de que con una 
temperatura de 0 grado, las más de las veces, no era posible cálculo alguno. 

Ese invierno fue en extremo riguroso, y no sólo en Misiones. Pero desde fines de 
junio las cosas tomaron un cariz extraordinario, que el país sufrió hasta las raíces de 
su vida subtropical. 

En efecto, tras cuatro días de pesadez y amenaza de gruesa tormenta, resuelta en 
llovizna de hielo y cielo claro al sur, el tiempo se serenó. Comenzó el frío, calmo y 
agudo, apenas sensible a mediodía, pero que a las cuatro mordía ya las orejas. El país 

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pasaba sin transición de las madrugadas blancas al esplendor casi mareante de un 
mediodía invernal en Misiones, para helarse en la oscuridad a las primeras horas de la 
noche. 

La primera mañana de ésas, Rienzi, helado de frío, salió a caminar de madrugada 
y volvió al rato tan helado como antes. Miró el termómetro y habló a Dréver que se 
levantaba. 

-¿Sabe qué temperatura tenemos? Seis grados bajo cero. 

-Es la primera vez que pasa esto -repuso Dréver. 

-Así es -asintió Rienzi-, Todas las cosas que noto aquí pasan por primera vez. 

Se refería al encuentro en pleno invierno con una yarará, y donde menos lo 
esperaba. 

La mañana siguiente hubo siete grados bajo cero. Dréver llegó a dudar de su 
termómetro, y montó a caballo, a verificar la temperatura en casa de dos amigos, uno 
de los cuales atendía una pequeña estación meteorológica oficial. No había duda: eran 
efectivamente nueve grados bajo cero; y la diferencia con la temperatura registrada en 
su casa provenía de que estando la meseta de Dréver muy alta sobre el río y abierta al 
viento, tenía siempre dos grados menos en invierno, y dos más en verano, claro está. 

-No se ha visto jamás cosa igual -dijo Dréver, de vuelta, desensillando el caballo. 

-Así es -confirmó Rienzi. 

Mientras aclaraba al día siguiente, llegó al bungalow un muchacho con una carta 
del amigo que atendía la estación meteorológica. Decía así: "Hágame el favor de 
registrar hoy la temperatura de su termómetro al salir el sol. Anteayer comuniqué la 
observada aquí, y anoche he recibido un pedido de Buenos Aires de que rectifique en 
forma la temperatura comunicada. Allá se ríen de los nueve grados bajo cero. ¿Cuánto 
tiene usted ahora?" 

Dréver esperó la salida del sol y anotó en la respuesta: "27 de junio: 9 grados 
bajo 0". 

El amigo telegrafió entonces a la oficina central de Buenos Aires el registro de 
su estación: "27 de junio: 11 grados bajo 0". 

Rienzi vio algo del efecto que puede tener tal temperatura sobre una vegetación 
casi de trópico; pero le estaba reservado para más adelante constatarlo de pleno. 
Entretanto, su atención y la de Dréver se vieron duramente solicitadas por la 
enfermedad de la hija de éste. 

Desde una semana atrás la chica no estaba bien. (Esto, claro está, lo notó Dréver 
después, y constituyó uno de los entretenimientos de sus largos silencios.) Un poco de 
desgano, mucha sed, y los ojos irritados cuando corría. 

Una tarde, después de almorzar, al salir Dréver afuera encontró a su hija 
acostada en el suelo, fatigada. Tenía 39° de fiebre. Rienzi llegó un momento después, 
y la halló ya en cama, las mejillas abrasadas y la boca abierta. -¿Qué tiene? -preguntó 
extrañado a Dréver. 

-No sé... 39 y pico. 

Rienzi se dobló sobre la cama. 

-¡Hola, viejita! Parece que no tenemos alambrecarril, hoy. 

La pequeña no respondió. Era característica de la criatura, cuando tenía fiebre, 
cerrarse a toda pregunta sin objeto y responder apenas con monosílabos secos, en que 


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se transparentaba a la legua el carácter del padre. Esa tarde, Rienzi se ocupó de la 
caldera, pero volvía de rato en rato a 

ver a su ayudante, que en aquel momento ocupaba un rinconcito rubio en la 
cama de su padre. 

A las tres, la chica tenía 39,5 y 40 a las seis. Dréver había hecho lo que se debe 
hacer en esos casos, incluso el baño. 

Ahora bien: bañar, cuidar y atender a una criatura de cinco años en una casa de 
tablas peor ajustada que una caldera, con un frío de hielo y por dos hombres de manos 
encallecidas, no es tarea fácil. Hay cuestiones de camisitas, ropas minúsculas, bebidas 
a horas fijas, detalles que están por encima de las fuerzas de un hombre. Los dos 
hombres, sin embargo, con los duros brazos arremangados, bañaron a la criatura y la 
secaron. Hubo, desde luego, que calentar el ambiente con alcohol; y en lo sucesivo, 
que cambiar los paños de agua fría en la cabeza. 

La pequeña había condescendido a sonreírse mientras Rienzi le secaba los pies, 
lo que pareció a éste de buen augurio. Pero Dréver temía un golpe de fiebre 
perniciosa, que en temperamentos vivos no se sabe nunca adonde puede llegar. 

A las siete la temperatura subió a 40,8, para descender a 39 en el resto de la 
noche y montar de nuevo a 40,3 a la mañana siguiente. 

-¡Bah! -decía Rienzi con aire despreocupado-. La viejita es fuerte, y no es esta 
fiebre la que la va a tumbar. 

Y se iba a la caldera silbando, porque no era cosa de ponerse a pensar 
estupideces. 

Dréver no decía nada. Caminaba de un lado para otro en el comedor, y sólo se 
interrumpía para entrar a ver a su hija. La chica, devorada de fiebre, persistía en 
responder con monosílabos secos a su padre. 

-¿Cómo te sientes, chiquita? 

-Bien. 

-¿No tienes calor? ¿Quieres que te retire un poco la colcha? No. 

-¿Quieres agua? 

-No. 

Y todo sin dignarse volver los ojos a él. 

Durante seis días Dréver durmió un par de horas de mañana, mientras Rienzi lo 
hacía de noche. Pero cuando la fiebre se mantenía amenazante, Rienzi veía la silueta 
del padre detenido, inmóvil al lado de la cama, y se encontraba a la vez sin sueño. Se 
levantaba y preparaba café, que los hombres tomaban en el comedor. Instábanse 
mutuamente a descansar un rato, con un rondo encogimiento de hombros por común 
respuesta. Tras lo cual uno se ponía a recorrer por centésima vez el título de los libros, 
mientras el otro hacía obstinadamente cigarros en un rincón de la mesa. 

Y los baños siempre, la calefacción, los paños fríos, la quinina. La chica se 
dormía a veces con una mano de su padre entre las suyas, y apenas éste intentaba 
retirarla, la criatura lo sentía y apretaba los dedos. Con lo cual Dréver se quedaba 
sentado, inmóvil, en la cama un buen rato; y como no tenía nada que hacer, miraba sin 
tregua la pobre carita extenuada de su hija. 

Luego, delirio de vez en cuando, con súbitos incorporamientos sobre los brazos. 
Dréver la tranquilizaba, pero la chica rechazaba su contacto, volviéndose al otro lado. 
El padre recomenzaba entonces su paseo, e iba a tomar el eterno café de Rienzi. 


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-¿Qué tal? -preguntaba éste. 

-Ahí va -respondía Dréver. 

A veces, cuando estaba despierta, Rienzi se acercaba esforzándose en levantar la 
moral de todos, con bromas a la viejita que se hacía la enferma y no tenía nada. Pero 
la chica, aun reconociéndolo, lo miraba seria, con una hosca fijeza de gran fiebre. 

La quinta tarde, Rienzi la pasó en el horno trabajando, lo que constituía un buen 
derivativo. Dréver lo llamó por un rato y fue a su vez a alimentar el fuego, echando 
automáticamente leña tras leña en el hogar. 

Esa madrugada la fiebre bajó más que de costumbre, bajó más a mediodía, y a 
las dos de la tarde la criatura estaba con los ojos cerrados, inmóvil, con excepción de 
un rictus intermitente del labio y de pequeñas conmociones que le salpicaban de tics el 
rostro. Estaba helada; tenía sólo 35 grados. 

-Una anemia cerebral fulminante, casi seguro -respondió Dréver a una mirada 
interrogante de su amigo-. Tengo suerte... 

Durante tres horas la chica continuó de espaldas con sus muecas cerebrales, 
rodeada y quemada por ocho botellas de agua hirviendo. Durante esas tres horas 
Rienzi caminó muy despacio por la pieza, mirando con el ceño fruncido la figura del 
padre sentado a los pies de la cama. Y en esas tres horas Dréver se dio cuenta precisa 
del inmenso lugar que ocupaba en su corazón aquella pobre cosita que le había 
quedado de su matrimonio, y que iba a llevar al día siguiente al lado de su madre. 

A las cinco, Rienzi, en el comedor, oyó que Dréver se incorporaba; y con el ceño 
más contraído aún entró en el cuarto. Pero desde la puerta distinguió el brillo de la 
frente de la chica empapada en sudor, ¡salvada! 

-Por fin... -dijo Rienzi con la garganta estúpidamente apretada. 

-¡Sí, por fin! -murmuró Dréver. 

La chica continuaba literalmente bañada en sudor. Cuando abrió al rato los ojos, 
buscó a su padre y al verlo tendió los dedos hacia la boca de él. Rienzi se acercó 
entonces: 

-¿Y...? ¿Cómo vamos, madamita? La chica volvió los ojos a su amigo. 

-¿Me conoces bien ahora? ¿A que no? Sí... 

-¿Quién soy? 

La criatura sonrió. 

-Rienzi. 

-¡Muy bien! Así me gusta... No, no. Ahora, a dormir... Salieron a la meseta, por 
fin. 

-¡Qué viejita! -decía Rienzi, haciendo con una vara largas rayas en la arena. 

Dréver -seis días de tensión nerviosa con las tres horas finales son demasiado 
para un padre solo- se sentó en el sube y baja y echó la cabeza sobre los brazos. Y 
Rienzi se fue al otro lado del bungalow, porque los hombros de su amigo se sacudían. 

La convalecencia comenzaba a escape desde ese momento. Entre taza y taza de 
café de aquellas largas noches, Rienzi había meditado que mientras no cambiaran los 
dos primeros vasos de condensación obtendrían siempre más brea de la necesaria. 
Resolvió, pues, utilizar dos grandes bordelesas en que Dréver había preparado su vino 
de naranja, y con la ayuda del peón, dejó todo listo al anochecer. Encendió el fuego, y 
después de confiarlo al cuidado de aquél, volvió a la meseta, donde tras los vidrios del 


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bungalow los dos hombres miraron con singular placer el humo rojizo que tornaba a 
montar en paz. 

Conversaban a las doce, cuando el indio vino a anunciarles que el fuego salía por 
otra parte; que se había hundido el horno. A ambos vino instantáneamente la misma 
idea. 

-¿Abriste la toma de aire? -le preguntó Dréver. 

-Abrí -repuso el otro. 

-¿Qué leña pusiste? 

-La carga que estaba allaité . 

-¿Lapacho? 

-Sí. 

Rienzi y Dréver se miraron entonces y salieron con el peón. 

La cosa era bien clara: la parte superior del horno estaba cerrada con dos chapas 
de cinc sobre traviesas de hierro L, y como capa aisladora habían colocado encima 
cinco centímetros de arena. En la primera sección de tiro, que las llamas lamían, 
habían resguardado el metal con una capa de arcilla sobre tejido de alambre; arcilla 
armada, digamos. 

Todo había ido bien mientras Rienzi o Dréver vigilaron el hogar. Pero el peón, 
para apresurar la calefacción en beneficio de sus patrones, había abierto toda la puerta 
del cenicero, precisamente cuando sostenía el fuego con lapacho. Y como el lapacho 
es a la llama lo que la nafta a un fósforo, la altísima temperatura desarrollada había 
barrido con arcilla, tejido de alambre y la chapa misma, por cuyo boquete la llamarada 
ascendía apretada y rugiente. 

Es lo que vieron los dos hombres al llegar allá. Retiraron la leña del hogar, y la 
llama cesó; pero el boquete quedaba vibrando al rojo blanco, y la arena caída sobre la 
caldera enceguecía al ser revuelta. 

Nada más había que hacer. Volvieron sin hablar a la meseta, y en el camino 
Dréver dijo: 

-Pensar que con cincuenta pesos más hubiéramos hecho un horno en forma... 

-¡Bah! -repuso Rienzi al rato-. Hemos hecho lo que debíamos hacer. Con una 
cosa concluida no nos hubiéramos dado cuenta de una porción de cosas. 

Y tras una pausa: 

-Y tal vez hubiéramos hecho algo un poco pour la galérie... 

-Puede ser -asintió Dréver. 

La noche era muy suave, y quedaron un largo rato sentados fumando en el 
dintel' del comedor. 

Demasiado suave la temperatura. El tiempo descargó, y durante tres días y tres 
noches llovió con temporal del sur, lo que mantuvo a los dos hombres bloqueados en 
el bungalow oscilante. Dréver aprovechó el tiempo concluyendo un ensayo sobre 
creolina cuyo poder hormiguicida y parasiticida era por lo menos tan fuerte como el 
de la creolina a base de alquitrán de hulla. Rienzi, desganado, pasaba el día yendo de 
una puerta a otra a mirar el cielo. 

Hasta que la tercera noche, mientras Dréver jugaba con su hija en las rodillas, 
Rienzi se levantó con las manos en los bolsillos y dijo: 

-Yo me voy a ir. Ya hemos hecho aquí lo que podíamos. Si llega a encontrar 
unos pesos para trabajar en eso, avíseme y le puedo conseguir en Buenos Aires lo que 

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necesite. Allá abajo, en el ojo del agua, se pueden montar tres calderas... Sin agua es 
imposible hacer nada. Escríbame, cuando consiga eso, y vengo a ayudarlo. Por lo 
menos -concluyó después de un momento- podemos tener el gusto de creer que no hay 
en el país muchos tipos que sepan lo que nosotros sobre carbón. 

-Creo lo mismo -apoyó Dréver, sin dejar de jugar con su hija. Cinco días 
después, con un mediodía radiante, y el sulky pronto en el portón, los dos hombres y 
su ayudante fueron a echar una última mirada a su obra, a la cual no se habían 
aproximado más. El peón retiró la tapa del homo, y como una crisálida quemada, 
abollada, torcida, apareció la caldera en su envoltura de alambre tejido y arcilla gris. 
Las chapas retiradas tenían alrededor del boquete abierto por la llama un espesor 
considerable por 

la oxidación del fuego, y se descascaraban en escamas azules al menor contacto, 
con las cuales la chica de Dréver se llenó el bolsillo del delantal. Desde allí mismo, 
por toda la vera del monte inmediato y el circundante hasta la lejanía, Rienzi pudo 
apreciar el efecto de un frío de -9 grados sobre la vegetación tropical de hojas 
lustrosas y tibias. Vio los bananos podridos en pulpa chocolate, hundidos dentro de sí 
mismos como en una funda. Vio plantas de hierba de doce años -un grueso árbol en 
fin-, quemadas para siempre hasta la raíz por el fuego blanco. Y en el naranjal, donde 
entraron para una última colecta, Rienzi buscó en vano en lo alto el reflejo de oro 
habitual, porque el suelo estaba totalmente amarillo de naranjas, que el día de la gran 
helada habían caído todas al salir el sol, con un sordo tronar que llenaba el monte. 

Asimismo Rienzi pudo completar su bolsa, y como la hora apremiaba se 
dirigieron al puerto. La chica hizo el trayecto en las rodillas de Rienzi, con quien 
alimentaba un larguísimo diálogo. 

El vaporcito salía ya. Los dos amigos, uno enfrente de otro, se miraron 
sonriendo. 

-A bientót -dijo uno. 

-Ciao -respondió el otro. Pero la despedida de Rienzi y la chica fue bastante más 
expresiva. Cuando ya el vaporcito viraba aguas abajo, ella le gritó aún: 

-¡Rienzi! ¡Rienzi! 

-¡Qué, viejita! -se alcanzó a oír. 

-¡Voleé pronto! 

Dréver y la chica quedaron en la playa hasta que el vaporcito se ocultó tras los 
macizos del Teyucuaré. Y, cuando subían lentos la barranca, Dréver callado, su hija le 
tendió los brazos para que la alzara. 

-¡Se te quemó la caldera, pobre piapiá! ... Pero no estés triste... ¡Vas a inventar 
muchas cosas más, ingenierito de mi vida! 


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@L MOCW N 



Cuando los asuntos se pusieron decididamente mal, Borderán y Cía., capitalistas 
de la empresa de Quebracho y Tanino del Chaco, quitaron a Braccamonte la gerencia. 
A los dos meses la empresa, falta de la vivacidad del italiano, que era en todo caso el 
único capaz de haberla salvado, iba a la liquidación. Borderán acusó furiosamente a 
Braccamonte por no haber visto que el quebracho era pobre; que la distancia a puerto 
era mucha; que el tanino iba a bajar; que no se hacen contratos de soga al cuello en el 
Chaco -léase chasco-; que, según informes, los bueyes eran viejos y las alzaprimas 
más, etcétera, etcétera. En una palabra, que no entendía de negocios. Braccamonte, 
por su parte, gritaba que los famosos 100.000 pesos invertidos en la empresa, lo 
fueron con una parsimonia tal, que cuando él pedía 4.000 pesos, enviábanle 3.500; 
cuando 2.000, 1.800. Y así todo. Nunca consiguió la cantidad exacta. Aun a la semana 
de un telegrama recibió 800 pesos en vez de 1.000 que había pedido. 

Total: lluvias inacabables, acreedores urgentes, la liquidación, y Braccamonte en 
la calle, con 10.000 pesos de deuda. 

Este solo detalle debería haber bastado para justificar la buena fe de 
Braccamonte, dejando a su completo cargo la deficiencia de dirección. Pero la 
condena pública fue absoluta: mal gerente, pésimo administrador, y aun cosas más 
graves. 

En cuanto a su deuda, los mayoristas de la localidad perdieron desde el primer 
momento toda esperanza de satisfacción. Hízose broma de esto en Resistencia. 

"¿Y usted no tiene cuentas con Braccamonte?", era lo primero que se decían dos 
personas al encontrarse. Y las carcajadas crecían si, en efecto, acertaban. Concedían a 
Braccamonte ojo perspicaz para adivinar un negocio, pero sólo eso. Hubieran deseado 
menos cálculos brillantes y más actividad reposada. Negábanle, sobre todo, 
experiencia del terreno. No era posible llegar así a un país y triunfar de golpe en lo 
más difícil que hay en él. No era capaz de una tarea ruda y juiciosa, y mucho menos 
visto el cuidado que el advenedizo tenía de su figura: no era hombre de trabajo. 

Ahora bien, aunque a Braccamonte le dolía la falta de fe en su honradez, ésta le 
exasperaba menos, a fuer de italiano ardiente, que la creencia de que él no fuera capaz 
de ganar dinero. Con su hambre de triunfo, rabiaba tras ese primer fracaso. 

Pasó un mes nervioso, hostigando su imaginación. Hizo dos o tres viajes a 
Rosario, donde tenía amigos, y por fin dio con su negocio: comprar por menos de 
nada una legua de campo en el suroeste de Resistencia y abrirle salida al Paraná, 
aprovechando el alza del quebracho. 

En esa región de esteros y zanjones la empresa era fuerte, sobre todo debiendo 
efectuarla a todo vapor; pero Braccamonte ardía como un tizón. Asocióse con Banker, 
sujeto inglés, viejo contrabandista de obraje, y a los tres meses de su bancarrota 
emprendía marcha al Salado, con bueyes, carretas, muías y útiles. Como obra 
preparatoria tuvieron que construir sobre el Salado una balsa de cuarenta bordelesas. 
Braccamonte, con su ojo preciso de ingeniero nato, dirigía los trabajos. 


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Pasaron. Marcharon luego dos días, arrastrando penosamente las carretas y 
alzaprimas hundidas en el estero, y llegaron al fin al Monte Negro. Sobre la única 
loma del país hallaron agua a tres metros, y el pozo se afianzó con cuatro bordelesas 
desfondadas. Al lado levantaron el rancho campal, y en seguida comenzó la tarea de 
los puentes. Las cinco leguas desde el campo al Paraná estaban cortadas por zanjones 
y riachos, en que los puentes . eran indispensables. Se cortaban palmas en la barranca 
y se las echaba en sentido longitudinal a la corriente, hasta llenar la zanja. Se cubría 
todo con tierra, y una vez pasados bagajes y carretas avanzaban todos hacia el Paraná. 

Poco a poco se alejaban del rancho, y a partir del quinto puente tuvieron que 
acampar sobre el terreno de operaciones. El undécimo fue la obra más seria de la 
campaña. El riacho tenía 60 metros de ancho, y allí no era utilizable el 
desbarrancamiento en montón de palmas. Fue preciso construir en forma pilares de 
palmeras, que se comenzaron arrojando las palmas, hasta lograr con ellas un piso 
firme. Sobre este piso colocaban una línea de palmeras nivelada, encima otra 
transversal, luego una longitudinal, y así hasta conseguir el nivel de la barranca. Sobre 
el plano superior tendían una línea definitiva de palmas, afirmadas con clavos de 
urunday a estaciones verticales, que afianzaban el primer pilar del puente. Desde esta 
base repetían el procedimiento, avanzando otros cuatro metros hacia la barranca 
opuesta. En cuanto al agua, filtraba sin ruido por entre los troncos. 

Pero esa tarea fue lenta, pesadísima, en un terrible verano, y duró dos meses. 
Como agua, artículo principal, tenían la límpida, si bien oscura, del riacho. Un día, sin 
embargo, después de una noche de tormenta, aquél amaneció plateado de peces 
muertos. Cubrían el riacho y derivaban sin cesar. Recién al anochecer, disminuyeron. 
Días después pasaba aún uno que otro. A todo evento, los hombres se abstuvieron por 
una semana de tomar esa agua, teniendo que enviar un peón a buscar la del pozo, que 
llegaba tibia. 

No era sólo esto. Los bueyes y muías se perdían de noche en el campo abierto, y 
los peones, que salían al aclarar, volvían con ellos ya alto el sol, cuando el calor 
agotaba a los bueyes en tres horas. Luego pasaban toda la mañana en el riacho 
luchando, sin un momento de descanso, contra la falta de iniciativa de los peones, 
teniendo que estar en todo, escogiendo las palmas, dirigiendo el derrumbe, afirmando, 
con los brazos arremangados, los catres de los pilares, bajo el sol de fuego y el vaho 
asfixiante del pajonal, hinchados por tábanos y barigüís . La greda amarilla y 
reverberante del palmar les irritaba los ojos y quemaba los pies. De vez en cuando 
sentíanse detenidos por la vibración crepitante de una serpiente de cascabel, que sólo 
se hacía oír cuando estaban a punto de pisarla. 

Concluida la mañana, almorzaban. Comían, mañana y noche, un plato de locro, 
que mantenían alejado sobre las rodillas, para que el sudor no cayera dentro. Esto, 
bajo su único albergue, un cobertizo hecho con cuatro chapas de cinc, que 
enceguecían entre moarés de aire caldeado. Era tal allí el calor, que no se sentía entrar 
el aire en los pulmones. Las barretas de fierro quemaban en la sombra. 

Dormían la siesta, defendidos de los polvorines por mosquiteros de gasa que, 
permitiendo apenas pasar el aire, levantaban aún la temperatura. Con todo, ese 
martirio era preferible al de los polvorines. 

A las dos volvían a los puentes, pues debían a cada momento reemplazar a un 
peón que no comprendía bien, hundidos hasta las rodillas en el fondo podrido y fofo 

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del riacho, que burbujeaba a la menor remoción, exhalando un olor nauseabundo. 
Como en estos casos no podían separar las manos del tronco, que sostenían en alto a 
fuerza de riñones, los tábanos los aguijoneaban a mansalva. 

Pero, no obstante esto, el momento verdaderamente duro era el de la cena. A esa 
hora el estero comenzaba a zumbar, y enviaba sobre ellos nubes de mosquitos, tan 
densas, que tenían que comer el plato de locro caminando de un lado para otro. Aun 
así no lograban paz; o devoraban mosquitos o eran devorados por ellos. Dos minutos 
de esta tensión acababa con los nervios más templados. 

En estas circunstancias, cuando acarreaban tierra al puente grande, llovió cinco 
días seguidos, y el charque se concluyó. Los zanjones, desbordados, imposibilitaron 
nueva provista, y tuvieron que pasar quince días a locro guacho, maíz cocido en agua 
únicamente. Como el tiempo continuó pesado, los mosquitos recrudecieron en forma 
tal que ya ni caminando era posible librar el locro de ellos. En una de esas tarde, 
Banker, que se paseaba entre un oscuro nimbo de mosquitos, sin hablar una palabra, 
tiró de pronto el plato contra el suelo, y dijo que no era posible vivir más así; que eso 
no era vida; que él se iba. Fue menester todo el calor elocuente de Braccamonte, y en 
especial la evocación del muy serio contrato entre ellos para que Banker se calmara. 
Pero Braccamonte, en su interior, había pasado tres días maldiciéndose a sí mismo por 
esa estúpida empresa. 

El tiempo se afirmó por fin, y aunque el calor creció y el viento norte sopló su 
fuego sobre las caras, sentíase aire en el pecho por lo menos. La vida suavizóse algo - 
más carne y menos mosquitos de comida—, y concluyeron por fin el puente grande, 
tras dos meses de penurias. Había devorado 2.700 palmas. La mañana en que echaron 
la última palada de tierra, mientras las carretas lo cruzaban entre la gritería de triunfo 
de los peones, Braccamonte y Banker, parados uno al lado de otro, miraron largo rato 
su obra común, cambiando cortas observaciones a su respecto, que ambos 
comprendían sin oírlas casi. 

Los demás puentes, pequeños todos, fueron un juego, además de que al verano 
había sucedido un seco y frío otoño. Hasta que por fin llegaron al río. 

Así, en seis meses de trabajo rudo y tenaz, quebrantos y cosas amargas, mucho 
más para contadas que pasadas, los dos socios construyeron catorce puentes, con la 
sola ingeniería de su experiencia y de su decisión incontrastable. Habían abierto 
puerto a la madera sobre el Paraná, y la especulación estaba hecha. Pero salieron de 
ella con las mejillas excavadas, las duras manos jaspeadas por blancas cicatrices de 
granos, con rabiosas ganas de sentarse en paz a una mesa con mantel. 

Un mes después -el quebracho siempre en suba-, Braccamonte había vendido su 
campo, comprado en 8.000 pesos, en 22.000. Los comerciantes de Resistencia no 
cupieron de satisfacción al verse pagados, cuando ya no lo esperaban, aunque 
creyeron siempre que en la cabeza del italiano había más fantasía que otra cosa. 


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desde San Ignacio al ingenio San Juan, sobre una corriente que iba midiendo seis 
millas en el canal, y nueve al caer del lomo de las restingas. 

Desde abril yo estaba a la espera de esa crecida. Mis vagabundajes en canoa por 
el Paraná, exhausto de agua, habían concluido por fastidiar al griego. Es éste un viejo 
marinero de la Marina de guerra inglesa, que probablemente había sido antes pirata en 
el Egeo, su patria, y que con más certidumbre había sido antes contrabandista de caña 
en San Ignacio, desde quince años atrás. Era, pues, mi maestro de río. 

-Está bien -me dijo al ver el río grueso-. Usted puede pasar ahora por un medio, 
medio regular marinero. Pero le falta una cosa, y es saber lo que es el Paraná cuando 
está bien crecido. ¿Ve esa piedraza -me señaló- sobre la corredera' del Greco? Pues 
bien; cuando el agua llegue hasta allí y no se vea una piedra de la restinga, váyase 
entonces a abrir la boca ante el Teyucuaré por los cuatro lados, y cuando vuelva podrá 
decir que sus puños sirven para algo. Lleve otro remo también, porque con seguridad 
va a romper uno o dos. Y traiga de su casa una de sus mil latas de kerosene, bien 
tapada con cera. Y así y todo es posible que se ahogue. 

Con un remo de más, en consecuencia, me dejé tranquilamente llevar hasta el 
Teyucuaré. 

La mitad, por lo menos, de los troncos, pajas podridas, espumas y animales 
muertos, que bajan con una gran crecida, quedan en esa profunda ensenada. Espesan 
el agua, cobran aspecto de tierra firme, remontan lentamente la costa, deslizándose 
contra ella como si fueran una porción desintegrada de la playa, porque ese inmenso 
remanso es un verdadero mar de sargazos. Poco a poco, aumentando la elipse de 
traslación, los troncos son cogidos por la corriente y bajan por fin velozmente girando 
sobre sí mismos, para cruzar dando tumbos frente a la restinga final del Teyucuaré, 
erguida hasta ochenta metros de altura. 

Estos acantilados de piedra cortan perpendicularmente el río, avanzan en él hasta 
reducir su cauce a la tercera parte. El Paraná entero tropieza con ellos, busca salida, 
formando una serie de rápidos casi insalvables aun con aguas bajas, por poco que el 
remero no esté alerta. Y tampoco hay manera de evitarlos, porque la corriente central 
del río se precipita por la angostura formada, abriéndose desde la restinga en una 
curva tumultuosa que rasa el remanso inferior y se delimita de él por una larga fila de 
espumas fijas. 

A mi vez me dejé coger por la corriente. Pasé como una exhalación sobre los 
mismos rápidos y caí en las aguas agitadas del canal, que me arrastraron de popa y de 
proa, debiendo tener mucho juicio con los remos que apoyaba alternativamente en el 
agua para restablecer el equilibrio, en razón de que mi canoa medía sesenta 
centímetros de ancho, pesaba treinta kilos y tenía tan sólo dos milímetros de espesor 
en toda su obra; de modo que un firme golpe de dedo podía perjudicarla seriamente. 
Pero de sus inconvenientes derivaba una velocidad fantástica, que me permitía forzar 


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el río de sur a norte y de oeste a este, siempre, claro está, que no olvidara un instante 
la inestabilidad del aparato. 

En fin, siempre a la deriva, mezclado con palos y semillas, que parecían tan 
inmóviles como yo, aunque bajábamos velozmente sobre el agua lisa, pasé frente a la 
isla del Toro, dejé atrás la boca del Yabebirí, el puerto de Santa Ana, y llegué al 
ingenio, de donde regresé en seguida, pues deseaba volver a San Ignacio en la misma 
tarde. 

Pero en Santa Ana me detuve, titubeando. El griego tenía razón: una cosa es el 
Paraná bajo o normal, y otra muy distinta con las aguas hinchadas. Aun con mi canoa, 
los rápidos salvados al remontar el río me habían preocupado, no por el esfuerzo para 
vencerlos, sino por la posibilidad de volcar. Toda restinga, sabido es, ocasiona un 
rápido y un remanso adyacente; y el peligro está en esto precisamente: en salir de un 
agua muerta, para chocar, a veces en ángulo recto, contra una correntada que pasa 
como un infierno. Si la embarcación es estable, nada hay que temer; pero con la mía 
nada más fácil que ir a sondar el rápido cabeza abajo, por poco que la luz me faltara. 
Y como la noche caía ya, me disponía a sacar la canoa a tierra y esperar el día 
siguiente, cuando vi a un hombre y una mujer que bajaban lá barranca y se 
aproximaban. 

Parecían marido y mujer; extranjeros, a ojos vistas, aunque familiarizados con la 
ropa del país. El traía la camisa arremangada hasta el codo, pero no se notaba en los 
pliegues del remango la menor mancha de trabajo. Ella llevaba un delantal enterizo y 
un cinturón de hule que la ceñía muy bien. Pulcros burgueses, en suma, pues de tales 
era el aire de satisfacción y bienestar, asegurados a expensas del trabajo de cualquier 
otro. 

Ambos, tras un familiar saludo, examinaron con gran curiosidad la canoa de 
juguete, y después examinaron el río. 

-El señor hace muy bien en quedarse -dijo él- Con el río así, no se anda de 
noche. 

Ella ajustó su cintura. 

-A veces -sonrió coqueteando. 

¡Es claro! -replicó él-. Esto no reza con nosotros... Lo digo por el señor. 

Y a mí: 

-Si el señor se piensa quedar, le podemos ofrecer buena comodidad. Hace dos 
años que tenemos un negocio; poca cosa, pero uno hace lo que puede... ¿Verdad, 
señor? 

Asentí de buen grado, yendo con ellos hasta el boliche aludido, pues no de otra 
cosa se trataba. Cené, sin embargo, mucho mejor que en mi propia casa, atendido con 
una porción de detalles de confort, que parecían un sueño en aquel lugar. Eran unos 
excelentes tipos mis burgueses, alegres y limpios, porque nada hacían. 

Después de un excelente café, me acompañaron a la playa, donde interné aún 
más mi canoa, dado que el Paraná, cuando las aguas llegan rojas y cribadas de 
remolinos, sube dos metros en una noche. Ambos consideraron de nuevo la invisible 
masa del río. 

-Hace muy bien en quedarse, señor -repitió el hombre-. El Teyucuaré no se 
puede pasar así como así de noche, como está ahora. No hay nadie que sea capaz de 
pasarlo... con excepción de mi mujer. 


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Yo me volví bruscamente a ella, que conqueteó de nuevo con el cinturón. 

- Usted ha pasado el Teyucuaré de noche? le pregunté. 

Oh, sí señor!... Pero una sola vez... y sin ningún deseo de hacerlo. Entonces 
éramos un par de locos. 

-¿Pero el río...? -insistí. 

¿El río? -cortó él- Estaba hecho un loco, también. ¿El señor conoce los arrecifes 
de la isla del Toro, no? Ahora están descubiertos por la mitad. Entonces no se veía 
nada... Todo era agua, y el agua pasaba por encima bramando, y la oíamos de aquí. 
¡Aquél era otro tiempo, señor! Y aquí tiene un recuerdo de aquel tiempo... ¿El señor 
quiere encender un fósforo? 

El hombre se levantó el pantalón hasta la corva, y en la parte interna de la 
pantorrilla vi una profunda cicatriz, cruzada como un mapa de costurones duros y 
plateados. 

¿Vio, señor? Es un recuerdo de aquella noche. Una raya... y no muy, grande, 
tampoco... 

Entonces recordé una historia, vagamente entreoída, de una mujer 

que había remado un día y una noche enteros, llevando a su marido moribundo. 
¿Y era ésa la mujer, aquella burguesita arrobada de éxito y de pulcritud? 

-Sí, señor, era yo -se echó a reír, ante mi asombro, que no Necesitaba palabras-. 
Pero ahora me moriría cien veces antes que intentarlo siquiera. Eran otros tiempos; 
¡eso ya pasó! 

-¡Para siempre! -apoyó él-. Cuando me acuerdo... ¡Estábamos locos, señor! Los 
desengaños, la miseria si no nos movíamos... ¡Eran otros tiempos, sí! 

¡Ya lo creo! Eran otros los tiempos, si habían hecho eso. Pero no quería 
dormirme sin conocer algún pormenor; y allí, en la oscuridad y ante el mismo río del 
cual no veíamos a nuestros pies sino la orilla tibia, pero que sentíamos subir y subir 
hasta la otra costa, me di cuenta de lo que había sido aquella epopeya nocturna. 

Engañados respecto de los recursos del país, habiendo agotado en yerros de 
colono recién llegado el escaso capital que trajeran, el matrimonio se encontró un día 
al extremo de sus recursos. Pero como eran animosos, emplearon los últimos pesos en 
una chalana inservible, cuyas cuadernas recompusieron con infinita fatiga, y con ella 
emprendieron un tráfico ribereño, comprando a los pobladores diseminados en la 
costa, miel, naranjas, tacuaras, pajas -todo en pequeña escala-, que iban a vender a la 
playa de Posadas, malbaratando casi siempre su mercancía, pues ignorantes al 
principio del pulso del mercado, llevaban litros de miel de caña cuando habían llegado 
barriles de ella el día anterior, y naranjas, cuando la costa amarilleaba. 

Vida muy dura y fracasos diarios, que alejaban de su espíritu toda otra 
preocupación que no fuera llegar de madrugada a Posadas y remontar en seguida el 
Paraná a fuerza de puño. La mujer acompañaba siempre al marido, y remaba con él. 

En uno de los tantos días de tráfico, llegó un 23 de diciembre, y la mujer dijo: 

-Podríamos llevar a Posadas el tabaco que tenemos, y las bananas de Francés-cué 
. De vuelta traeremos tortas de Navidad y velitas de color. Pasado mañana es Navidad, 
y las venderemos muy bien en los boliches. 

A lo que el hombre contestó: 

-En Santa Ana no venderemos muchas; pero en San Ignacio podremos vender el 

resto. 


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Con lo cual descendieron la misma tarde hasta Posadas; para remontar a la 
madrugada siguiente, de noche aún. 

Ahora bien; el Paraná estaba hinchado con sucias aguas de crecientes que se 
alzaban por minutos. Y cuando las lluvias tropicales se han descargado 
simultáneamente en toda la cuenca superior, se borran los largos remansos, que son 
los más fieles amigos del remero. En todas partes el agua se desliza hacia abajo, todo 
el inmenso volumen del río es una huyente masa líquida que corre en una sola pieza. 
Y si a la distancia el río aparece en el canal terso y estirado en rayas luminosas, de 
cerca, sobre él mismo, se ve el agua revuelta en pesado moaré de remolinos. 

El matrimonio, sin embargo, no titubeó un instante en remontar tal río en un 
trayecto de sesenta kilómetros, sin otro aliciente que el de ganar unos cuantos pesos. 
El amor nativo al centavo que ya llevaban en sus entrañas se había exasperado ante la 
miseria entrevista, y aunque estuvieran ya próximos a su sueño dorado -que habían de 
realizar después-, en aquellos momentos hubieran afrontado el Amazonas entero, ante 
la perspectiva de aumentar en cinco pesos sus ahorros. 

Emprendieron, pues, el viaje de regreso, la mujer en los remos y el hombre a la 
pala en popa. Subían apenas, aunque ponían en ello su esfuerzo sostenido, que debían 
duplicar cada veinte minutos en las restingas, donde los remos de la mujer adquirían 
una velocidad desesperada, y el hombre se doblaba en dos con lento y profundo 
esfuerzo sobre su pala hundida un metro en el agua. 

Pasaron así diez, quince horas, todas iguales. Lamiendo el bosque o las pajas del 
litoral, la canoa remontaba imperceptiblemente la inmensa y luciente avenida de agua, 
en la cual la diminuta embarcación, rasando la costa, parecía bien pobre cosa. 

El matrimonio estaba en perfecto tren, y no eran remeros a quienes catorce o 
dieciséis horas de remo podían abatir. Pero cuando ya a la vista de Santa Ana se 
disponían a atracar para pasar la noche, al pisar el barro el hombre lanzó un juramento 
y saltó a la canoa: más arriba del talón, sobre el tendón de Aquiles, un agujero 
negruzco, de bordes lívidos y ya abultados, denunciaba el aguijón de la raya. 

La mujer sofocó un grito. 

-¿Qué...? ¿Una raya? 

El hombre se había cogido el pie entre las manos y lo apretaba con fuerza 
convulsiva. 

-Sí... 

-¿Te duele mucho? -agregó ella, al ver su gesto. Y él, con los dientes apretados: 

-De un modo bárbaro... 

En esa áspera lucha que había endurecido sus manos y sus semblantes, habían 
eliminado de su conversación cuanto no propendiera a sostener su energía. Ambos 
buscaron vertiginosamente un remedio. ¿Qué? No recordaba nada. La mujer de pronto 
recordó: aplicaciones de ají macho, quemado. 

-¡Pronto, Andrés! -exclamó recogiendo los remos-. Acuéstate en popa: voy a 
remar hasta Santa Ana. 

Y mientras el hombre, con la mano siempre aferrada al tobillo, se tendía en popa, 
la mujer comenzó a remar. 

Durante tres horas remó en silencio, concentrando su sombría angustia en un 
mutismo desesperado, aboliendo de su mente cuanto pudiera restarle fuerzas. En popa, 
el hombre devoraba a su vez su tortura, pues nada hay comparable al atroz dolor que 

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ocasiona la picadura de una raya, sin excluir el raspaje de un hueso tuberculoso. Sólo 
de vez en cuando dejaba escapar un suspiro que a despecho suyo se arrastraba al final 
en bramido. Pero ella no lo oía o no quería oírlo, sin otra señal de vida que las miradas 
atrás para apreciar la distancia que faltaba aún. 

Llegaron por fin a Santa Ana; ninguno de los pobladores de la costa tenía ají 
macho. ¿Qué hacer? Ni soñar siquiera en ir hasta el pueblo. En su ansiedad la mujer 
recordó de pronto que en el fondo del Teyucuaré, al pie del bananal de Blosset y sobre 
el agua misma, vivía desde meses atrás un naturalista alemán de origen, pero al 
servicio del Museo de París. Recordaba también que había curado a dos vecinos de 
mordeduras de víbora, y era, por tanto, más que probable que pudiera curar a su 
marido. 

Reanudó, pues, la marcha, y tuvo lugar entonces la lucha más vigorosa que 
pueda entablar un pobre ser humano -¡una mujer!- contra la voluntad implacable de la 
Naturaleza. 

Todo: el río creciendo y el espejismo nocturno que volcaba el bosque litoral 
sobre la canoa, cuando en realidad ésta trabajaba en plena corriente a diez brazas; la 
extenuación de la mujer y sus manos, que mojaban el puño del remo de sangre y agua 
serosa; todo: río, noche y miseria la empujaban hacia atrás. 

Hasta la boca del Yabebirí pudo aún ahorrar alguna fuerza; pero en la 
interminable cancha desde el Yabebirí hasta los primeros cantiles del Teyucuaré, no 
tuvo un instante de tregua, porque el agua corría por entre las pajas como en el canal, 
y cada tres golpes de remo levantaban camalotes en vez de agua; los cuales cruzaban 
sobre la proa sus tallos nudosos y seguían a la rastra, por lo cual la mujer debía ir a 
arrancarlos bajo el agua. Y cuando tornaba a caer en el banco, su cuerpo, desde los 
pies a las manos, pasando por la cintura y los brazos era un único y prolongado 
sufrimiento. 

Por fin, al norte, el cielo nocturno se entenebrecía ya hasta el cénit por los cerros 
del Teyucuaré, cuando el hombre, que desde hacía un rato había abandonado su 
tobillo para asirse con las dos manos a la borda, dejó escapar un grito. 

La mujer se detuvo. -¿Te duele mucho? 

-Sí... -respondió él, sorprendido a su vez y jadeando-, Pero no quise gritar. Se me 
escapó. 

Y agregó más bajo, como si temiera sollozar si alzaba la voz: 

-No lo voy a hacer más... 

Sabía muy bien lo que era en aquellas circunstancias y ante su pobre mujer 
realizando lo imposible, perder el ánimo. El grito se le había escapado, sin duda, por 
más que allá abajo, en el pie y el tobillo, el atroz dolor se exasperaba en punzadas 
fulgurantes que lo enloquecían. 

Pero ya habían caído bajo la sombra del primer acantilado, rasando y golpeando 
con el remo de babor la dura mole que ascendía a pico hasta cien metros. Desde allí 
hasta la restinga sur del Teyucuaré el agua está muerta y hay remanso a trechos. 
Inmenso desahogo del que la mujer no pudo disfrutar, porque de popa se había alzado 
otro grito. La mujer no volvió la vista. Pero el herido, empapado en sudor frío y 
temblando hasta los mismos dedos adheridos al listón de la borda, no tenía ya fuerza 
para contenerse, y lanzaba un nuevo grito. 


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Durante largo rato el marido conservó un resto de energía, de valor, de 
conmiseración por aquella otra miseria humana, a la que robaba de ese modo sus 
últimas fuerzas, y sus lamentos rompían de largo en largo. Pero al fin toda su 
resistencia quedó deshecha en una papilla de nervios destrozados, y desvariado de 
tortura, sin darse él mismo cuenta, con la boca entreabierta para no perder tiempo, sus 
gritos se repitieron a intervalos regulares y acompasados en un ¡ay! de supremo 
sufrimiento. 

La mujer, entretanto, el cuello doblado, no apartaba los ojos de la costa para 
conservar la distancia. No pensaba, no oía, no sentía: remaba. Sólo cuando un grito 
más alto, un verdadero clamor de tortura rompía la noche, las manos de la mujer se 
desprendían a medias del remo. 

Hasta que por fin soltó los remos y echó los brazos sobre la borda. 

-No grites... -murmuró. 

-¡No puedo! -clamó él-. Es demasiado sufrimiento. Ella sollozaba: 

-¡Ya sé...! ¡Comprendo...! Pero no grites... ¡No puedo remar! 

-Comprendo también... ¡Pero no puedo! ¡Ay...! 

Y enloquecido de dolor y cada vez más alto: 

-¡No puedo! ¡No puedo! ¡No puedo! 

La mujer quedó largo rato aplastada sobre los brazos, inmóvil, muerta. Al fin se 
incorporó y reanudó muda la marcha. 

Lo que la mujer realizó entonces, esa misma mujercita que llevaba ya dieciocho 
horas de remo en las manos, y que en el fondo de la canoa llevaba a su marido 
moribundo, es una de esas cosas que no se tornan a hacer en la vida. Tuvo que 
afrontar en las tinieblas el rápido sur del Teyucuaré, que la lanzó diez veces a los 
remolinos del canal. Intentó otras 

diez veces sujetarse al peñón para doblarlo con la canoa a la rastra, y fracasó. 
Tornó al rápido, que logró por fin incidir con el ángulo debido, y ya en él se mantuvo 
sobre su lomo treinta y cinco minutos remando vertiginosamente para no derivar. 
Remó todo ese tiempo con los ojos escocidos por el sudor que la cegaba, y sin poder 
soltar un solo instante los remos. Durante esos treinta y cinco minutos tuvo a la vista, 
a tres metros, el peñón que no podía doblar, ganando apenas centímetros cada cinco 
minutos, y con la desesperante sensación de batir el aire con los remos, pues el agua 
huía velozmente. 

Con qué fuerzas, que estaban agotadas; con qué increíble tensión de sus últimos 
nervios vitales pudo sostener aquella lucha de pesadilla, ella menos que nadie podría 
decirlo. Y sobre todo si se piensa que por único estimulante, la lamentable mujercita 
no tuvo más que el acompasado alarido de su marido en popa. 

El resto del viaje -dos rápidos más en el fondo del golfo y uno final al costear el 
último cerro, pero sumamente largo- no requirió un esfuerzo superior a aquél. Pero 
cuando la canoa embicó por fin sobre la arcilla del puerto de Blosset, y la mujer 
pretendió bajar para asegurar la embarcación, se encontró de repente sin brazos, sin 
piernas y sin cabeza -nada sentía de sí misma, sino el cerro que se volcaba sobre ella-; 
y cayó desmayada. 

-¡Así fue, señor! Estuve dos meses en cama, y ya vio cómo me quedó la pierna. 
¡Pero el dolor, señor! Si no es por ésta, no hubiera podido contarle el cuento, señor - 
concluyó poniéndole la mano en el hombro a su mujer. 


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La mujercita dejó hacer, riendo. Ambos sonreían, por lo demás, tranquilos, 
limpios y establecidos por fin con un boliche lucrativo, que había sido su ideal. 

Y mientras quedábamos de nuevo mirando el río oscuro y tibio que pasaba 
creciendo, me pregunté qué cantidad de ideal hay en la entraña misma de la acción, 
cuando prescinde en un todo del móvil que la ha encendido, pues allí, tal cual, 
desconocido de ellos mismos, estaba el heroísmo a la espalda de los míseros 
comerciantes. 


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"...En resumen, yo creo que las palabras valen tanto, materialmente, como la 
propia cosa significada, y son capaces de crearla por simple razón de eufonía. Se 
precisará un estado especial; es posible. Pero algo que yo he visto me ha hecho pensar 
en el peligro de que dos cosas distintas tengan el mismo nombre." 

Como se ve, pocas veces es dado oír teorías tan maravillosas como la anterior. 
Lo curioso es que quien la exponía no era un viejo y sutil filósofo versado en la 
escolástica, sino un hombre espinado desde muchacho en los negocios, que trabajaba 
en Laboulaye acopiando granos. Con su promesa de contarnos la cosa, sorbimos 
rápidamente el café, nos sentamos de costado en la silla para oír largo rato, y fijamos 
los ojos en el de Córdoba. 

-Les contaré la historia -comenzó el hombre- porque es el mejor modo de darse 
cuenta. Como ustedes saben, hace mucho que estoy en Laboulaye. Mi socio corretea 
todo el año por las colonias y yo, bastante inútil para eso, atiendo más bien la barraca. 
Supondrán que durante ocho meses, por lo menos, mi quehacer no es mayor en el 
escritorio, y dos empleados - uno conmigo en los libros y otro en la venta- nos bastan 
y sobran. Dado nuestro radio de acción, ni el Mayor ni el Diario" son engorrosos. Nos 
ha quedado, sin embargo, una vigilancia enfermiza de los libros, como si aquella cosa 
lúgubre pudiera repetirse. ¡Los libros...! En fin, hace cuatro años de la aventura y 
nuestros dos empleados fueron los protagonistas. 

El vendedor era un muchacho correntino, bajo y de pelo cortado al rape, que 
usaba siempre botines amarillos. El otro, encargado de los libros, era un hombre 
hecho ya, muy flaco y de cara color paja. Creo que nunca lo vi reírse, mudo y 
contraído en su Mayor con estricta prolijidad de rayas y tinta colorada. Se llamaba 
Ligueroa; era de Catamarca. 

Ambos, comenzando por salir juntos, trabaron estrecha amistad, y como ninguno 
tenía familia en Laboulaye, habían alquilado un caserón con sombríos corredores de 
bóveda, obra de un escribano que murió loco allá. 

Los dos primeros años no tuvimos la menor queja de nuestros hombres. Poco 
después comenzaron, cada uno a su modo, a cambiar de modo de ser. 

El vendedor -se llamaba Tomás Aquino- llegó cierta mañana a la barraca con 
una verbosidad exuberante. Hablaba y reía sin cesar, buscando constantemente no sé 
qué en los bolsillos. Así estuvo dos días. Al tercero cayó con un fuerte ataque de 
gripe; pero volvió después de almorzar, inesperadamente curado. Esa misma tarde, 
Ligueroa tuvo que retirarse con desesperantes estornudos preliminares que lo habían 
invadido de golpe. Pero todo pasó en horas, a pesar de los síntomas dramáticos. Poco 
después se repitió lo mismo, y así, por un mes: la charla delirante de Aquino, los 
estornudos de Ligueroa, y cada dos días un fulminante y frustrado ataque de gripe. 

Esto era lo curioso. Les aconsejé que se hicieran examinar atentamente, pues no 
se podía seguir así. Por suerte todo pasó, regresando ambos a la antigua y tranquila 
normalidad, el vendedor entre las tablas, y Ligueroa con su pluma gótica. 


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Esto era en diciembre. El 14 de enero, al hojear de noche los libros, y con toda la 
sorpresa que imaginarán, vi que la última página del Mayor estaba cruzada en todos 
sentidos de rayas. Apenas llegó Figueroa a la mañana siguiente, le pregunté qué 
demonio eran esas rayas. Me miró sorprendido, miró su obra, y se disculpó 
murmurando. 

No fue sólo esto. Al otro día Aquino entregó el Diario, y en vez de las 
anotaciones de orden no había más que rayas: toda la página llena de rayas en todas 
direcciones. La cosa ya era fuerte; les hablé malhumorado, rogándoles muy 
seriamente que no se repitieran esas gracias. Me miraron atentos pestañeando 
rápidamente, pero se retiraron sin decir una palabra. Desde entonces comenzaron a 
enflaquecer visiblemente. Cambiaron el modo de peinarse, echándose el pelo atrás. Su 
amistad había recrudecido; trataban de estar todo el día juntos, pero no hablaban 
nunca entre ellos. Así varios días, hasta que una tarde hallé a Figueroa doblado sobre 
la mesa, rayando el libro de Caja. Ya había rayado todo el Mayor, hoja por hoja; todas 
las páginas llenas de rayas, rayas en el cartón, en el cuero, en el metal, todo con rayas. 

Lo despedimos en seguida; que continuara sus estupideces en otra parte. Llamé a 
Aquino y también lo despedí. Al recorrer la barraca no vi más que rayas en todas 
partes: tablas rayadas, planchuelas rayadas, barricas rayadas. Hasta una mancha de 
alquitrán en el suelo, rayada... 

No había duda; estaban completamente locos, una terrible obsesión de rayas que 
con esa precipitación productiva quién sabe a dónde los iba a llevar. 

Efectivamente, dos días después vino a verme el dueño de la Fonda Italiana 
donde aquéllos comían. Muy preocupado, me preguntó si no sabía qué se habían 
hecho Figueroa y Aquino; ya no iban a su casa. 

-Estarán en casa de ellos -le dije. 

-La puerta está cerrada y no responden -contestó mirándome. 

-¡Se habrán ido! -argüí sin embargo. 

-No -replicó en voz baja-. Anoche, durante la tormenta, se han oído gritos que 
salían de adentro. 

Esta vez me cosquilleó la espalda y nos miramos un momento. Salimos 
apresuradamente y llevamos la denuncia. En el trayecto al caserón la fila se engrosó, y 
al llegar a aquél, chapaleando en el agua, éramos . más de quince. Ya empezaba a 
oscurecer. Como nadie respondía, echamos la puerta abajo y entramos. Recorrimos la 
casa en vano; no había nadie. Pero el piso, las puertas, las paredes, los muebles, el 
techo mismo, todo estaba rayado, una irradiación delirante de rayas en todo sentido. 

Ya no era posible más; habían llegado a un terrible frenesí de rayar, rayar a toda 
costa, como si las más íntimas células de sus vidas estuvieran sacudidas por esa 
obsesión de rayar. Aun en el patio mojado las rayas se cruzaban vertiginosamente, 
apretándose de tal modo al fin, que parecía ya haber hecho explosión la locura. 

Terminaban en el albañal. Y doblándonos, vimos en el agua fangosa dos rayas 
negras que se revolvían pesadamente. 


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WJh LENGU 


Hospicio de las Mercedes... 


No sé cuándo acabará este infierno. Esto sí, es muy posible que consigan lo que 
desean. ¡Loco perseguido! ¡Tendría que ver...! Yo propongo esto: ¡A todo el que es 
lengualarga, que se pasa la vida mintiendo y calumniando, arránquesele la lengua, y se 
verá lo que pasa! 

¡Maldito sea el día que yo también caí! El individuo no tuvo la más elemental 
misericordia. Sabía como el que más que un dentista sujeto a impulsividades de 
sangre podrá tener todo, menos clientela. Y me atribuyó estos y aquellos arrebatos; 
que en el hospital había estado a punto de degollar a un dependiente de fiambrería; 
que una sola gota de sangre me enloquecía... ¡Arrancarle la lengua...! Quiero que 
alguien me diga qué había hecho yo a Felippone para que se ensañara de ese modo 
conmigo. ¿Por hacer un chiste...? Con esas cosas no se juega, bien lo sabía él. Y 
éramos amigos. ¡Su lengua...! Cualquier persona tiene derecho a vengarse cuando lo 
han herido. Supóngase ahora lo que me pasaría a mí, con mi carrera rota a su 
principio, condenado a pasarme todo el día por el estudio sin clientes, y con la pobreza 
que yo solo sé... 

Todo el mundo lo creyó. ¿Por qué no lo iban a creer? De modo que cuando me 
convencí claramente de que su lengua había quebrado para siempre mi porvenir, 
resolví una cosa muy sencilla: arrancársela. 

Nadie con más facilidades que yo para atraerlo a casa. Lo encontré una tarde y lo 
cogí riendo de la cintura, mientras lo felicitaba por su broma que me atribuía no sé qué 
impulsos... 

El hombre, un poco desconfiado al principio, se tranquilizó al ver mi falta de 
rencor de pobre diablo. Seguimos charlando una infinidad de cuadras, y de vez en 
cuando festejábamos alegremente la ocurrencia. 

-Pero de veras me detenía a ratos-. ¿Sabías que era yo el que había inventado la 

cosa? 

-¡Claro que lo sabía! -le respondía riéndome. 

Volvimos a vernos con frecuencia. Conseguí que fuera al consultorio, donde 
confiaba en conquistarlo del todo. En efecto, se sorprendió mucho de un trabajo de 
puente que me vio ejecutar. 

No me imaginaba -murmuró mirándome- que trabajaras tan bien... 

Quedó un rato pensativo y de pronto, como quien se acuerda de algo que aunque 
ya muy pasado causa siempre gracia, se echó a reír. 

-¿Y desde entonces viene poca gente, no? 

-Casi nadie -le contesté sonriendo como un simple. 

¡Y sonriendo así tuve la santa paciencia de esperar, esperar! Hasta que un día 
vino a verme apurado, porque le dolía vivamente una muela. 


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Horacio Quiroga 64 


¡Ah, ah! ¡Le dolía a él! ¡Y a mí, nada, nada! 

Examiné largamente el raigón doloroso, manejándole las mejillas con una 
suavidad de amigo que le encantó. Lo emborraché luego de ciencia odontológica, 
haciéndole ver en su raigón un peligro siempre de temer... 

Felippone se entregó en mis brazos, aplazando la extracción de la muela para el 
día siguiente. 

¡Su lengua!. .. Veinticuatro horas pueden pasar como un siglo de esperanzas para 
el hombre que aguarda al final un segundo de dicha. 

A las dos en punto llegó Felippone. Pero tenía miedo. Se sentó en el sillón sin 
apartar sus ojos de los míos. 

-¡Pero hombre! -le dije paternalmente, mientras disimulaba en la mano el bisturí- 
. ¡Se trata de un simple raigón! ¿Qué sería si...? ¡Es curioso que les impresione más el 
sillón del dentista que la mesa de operaciones! -concluí, bajándole el labio con el 
dedo. 

-¡Y es verdad! -asintió con la voz gutural. 

-¡Claro que lo es! -sonreí aún, introduciendo en su boca el bisturí para descarnar 
la encía. 

Felippone apretó los ojos, pues era un individuo flojo. 

-Abre más la boca -le dije. 

Felippone la abrió. Metí la mano izquierda, le sujeté rápidamente la lengua y se 
la corté de raíz. 

¡Plum! ¡Chismes y chismes y chismes, su lengua! Felippone mugió echando por 
la boca una ola de sangre y se desmayó. 

Bueno. En la mano yo tenía su lengua. Y el diablo, la horrible locura de hacer lo 
que no tiene utilidad alguna, estaban en mis dos ojos. Con aquella podredumbre de 
chismes en la mano izquierda, ¿qué necesidad tenía yo de mirar allá? 

Y miré, sin embargo. Le abrí la boca a Felippone, acerqué bien la cara, y miré en 
el fondo. ¡Y vi que asomaba por entre la sangre una lengüita roja! ¡Una lengüita que 
crecía rápidamente, que crecía y se hinchaba, como si yo no tuviera la otra en la 
mano! 

Cogí una pinza, la hundí en el fondo de la garganta y arranqué el maldito retoño. 
Miré de nuevo, y vi otra vez -¡maldición!- que subían dos nuevas lengüitas 
moviéndose... 

Metí la pinza y arranqué eso, con ellas una amígdala... 

La sangre me impedía ver el resultado. Corrí a la camilla, ajusté un tubo, y eché 
en el fondo de la garganta un chorro violento. Volví a mirar: cuatro lengüitas crecían 
ya... 

¡Desesperación! Inundé otra vez la garganta, hundí los ojos en la boca abierta, y 
vi una infinidad de lengüitas que retoñaban vertiginosamente... Desde ese momento 
fue una locura de velocidad, una carrera furibunda, arrancando, echando el chorro, 
arrancando de nuevo, tornando a echar agua, sin poder dominar aquella monstruosa 
reproducción. Al fin lancé un grito y disparé. De la boca le salía un pulpo de lenguas 
que tanteaban a todos. ¡Las lenguas! Ya comenzaban a pronunciar mi nombre... 


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Horacio Quiroga 65 



-Sí -dijo el abogado Rhode. Yo tuve esa causa. Es un caso, bastante raro por 
aquí, de vampirismo. Rogelio Castelar, un hombre hasta entonces normal fuera de 
algunas fantasías, fue sorprendido una noche en el cementerio arrastrando el cadáver 
recién enterrado de una mujer. El individuo tenía las manos destrozadas porque había 
removido un metro cúbico de tierra con las uñas. En el borde de la fosa yacían los 
restos del ataúd, recién quemado. Y como complemento macabro, un gato, sin duda 
forastero, yacía por allí con los riñones rotos. Como ven, nada faltaba al cuadro. 

En la primera entrevista con el hombre vi que tenía que habérmelas con un 
fúnebre loco. Al principio se obstinó en no responderme, aunque sin dejar un instante 
de asentir con la cabeza a mis razonamientos. Por fin pareció hallar en mí al hombre 
digno de oírle. La boca le temblaba por la ansiedad de comunicarse. 

¡Ah! ¡Usted me entiende! -exclamó, fijando en mí sus ojos de fiebre. Y continuó 
con un vértigo de que apenas puede dar idea lo que recuerdo-: ¡A usted le diré todo! 
¡Sí! ¿Que cómo fue eso del ga... de la gata? ¡Yo! ¡Solamente yo! Óigame: cuando yo 
llegué... allá, mi mujer... 

¿Dónde allá? -le interrumpí. 

Allá... ¿La gata o no? ¿Entonces?... Cuando yo llegué mi mujer corrió como una 
loca a abrazarme. Y en senguida se desmayó. Todos se precipitaron entonces sobre 
mí, mirándome con ojos de locos. 

¡Mi casa! ¡Se había quemado, derrumbado, hundido con todo lo que tenía 
dentro! ¡Esa, ésa era mi casa! ¡Pero ella no, mi mujer mía! 

Entonces un miserable devorado por la locura me sacudió el hombro, 
gritándome: 

-¿Qué hace? ¡Conteste! Y yo le contesté: 

-¡Es mi mujer! ¡Mi mujer mía que se ha salvado! Entonces se levantó un clamor: 

-¡No es ella! ¡Esa no es! 

Sentí que mis ojos, al bajarse a mirar lo que yo tenía entre mis brazos, querían 
saltarse de las órbitas. ¿No era ésa María, la María de mí, y desmayada? Un golpe de 
sangre me encendió los ojos y de mis brazos cayó una mujer que no era María. 
Entonces salté sobre una barrica y dominé a todos los trabajadores. Y grité con la voz 
ronca: 

-¡Por qué! ¡Por qué! 

Ni uno solo estaba peinado porque el viento les echaba a todos el pelo de 
costado. Y los ojos de fuera mirándome. 

Entonces comencé a oír de todas partes: 

-Murió. 

-Murió aplastada. 

-Murió. 

-Gritó. 

-Gritó una sola vez. 


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Horacio Quiroga 66 


-Yo sentí que gritaba. 

-Yo también. 

-Murió. 

-La mujer de él murió aplastada. 

¡Por todos los santos! -grité yo entonces retorciéndome las manos-. ¡Salvémosla, 
compañeros! ¡Es un deber nuestro salvarla! 

Y corrimos todos. Todos corrimos con silenciosa furia a los escombros. Los 
ladrillos volaban, los marcos caían desescuadrados y la remoción avanzaba a saltos. 

A las cuatro yo solo trabajaba. No me quedaba una uña sana, ni en mis dedos 
había otra cosa que escarbar. ¡Pero en mi pecho! ¡Angustia y furor de tremebunda 
desgracia que temblaste en mi pecho al buscar a mi María! 

No quedaba sino el piano por remover. Había allí un silencio de epidemia, una 
enagua caída y ratas muertas. Bajo el piano tumbado, sobre el piso granate de sangre y 
carbón, estaba aplastada la sirvienta. 

Yo la saqué al patio, donde no quedaban sino cuatro paredes silenciosas, 
viscosas de alquitrán y agua. El suelo resbaladizo reflejaba el cielo oscuro. Entonces 
cogí a la sirvienta y comencé a arrastrarla alrededor del patio. Eran míos esos pasos. 
¡Y qué pasos! ¡Un paso, otro paso, otro paso! 

En el hueco de una puerta -carbón y agujero, nada más- estaba acurrucada la gata 
de casa, que había escapado al desastre, aunque estropeada. La cuarta vez que la 
sirvienta y yo pasamos frente a ella, la gata lanzó un aullido de cólera. 

¡Ah! ¿No era yo, entonces?, grité desesperado. ¿No fui yo el que buscó entre los 
escombros, la ruina y la mortaja de los marcos, un solo pedazo de mi María? 

La sexta vez que pasamos delante de la gata, el animal se erizó. La séptima vez 
se levantó, llevando a la rastra las patas de atrás. Y nos siguió entonces así, 
esforzándose por mojar la lengua en el pelo engrasado de la sirvienta -¡de ella, de 
María, no maldito rebuscador de cadáveres! 

-¡Rebuscador de cadáveres! -repetí yo mirándolo- ¡Pero entonces eso fue en el 
cementerio! 

El vampiro se aplastó entonces el pelo mientras me miraba con sus inmensos 
ojos de loco. 

¡Conque sabías entonces! -articuló- ¡Conque todos lo saben y me dejan hablar 
una hora! ¡Ah! -rugió en un sollozo echando la cabeza atrás y deslizándose por la 
pared hasta caer sentado-: ¡Pero quién me dice al miserable yo, aquí, por qué en mi 
casa me arranqué las uñas para no salvar del alquitrán ni el pelo colgante de mi María! 

No necesitaba más, como ustedes comprenden -concluyó el abogado-, para 
orientarme totalmente respecto del individuo. Fue internado en seguida. Hace ya dos 
años de esto, y anoche ha salido, perfectamente curado... 

-¿Anoche? -exclamó un hombre joven de riguroso luto- ¿Y de noche se da de 
alta a los locos? 

¿Por qué no? El individuo está curado, tan sano como usted y como yo. Por lo 
demás, si reincide, lo que es de regla en estos vampiros, a estas horas debe de estar ya 
en funciones. Pero éstos no son asuntos míos. Buenas noches, señores. 


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Horacio Quiroga 67 



-¿Qué tiene esa pared? 

Levanté también la vista y miré. No había nada. La pared estaba lisa, fría y 
totalmente blanca. Sólo arriba, cerca del techo, estaba oscurecida por falta de luz. 

Otro a su vez alzó los ojos y los mantuvo un momento inmóviles y bien abiertos, 
como cuando se desea decir algo que no se acierta a expresar. 

-¿P... pared? -formuló al rato. 

Esto sí; torpeza y sonambulismo de las ideas, cuánto es posible. -No es nada - 
contesté-. Es la mancha hiptálmica. ¿Mancha? 

-...hiptálmica. La mancha hiptálmica. Este es mi dormitorio. Mi mujer dormía de 
aquel lado... ¡Qué dolor de cabeza...! Bueno. Estábamos casados desde hacía siete 
meses y anteayer murió. ¿No es esto...? Es la mancha hiptálmica. Una noche mi mujer 
se despertó sobresaltada. 

-¿Qué dices? -le pregunté inquieto. 

-¡Qué sueño más raro! -me respondió, angustiada aún. 

-¿Qué era? 

-No sé, tampoco... Sé que era un drama; un asunto de drama... Una cosa oscura y 
honda... ¡Qué lástima! 

¡Trata de acordarte, por Dios! -la insté, vivamente interesado. Ustedes me 
conocen como hombre de teatro... 

Mi mujer hizo un esfuerzo. 

No puedo... No me acuerdo más que del título: La mancha tele... hita... 
¡hiptálmica! Y la cara atada con un pañuelo blanco. 

-¿Qué... ? 

-Un pañuelo blanco en la cara... La mancha hiptálmica. 

-¡Raro! -murmuré, sin detenerme un segundo más a pensar en aquello. 

Pero días después mi mujer salió una mañana del dormitorio con la cara atada. 
Apenas la vi, recordé bruscamente y vi en sus ojos que ella también se había 
acordado. Ambos soltamos la carcajada. 

-¡Sí..., sí! -se reía- En cuanto me puse el pañuelo, me acordé... 

-¿Un diente? 

-No sé; creo que sí... 

Durante el día bromeamos aún con aquello, y de noche, mientras mi mujer se 
desnudaba, le grité de pronto desde el comedor: 

-A que no... 

-¡Sí! ¡La mancha hiptálmica! -me contestó riendo. Me eché a reír a mi vez, y 
durante quince días vivimos en plena locura de amor. Después de este lapso de 
aturdimiento sobrevino un período de amorosa inquietud, el sordo y mutuo acecho de 
un disgusto que no llegaba y que se ahogó por fin en explosiones de radiante y furioso 
amor. Una tarde, tres o cuatro horas después de almorzar, mi mujer, no en- 


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Horacio Quiroga 68 


contrándome, entró en su cuarto y quedó sorprendida al ver los postigos cerrados. Me 
vio en la cama, extendido como un muerto. 

¡Federico! -gritó corriendo a mí. 

No contesté una palabra, ni me moví. ¡Y era ella, mi mujer! ¿Entienden ustedes? 

-¡Déjame! -me desasí con rabia, volviéndome a la pared. 

Durante un rato no oí nada. Después, sí: los sollozos de mi mujer, el pañuelo 
hundido hasta la mitad en la boca. 

Esa noche cenamos en silencio. No nos dijimos una palabra, hasta que a las diez 
mi mujer me sorprendió en cuclillas delante del ropero, doblando con extremo 
cuidado, y pliegue por pliegue, un pañuelo blanco. 

¡Pero desgraciado! -exclamó desesperada, alzándome la cabeza-. ¡Qué haces! 

¡Era ella, mi mujer! Le devolví el abrazo, en plena e íntima boca. 

-¿Qué hacía? -le respondí-. Buscaba una explicación justa a lo que nos está 
pasando. 

-Federico... amor mío... -murmuró. Y la ola de locura nos envolvió de nuevo. 

Desde el comedor oí que ella -aquí mismo- se desvestía. Y aullé con amor: 

-¿A que no?... 

-¡Hiptálmica, hiptálmica! -respondió riendo y desnudándose a toda prisa. 

Cuando entré, me sorprendió el silencio considerable de este dormitorio. Me 
acerqué sin hacer ruido y miré. Mi mujer estaba acostada, el rostro completamente 
hinchado y blanco. Tenía atada la cara con un pañuelo. 

Corrí suavemente la colcha sobre la sábana, me acosté en el borde de la cama, y 
crucé las manos bajo la nuca. 

No había aquí ni un crujido de ropa ni una trepidación lejana. Nada. La llama de 
la vela ascendía como aspirada por el inmenso silencio. Pasaron horas y horas. Las 
paredes, blancas y frías, se oscurecían progresivamente hacia el techo... ¿Qué es eso? 
No sé... 

Y alcé de nuevo los ojos. Los otros hicieron lo mismo y los mantuvieron en la 
pared por dos o tres siglos. Al fin los sentí pesadamente fijos en mí. 

-¿Usted nunca ha estado en el manicomio? -me dijo uno. 

-No que yo sepa... -respondí.. 

-¿Y en presidio? 

-Tampoco, hasta ahora... 

-Pues tenga cuidado, porque va a concluir en uno u otro. 

-Es posible... perfectamente posible... -repuse procurando dominar mi confusión 
de ideas. 

Salieron. 

Estoy seguro de que han ido a denunciarme, y acabo de tenderme en el diván: 
como el dolor de cabeza continúa, me he atado la cara con un pañuelo blanco. 


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Horacio Quiroga 69 





Ser médico y cocinero a un tiempo es, a más de difícil, peligroso. El peligro 
vuélvese realmente grave si el cliente lo es del médico y de su cocina. Esta verdad 
pudo ser comprobada por mí, cierta vez que en el Chaco fui agricultor, médico y 
cocinero. 

Las cosas comenzaron por la medicina, a los cuatro días de llegar allá. Mi campo 
quedaba en pleno desierto, a ocho leguas de toda población, si se exceptúan un obraje 
y una estanzuela, vecinos a media legua. Mientras íbamos todas las mañanas mi 
compañero y yo a construir nuestro rancho, vivíamos en el obraje. Una noche de gran 
frío fuimos despertados mientras dormíamos, por un indio del obraje, a quien 
acababan de apalear un brazo. El muchacho gimoteaba muy dolorido. Vi en seguida 
que no era nada, y sí grande su deseo de farmacia. Como no me divertía levantarme, le 
froté el brazo con bicarbonato de soda que tenía al lado de la cama. 

-¿Qué le estás haciendo? -me preguntó mi compañero, sin sacar la nariz de sus 
plaids . 

-Bicarbonato le respondí-. Ahora -me dirigí al indio- no te va a doler más. Pero 
para que haga buen efecto este remedio, es bueno que te pongas trapos mojados 
encima. 

Claro está, al día siguiente no tenía nada; pero sin la maniobra del polvo blanco 
encerrado en el frasco azul, jamás el indiecito se hubiera decidido a curarse con sólo 
trapos fríos. 

El segundo eslabón lo estableció el capataz de la estanzuela con quien yo estaba 
en relación. Vino un día a verme por cierta infección que tenía en una mano, y que 
persistía desde un mes atrás. Yo tenía un bisturí, y el hombre resistía heroicamente el 
dolor. Esta doble circunstancia autorizó el destrozo que hice en su carne, sin contar el 
bicloruro hirviendo, y ocho días después mi hombre estaba curado. Las infecciones, 
por allá, suelen ser de muy fastidiosa duración; mas mi valor y el del otro -bien que de 
distinto carácter- venciéronlo todo. 

Esto pasaba ya en nuestro algodonal, y tres meses después de haber sido 
plantado. Mi amistad con el dueño de la estanzuela, que vivía en su almacén en 
Resistencia, y la bondad del capataz y su mujer, llevábanme a menudo a la estancia. 
La vieja mujer, sobre todo, tenía cierta respetuosa ternura por mi ciencia y mi 
democracia. De aquí que quisiera casarme. A legua y media de casa, en pleno estero 
Arazá, tenía cien vacas y un rebaño de ovejas el padre de mi futura. 

-¡Pobrecita! -me decía Rosa, la mujer del capataz-.Está enferma hace tiempo. 
¡Flaca, pobrecita! Andá a curarla, don Fernández, y te casás con ella. 

Como los esteros rebosaban agua, no me decidía a ir hasta ella. 

-¿Y es linda? -se me ocurrió un día. 

-¡Pero no ha de... v don Fernández! Le voy a mandar a decir al padre, y la vas a 
curar y te vas a casar con ella. 

Desgraciadamente la misma democracia que encantaba a la mujer del capataz 
estuvo a punto de echar abajo mi reputación científica. 


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Una tarde había ido yo a buscar mi caballo sin riendas como lo hacía siempre, y 
volvía con él a escape, cuando hallé en casa a un hombre que me esperaba. Mi ropa, 
además, dejaba siempre mucho que desear en punto a corrección. La camisa de lienzo 
sin un botón, los brazos arremangados, y sin sombrero ni peinado de ninguna especie. 

En el patio, un paisano de pelo blanco, muy gordo y fresco, vestido 
evidentemente con lo mejor que tenía, me miraba con fuerte sorpresa. 

-Perdone, don -se dirigió a mí-, ¿Es ésta la casa de don Fernández? 

-Sí, señor le respondí. 

Agregó entonces con visible dubitación de persona que no quiere 
comprometerse. 

¿Y no está él...? 

-Soy yo. 

El hombre no concluía de disculparse, hasta que se fue con mi receta y la 
promesa de que iría a ver a su hija. 

Fui y la vi. Tosía un poco, estaba flaquísima, aunque tenía la cara llena, lo que 
no hacía sino acentuar la delgadez de las piernas. Tenía sobre todo el estómago 
perdido. Tenía también hermosos ojos, pero al mismo tiempo unas abominables 
zapatillas nuevas de elástico. Se había vestido de fiesta, y como lujo de calzado no 
habitual, las zapatillas aquellas. 

La chica -se llamaba Eduarda- digería muy mal, y por todo alimento comía 
tasajo desde que habían empezado las lluvias. Con el más elemental régimen, la 
muchacha comenzó a recobrar vida. 

-Es tu amor, don Fernández. Te quiere mucho a usted" -me explicaba Rosa. 

Fui en esa primavera dos o tres veces más al Arazá, y lo cierto es que yo podía 
acaso no ser mal partido para la agradecida familia. 

En estas circunstancias, el capataz cumplió años y su mujer me mandó llamar el 
día anterior, a fin de que yo hiciera un postre para el baile. A fuerza de paciencia y de 
horribles quematinas de leche, yo había conseguido llegar a fabricarme budines, 
cremas y hasta huevos quimbos. Como el capataz tenía debilidad visible por la crema 
de chocolate que había probado en casa, detúveme en ella, ordenando a Rosa que 
dispusiera para el día siguiente diez litros de leche, sesenta huevos y tres kilos de 
chocolate. Hubo que enviar por el chocolate a Resistencia, pero volvió a tiempo, 
mientras mi compañero y yo nos rompíamos la muñeca batiendo huevos. 

Ahora bien, no sé aún qué pasó, pero lo cierto es que en plena función de crema, 
la crema se cortó. Y se cortó de modo tal, que aquello convirtióse en esponja de 
caucho, una madeja de oscuras hilachas elásticas, algo como estopa empapada en 
aceite de linaza. 

Nos miramos mi compañero y yo: la crema esa parecíase endiabladamente a una 
muerte súbita. ¿Tirarla y privar a la fiesta de su principal atractivo...? No era posible. 
Luego, a más de que ella era nuestra obra personal, siempre muy querida, apagó 
nuestros escrúpulos el conocimiento que del paladar y estómago de los comensales 
teníamos. De modo que resolvimos prolongar la cocción del maleficio, con objeto de 
darle buena consistencia. Hecho lo cual apelmazamos la crema en una olla, y 
descansamos. 

No volvimos a casa; comimos allá. Vinieron la noche y los mosquitos, y 
asistimos al baile en el patio. Mi enferma, otra vez con sus zapatillas, había llegado 

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con su familia en una carreta. Hacía un calor sofocante, lo que no obstaba para que los 
peones bailaran con el poncho al hombro, el 13 de enero. 

Nuestro postre debía ser comido a las once. Un rato antes mi compañero y yo 
nos habíamos insinuado hipócritamente en el comedor, buscando moscas por las 
paredes. 

-Van a morir todos -me decía él en voz baja. Yo, sin creerlo, estaba bastante 
preocupado por la aceptación que pudiera tener mi postre. El primero a quien le cupo 
familiarizarse con él fue el capataz de los carreros del obraje, un hombrón silencioso, 
muy cargado de hombros y con enormes pies descalzos. Acercóse sonriendo a la 
mesita, mucho más cortado que mi crema. Se sirvió -a fuerza de cuchillo, claro es- 
una delicadísima porción. Pero mi compañero intervino presuroso. 

-¡No, no, Juan! Sírvase más. -Y le llenó el plato. 

El hombre probó con gran comedimiento, mientras nosotros no apartábamos los 
ojos de su boca. 

-¿Eh, qué tal? -le preguntamos-. Rico, ¿eh? 

-¡Macanudo, che patrón! 

¡Sí! Por malo que fuera aquello, tenía gusto a chocolate. Cuando el hombrón 
hubo concluido llegó otro, y luego otro más. Tocóle por fin el turno a mi futuro 
suegro. Entró alegre, balanceándose. 

-¡Hum...! ¡Parece que tenemos un postre, don Fernández! ¡De todo sabe! 
¡Hum...! Crema de chocolate... Yo he comido una vez. 

Mi compañero y yo tornamos a mirarnos. ¡Estamos frescos! -murmuré. 

¡Completamente lúcidos! ¿Qué podía parecerle la madeja negra a un hombre que 
había probado ya crema de chocolate? Sin embargo, con las manos muy puestas en los 
bolsillos, esperamos. Mi suegro probó lentamente. -¿Qué tal la crema? 

Se sonrió y alzó la cabeza, dejando cuchillo y tenedor. 

¡Rico, le digo! ¡Qué don Fernández! -continuó comiendo-. ¡Sabe de todo! 

Se supondrá el peso de que nos libró su respuesta. Pero cuando hubieron comido 
el padre, la madre, la hermana, y le llegó el turno a mi futura, no supe qué hacer. 

-¿Eduarda puede comer, eh, don Fernández? -me había preguntado mi suegro. 

Yo creía sinceramente que no. Para un estómago sano, aquello estaba bien, aun a 
razón de un plato sopero por boca. Pero para una dispéptica con digestiones 
laboriosísimas, mi esponja era un sencillo veneno. 

Y me enternecí con la esponja, sin embargo. La muchacha ojeaba la olla con 
mucho más amor que a mí, y yo pensaba que acaso jamás en la vida seríale dado 
volver a probar cosa tan asombrosa, hecha por un chacarero médico y pretendiente 
suyo. 

Sí, puede comer. Le va a gustar mucho -respondí serenamente. Tal fue mi 
presentación pública de cocinero. Ninguno murió pero dos semanas después supe por 
Rosa que mi prometida había estado enferma los días subsiguientes al baile. 

-Sí -le dije, verdaderamente arrepentido-. Yo tengo la culpa. No debió haber 
comido la crema aquella. 

¡Qué crema! ¡Si le gustó, te digo! Es que usted no bailaste con ella; por eso se 
enfermó. 

No bailé con ninguna. 

¡Pero si es lo que te digo! ¡Y no has ido más a verla, tampoco! 


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Fui allá por fin. Pero entonces la muchacha tenía realmente novio, un ° 
españolito con gran cinto y pañuelo criollos, con quien me había encontrado ya alguna 
vez en casa de ella. 


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Horacio Quiroga 73 



Hasta el día fatal en que intervino el naturalista, la quinta de monsieur Robin era 
un prodigio de corrección. Había allí plantaciones de yerba mate que, si bien de edad 
temprana aún, admiraban al discreto visitante con la promesa de magníficas rentas. 
Luego, viveros de cafetos -costoso ensayo en la región-, de chirimoyas y heveas . 

Pero lo admirable de la quinta era su bananal. Monsieur Robin, con arreglo al 
sistema de cultivo practicado en Cuba, no permitía más de tres vástagos a cada banano 
pues sabido es que esta planta, abandonada a sí misma se torna en un macizo de diez, 
quince y más pies. De ahí empobrecimiento de la tierra, exceso de sombra, y lógica 
degeneración del fruto. Mas los nativos del país jamás han aclarado sus macizos de 
bananos, considerando que si la planta tiende a rodearse de hijos, hay para ello causas 
muy superiores a las de su agronomía. Monsieur Robín entendía lo mismo y aun más 
sumisamente, puesto que apenas la planta original echaba de su pie dos vástagos, 
aprontaba pozos para los nuevos bananitos a venir que, tronchados del pie madre, 
crearían a su vez nueva familia. 

De este modo, mientras el bananal de los indígenas, a semejanza de las madres 
muy fecundas cuya descendencia es al final raquítica, producía mezquinas vainas sin 
jugo, las cortas y bien nutridas familias de monsieur Robín se doblaban al peso de 
magníficos cachos. 

Pero tal glorioso estado de cosas no se obtiene sino a expensas de mucho sudor y 
de muchas limas gastadas en afilar palas y azadas. 

Monsieur Robín, habiendo llegado a inculcar a cinco peones del país la 
necesidad de todo esto, creyó haber hecho obra de bien, aparte de los tres o cuatro mil 
cachos que desde noviembre a mayo bajaban a Posadas. 

Así, el destino de monsieur Robín, de sus bananos y sus cinco peones parecía 
asegurado, cuando llegó a Misiones el sabio naturalista Fritz Franke, entomólogo 
distinguidísimo, y adjunto al Museo de Historia Natural de París. Era un muchacho 
rubio, muy alto, muy flaco, con lentes de miope allá arriba, y enormes botines en los 
pies. Llevaba pantalón corto, lo acompañaban su esposa y una setter con collar de 
plata. 

Venía el joven sabio efusivamente recomendado a Monsieur Robín, y éste puso a 
su completa disposición la quinta del Yabebirí, con lo cual Fritz Franke pudo 
fácilmente completar en cuatro o cinco meses sus colecciones sudamericanas. Por lo 
demás, el capataz recibió de monsieur Robín especial recomendación de ayudar al 
distinguido huésped en cuanto fuere posible. Fue así como lo tuvimos entre nosotros. 
En un principio, los peones habían hallado ridículo sobre toda ponderación a aquel 
bebé de interminables pantorrillas que se pasaba las horas en cuclillas revolviendo 
yuyos. Alguna vez se detuvieron con la azada en la mano a contemplar aquella zon- 
císima manera de perder el tiempo. Veían al naturalista coger un bicharraco, darle 
vueltas en todo sentido, para hundirlo, después de maduro examen, en el estuche de 
metal. Cuando el sabio se iba, los peones se acercaban, cogían un insecto semejante, y 
después de observarlo detenidamente a su vez, se miraban estupefactos. 


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Horacio Quiroga 74 


Así, a los pocos días, uno de ellos se atrevió a ofrecer al naturalista un 
cascarudito que había hallado. El peón llevaba muchísima más sorna que cascarudito; 
pero el coleóptero resultó ser de una especie nueva, y herr Franke, contento, gratificó 
al peón con cinco cartuchos 16. El peón se retiró, para volver al rato con sus 
compañeros. 

-Entonces, che patrón..., ¿te gustan los bichitos? interrogó. ¡Oh, sí! Tráiganme 
todos... Después, regalo. 

-No, patrón; te lo vamos a hacer de balde. Don Robín nos dijo que te 
ayudáramos. 

Este fue el principio de la catástrofe. Durante dos meses enteros, sin perder diez 
segundos en quitar el barro a una azada, los cinco peones se dedicaron a cazar 
bichitos. Mariposas, hormigas, larvas, escarabajos estercoleros, cantáridas de frutales, 
guitarreros 11 de palos podridos, cuanto insecto vieron sus ojos, fue llevado al 
naturalista. Fue aquello un ir y venir constante de la quinta al rancho. Franke, loco de 
gozo ante el ardor de aquellos entusiastas neófitos, prometía escopetas de uno, dos y 
tres tiros. 

Pero los peones no necesitaban estímulo. No quedaba en la quinta tronco sin 
remover ni piedra que no dejara al descubierto el húmedo hueco de su encaje. Aquello 
era, evidentemente, más divertido que carpir. Las cajas del naturalista prosperaron así 
de un modo asombroso, tanto que a fines de enero dio el sabio por concluida su 
colección y regresó a Posadas. 

-¿Y los peones?-le preguntó Monsieur Robín-, ¿No tuvo quejas de ellos? 

-¡Oh, no! Muy buenos todos... Usted tiene muy buenos peones. Monsieur Robín 
creyó entonces deber ir hasta el Yabebirí a constatar aquella bondad. Halló a los 
peones como enloquecidos, en pleno furor de cazar bichitos. Pero lo que era antes 
glorioso vivero de cafetos y chirimoyas, desaparecía ahora entre el monstruoso yuyo 
de un verano entero. Las plan titas, ahogadas por el vaho quemante de una sombra 
demasiado baja, habían perdido o la vida o todo un año de avance. El bananal estaba 
convertido en un plantío salvaje, sucio de pajas, lianas y rebrotes de monte, dentro del 
cual los bananos asfixiados se agotaban en hijuelos raquíticos. Los cachos, sin fuerza 
para una plena fructificación, pendían con miserables bananitas, negruzcas. Esto era lo 
que quedaba a monsieur Robín de su quinta, casi experimental tres meses antes. 
Fastidiado hasta el infinito de la ciencia de su ilustre huésped que había enloquecido 
al personal, despidió a todos los peones. Pero la mala semilla estaba ya sembrada. A 
uno de nosotros tocóle en suerte, tiempo después, tomar dos peones que habían sido 
de la quinta de monsieur Robín. Encargóseles el arreglo urgente de un alambrado, par- 
tiendo los mozos con taladros, mechas, llave inglesa y demás. Pero a la media hora 
estaba uno de vuelta, poseedor de un cascarudito que había hallado. Se le agradeció el 
obsequio, y retornó a su alambre. Al cuarto de hora volvía el otro peón con otro 
cascarudito. 

A pesar de la orden terminante de no prestar más atención a los insectos, por 
maravillosos que fueran, regresaron los dos media hora antes de lo debido, a mostrar a 
su patrón un bichito que jamás habían visto en Santa Ana. 

Por espacio de muchos meses la aventura se repitió en diversas granjas. Los 
peones aquellos, poseídos de verdadero frenesí entomológico, contagiaron a algún 


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Horacio Quiroga 75 


otro; y, aún hoy un patrón que se estime debe acordarse siempre al tomar un nuevo 
peón: 

-Sobre todo, les prohíbo terminantemente que miren ningún bichito. Pero lo más 
horrible de todo es que los peones habían visto ellos mismos más de una vez comer 
alacranes al naturalista. Los sacaba de un tarro y los comía por las patitas... 


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Horacio Quiroga 76 



Jamás en el confín aquel se había tenido idea de un teodolito. Por esto cuando se 
vio a Howard asentar el sospechoso aparato en el suelo, mirar por los tubitos y correr 
tornillos, la gente tuvo por él, sus cintas métricas, niveles y banderitas, un respeto casi 
diabólico. 

Howard había ido al fondo de Misiones, sobre la frontera del Brasil, a medir 
cierta propiedad que su dueño quería vender con urgencia. El terreno no era grande, 
pero el trabajo era rudo por tratarse de bosque inextricable y quebradas a prueba de 
nivel. Howard desempeñóse del mejor de los modos posibles, y se hallaba en plena 
tarea cuando le acaeció su singular aventura. 

El agrimensor habíase instalado en un claro del bosque, y sus trabajos marcharon 
a maravilla durante el resto del invierno que pudo aprovechar, pero llegó el verano, y 
con tan húmedo y sofocante principio que el 

bosque entero zumbó de mosquitos y barigüís, a tal punto que a Howard le faltó 
valor para afrontarlos. No siendo por lo demás urgente su trabajo, dispúsose a 
descansar quince días. 

El rancho de Howard ocupaba la cúspide de una loma que descendía al oeste 
hasta la vera del bosque. Cuando el sol caía, la loma se doraba y el ambiente cobraba 
tal transparente frescura que un atardecer, en los treinta y ocho años de Howard 
revivieron agudas sus grandes glorias de la infancia. ¡Una pandorga! ¡Una cometa! 
¿Qué cosa más bella que remontar a esa hora el cabeceador barrilete, la bomba 
ondulante o el inmóvil lucero? A esa hora, cuando el sol desaparece y el viento cae 
con él, la pandorga se aquieta. La cola pende entonces inmóvil y el hilo forma una 
honda curva. Y allá arriba, muy alto, fija en vaguísima tremulación, la pandorga en 
equilibrio constela triunfalmente el cielo de nuestra industriosa infancia. 

Ahora recordaba con sorprendente viveza toda la técnica infantil que jamás 
desde entonces tornara a subir a su memoria. Y cuando en compañía 

de su ayudante cortó las tacuaras, tuvo buen cuidado de afinarlas suficientemente 
en los extremos, y muy poco en el medio: "Una pandorga que se quiebra por el centro, 
deshonra para siempre a su ingeniero", meditaba el recelo infantil de Howard. 

Y fue hecha. Dispusieron primero los dos cuadros que yuxtapuestos en cruz 
forman la estrella. Un pliego de seda roja que Howard tenía en su archivo revistió el 
armazón, y como cola, a falta del clásico orillo de casimir, el agrimensor transformó la 
pierna de un pantalón suyo en científica cola de pandorga. Y por último los 
roncadores. 

Al día siguiente la ensayaron. Era un sencillo prodigio de estabilidad, tiro y 
ascensión. El sol traspasaba la seda punzó en escarlata vivo, y al remontarla Howard, 
la vibrante estrella ascendía tirante aureolada de trémulo ronquido. 

Fue al otro día, y en pleno remonte de la cometa, cuando oyeron el redoble del 
tambor. En verdad, más que redoble, aquello era un acompañamiento de comparsa: 
tan-tan-tan... ratatán... tan-tan... 

-¿Qué es eso? 


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Horacio Quiroga 77 


-No sé -repuso el ayudante mirando a todos lados-. Me parece que se acerca... 

-Sí, allá veo una comparsa -afirmó Howard. 

En efecto, por el sendero que ascendía a la loma, una comitiva con estandarte al 
frente avanzaba. 

-Viene aquí... ¿Qué puede ser eso? -se preguntó Howard, que vivía aislado del 
mundo. 

Un momento después lo supo. Aquello llegó hasta su rancho, y el agrimensor 
pudo examinarlo detenidamente. 

Primero que todo, el hombre del tambor, un indio descalzo y con un pañuelo en 
bandolera; luego una negra gordísima con un mulatillo erizado en brazos, que venía 
levantando un estandarte. Era un verdadero estandarte de satiné punzó y empenachado 
de cintas flotantes. En la cúspide, un rosetón de papel calado. Luego seguían en fila: 
una vieja con un terrible cigarro; un hombre con el saco al hombro; una muchachita; 
otro hombre en calzoncillos y tirador de arpillera; otra mujer con un chico de pecho; 
otro hombre; otra mujer con cigarro, y un negro canoso. 

Esta era la comitiva. Pero su significado resultó más grave, según fue enterado 
Howard. Aquello era El Divino, como podía verse por la palomita de cera forrada de 
trapo, atada en el extremo del estandarte. El Divino recorría la comarca en ciertas 
épocas curando los males. Si se daba dinero en recompensa, tanto mayor eficacia. 

-;Y el tambor? -preguntó Howard. -Es su música -le respondieron. Aunque 
Howard y su ayudante gozaban de excelente salud, aceptaron 

de buen grado la intervención paliativa del Espíritu Santo. De este modo, fue 
menester que Howard sostuviera de pie al Divino, mientras el tambor comenzaba su 
piruetesco acompañamiento, y la comitiva cantaba: 


Aquí está el Divino 
que te viene a visitar. 
Dios te dé la salud 
que te van a cantar. 

El Divino que está ahí 
te va a curar 
y el señor reciba 
mucha felicidad. 

Santo alabado sea 
el señor y la señora. 

Que el Divino les dé felicidad. 


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Horacio Quiroga 78 


Y así por el estilo. Claro es que, aunque Howard estaba exento de toda señora, la 
canción no variaba. 

Pero a pesar de la unción medicinal de que estaban poseídos los acólitos, 
Howard vio muy claramente que éstos no pensaban sino en la pandorga que sostenía 
el ayudante. La devoraban con los ojos, de modo que sus loas al igual de sus bocas 
abiertas estaban rectamente dirigidas a la estrella. 

Jamás habían visto eso; cosa no extraña en aquellas tenebrosidades, pues mucho 
más al sur se desconoce también esa industria. Al final fue menester que Howard 
recogiera la estrella y que la remontara de nuevo. La comparsa no cabía en sí de gozo 
y lírico asombro. Se fueron por fin con un par de pesos que la portaestandarte ató al 
cuello del pájaro. 

Con lo cual las cosas hubieran proseguido su marcha de costumbre, si al caer del 
segundo día, y mientras Howard remontaba su estrella, no hubiera llegado de nuevo la 
procesión. 

Howard se asustó, pues casualmente ese día estaba un poco indispuesto. Pensaba 
ya en echarlos, cuando los sujetos expusieron su pedido: querían la cometa para hacer 
un Divino; le atarían la paloma en la punta. Y el ruido de los roncadores. 

La comparsa sonreía estúpidamente de anticipado deleite. Morirían sin duda si 
no obtenían aquello. 

¡Su pandorga, convertida en Espíritu Santo! Howard halló la circunstancia 
profundamente casuística. ¿Tendría él, aunque agrimensor y fabricante de su cometa, 
derecho de impedir aquella como transubstanciación? Como no creyó tenerlo, entregó 
el ser sagrado, y en un momento la comitiva ató la paloma a la estrella, enarboló ésta 
en una tacuara, y presto la comparsa se fue, a gran acompañamiento de tambor, 
llevando triunfalmente en lo alto de una tacuara la cometa de Howard y sus 
roncadores vibrantes, transformada en Dios. 

Aquello fue evidentemente el más grande éxito registrado en cien leguas a la 
redonda: aquel brillante Divino con ruido y cola, y que volaba, o más bien que había 
volado, pues nadie se atrevió a restituirle su antiguo proceder. 

Howard vio pasar así muchas veces, siempre triunfante y otorgadora de bienes, a 
su pandorga celestial que echaba melancólicamente de menos. No se atrevía a hacer 
otra por algo de mística precaución. 

Mas pese a esto, un día un viejo del lugar, algo leguleyo por haber vivido un 
tiempo en países más civilizados, se quejó vagamente a Howard de que éste se hubiera 
burlado de aquella pobre gente dándoles la cometa. -De ningún modo -se disculpó 
Howard. 

-Sí, de ningún modo... sí, sí -repitió pensativo el viejo, tratando de recordar qué 
querría decir de ningún modo. Pero no pudo conseguirlo, y Howard pudo concluir su 
mensura sin que el viejo ni nadie se atreviera a. afrontar su sabiduría. 


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Horacio Quiroga 79 



Confieso tener antipatía a los cisnes blancos. Me han parecido siempre gansos 
griegos, pesados, patizambos y bastante malos. He visto así morir el otro día uno en 
Palermo sin el menor trastorno poético. Estaba echado de costado en el ribazo, sin 
moverse. Cuando me acerqué, trató de levantarse y picarme. Sacudió 
precipitadamente las patas, golpeándose dos o tres veces la cabeza contra el suelo y 
quedó rendido, abriendo desmesuradamente el pico. Al fin estiró rígidas las uñas, bajó 
lentamente los párpados duros y murió. 

No le oí canto alguno, aunque sí una especie de ronquido sibilante. Pero yo soy 
hombre, verdad es, y ella tampoco estaba. ¡Qué hubiera dado por escuchar ese 
diálogo! Ella está absolutamente segura de que oyó eso y de que jamás volverá a 
hallar en hombre alguno la expresión con que él la miró. 

Mercedes, mi hermana, que vivió dos años en Martínez, lo veía a menudo. Me 
ha dicho que más de una vez le llamó la atención su rareza, solo siempre e indiferente 
a todo, arqueado en una fina silueta desdeñosa. 

La historia es ésta: en el lago de una quinta de Martínez había varios cisnes 
blancos, uno de los cuales individualizábase en la insulsez genérica por su modo de 
ser. Casi siempre estaba en tierra, con las alas pegadas y el cuello inmóvil en honda 
curva. Nadaba poco, jamás peleaba con sus compañeros. Vivía completamente 
apartado de la pesada familia, como un fino retoño que hubiera roto ya para siempre 
con la estupidez natal. Cuando alguien pasaba a su lado, se apartaba unos pasos, 
volviendo a su vaga distracción. Si alguno de sus compañeros pretendía picarlo, se 
alejaba despacio y aburrido. Al caer la tarde, sobre todo, su silueta inmóvil y distinta 
destacábase de lejos sobre el césped sombrío, dando a la calma morosa del crepúsculo 
una húmeda quietud de vieja quinta. 

Como la casa en que vivía mi hermana quedaba cerca de aquélla, Mercedes lo 
vio muchas tardes en que salió a caminar con sus hijos. A fines de octubre una 
amabilidad de vecinos la puso en relación con Celia, y de aquí los pormenores de su 
idilio. 

Aun Mercedes se había fijado en que el cisne parecía tener particular aversión a 
Celia. Esta bajaba todas las tardes al lago, cuyos cisnes la conocían bien en razón de 
las galletitas que les tiraba. 

Únicamente aquél evitaba su aproximación. Celia lo notó un día, y fue decidida a 
su encuentro; pero el cisne se alejó más aún. Ella quedó un rato mirándolo 
sorprendida, y repitió su deseo de familiaridad, con igual resultado. Desde entonces, 
aunque usó de toda malicia, no pudo nunca acercarse a él. Permanecía inmóvil e 
indiferente cuando Celia bajaba al lago; pero si ésta trataba de aproximarse 
oblicuamente, fingiendo ir a otra parte, el cisne se alejaba enseguida. 

Una tarde, cansada ya, lo corrió hasta perder el aliento y dos pinchos. Fue en 
vano. Sólo cuando Celia no se preocupaba de él, él la seguía con los ojos. -¡Y sin 
embargo, estaba tan segura de que me odiaba! -le dijo la hermosa chica a mi hermana, 
después que todo concluyó. 


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Horacio Quiroga 80 


Y esto fue en un crepúsculo apacible. Celia, que bajaba las escaleras, lo vio de 
lejos echado sobre el césped a la orilla del lago. Sorprendida de esa poco habitual 
confianza en ella, avanzó incrédula en su dirección; pero 

el animal continuó tendido. Celia llegó hasta él, y recién entonces pensó que 
podría estar enfermo. Se agachó apresuradamente y le levantó la cabeza. Sus miradas 
se encontraron, y Celia abrió la boca de sorpresa, lo miró fijamente y se vio obligada a 
apartar los ojos. Posiblemente la expresión de esa mirada anticipó, amenguándola, la 
impresión de las palabras. El cisne cerró los ojos. 

-Me muero -dijo. 

Celia dio un grito y tiró violentamente lo que tenía en las manos. Yo no la odiaba 
-murmuró él lentamente, el cuello tendido en tierra. 

Cosa rara, Celia le ha dicho a mi hermana que al verlo así, por morir, 

no se le ocurrió un momento preguntarle cómo hablaba. Los pocos momentos 
que duró la agonía se dirigió a él y lo escuchó como a un simple cisne, aunque 
hablándole sin darse cuenta de usted, por su voz de hombre. Arrodillóse y afirmó 
sobre su falda el largo cuello, acariciándolo. 

-¿Sufre mucho? -le preguntó. Sí, un poco... 

-¿Por qué no estaba con los demás? 

-¿Para qué? No podía... 

Como se ve, Celia se acordaba de todo. 

-¿Por qué no me quería? 

El cisne cerró los ojos: 

-No, no es eso... Mejor era que me apartara... Sufrir más... 

Tuvo una convulsión y una de sus grandes alas desplegadas rodeó las rodillas de 
Celia. 

-Y sin embargo, la causa de todo y sobre todo de esto -concluyó el cisne, 
mirándola por última vez y muriendo en el crepúsculo, a que el lago, la humedad y la 
ligera belleza de la joven daban viejo encanto de mitología-: ... Ha sido mi amor a ti... 


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Horacio Quiroga 81 



Ayer de mañana tropecé en la calle con una muchacha delgada, de vestido un 
poco más largo que lo regular, y bastante mona, a lo que me pareció. Me volví a 
mirarla y la seguí con los ojos hasta que dobló la esquina, tan poco preocupada ella 
por mi plantón como pudiera haberlo estado mi propia madre. Esto es frecuente. 

Tenía, sin embargo, aquella figurita delgada un tal aire de modesta prisa en pasar 
inadvertida, un tan franco desinterés respecto de un badulaque cualquiera que con la 
cara dada vuelta está esperando que ella se vuelva a su vez, tan cabal indiferencia, en 
suma, que me encantó, bien que yo fuera el badulaque que la seguía en aquel 
momento. 

Aunque yo tenía qué hacer, la seguí y me detuve en la misma esquina. A la 
mitad de la cuadra ella cruzó y entró en un zaguán de casa de altos. 

La muchacha tenía un traje oscuro y muy tensas las medias. Ahora bien, deseo 
que me digan si hay una cosa en que se pierda mejor el tiempo que en seguir con la 
imaginación el cuerpo de una chica muy bien calzada que va trepando una escalera. 
No sé si ella contaba los escalones; pero juraría que no me equivoqué en un solo 
número y que llegamos juntos a un tiempo al vestíbulo. 

Dejé de verla, pues. Pero yo quería deducir la condición de la chica del aspecto 
de la casa, y seguí adelante, por la vereda opuesta. 

Pues bien, en la pared de la misma casa, y en una gran chapa de bronce, leí: 


DOCTOR SWINDENBORG 
FÍSICO DIETÉTICO 


¡Físico dietético! Está bien. Era lo menos que me podía pasar esa mañana. Seguir 
a una mona chica de traje azul marino, efectuar a su lado una ideal ascensión de 
escalera, para concluir... 

¡Físico dietético...! ¡Ah, no! ¡No era ése mi lugar, por cierto! ¡Dietético! ¿Qué 
diablos tenía yo que hacer con una muchacha anémica, hija o pensionista de un físico 
dietético? ¿A quién se le puede ocurrir hilvanar, como una sábana, estos dos términos 
disparatados: amor y dieta? No era todo eso una promesa de dicha, por cierto. 
¡Dietético...! ¡No, por Dios! Si algo debe comer, y comer bien, es el amor. Amor y 
dieta... ¡No, con mil diablos! 


Esto era ayer de mañana. Hoy las cosas han cambiado. La he vuelto a encontrar, 
en la misma calle, y sea por la belleza del día o por haber adivinado en mis ojos quién 
sabe qué religiosa vocación dietética, lo cierto es que me ha mirado. 


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Horacio Quiroga 82 


"Hoy la he visto... la he visto... y me ha mirado..." 

¡Ah, no! Confieso que no pensaba precisamente en el final de la estrofa. Lo que 
yo pensaba era esto: cuál debe ser la tortura de un grande y noble amor, 
constantemente sometido a los éxtasis de una inefable dieta... 

Pero que me ha mirado, esto no tiene duda. La seguí, como el día anterior; y 
como el día anterior, mientras con una idiota sonrisa iba soñando tras los zapatos de 
charol, tropecé con la placa de bronce: 


DOCTOR S WINDENB ORG 
FÍSICO DIETÉTICO 


¡Ah! ¿Es decir, que nada de lo que yo iba soñando podría ser verdad? ;Era 
posible que tras los aterciopelados ojos de mi muchacha no hubiera sino una celestial 
promesa de amor dietético? 

Debo creerlo así, sin duda, porque hoy, hace apenas una hora, ella acaba de 
mirarme en la misma calle y en la misma cuadra; y he leído claro en sus ojos el 
alborozo de haber visto subir límpido a mis ojos un fraternal amor dietético... 


Han pasado cuarenta días. No sé ya qué decir, a no ser que estoy muriendo de 
amor a los pies de mi chica de traje oscuro... Y si no a sus pies, por lo menos a su 
lado, porque soy su novio y voy a su casa todos los días. 

Muriendo de amor... Y sí, muriendo de amor, porque no tiene otro nombre esta 
exhausta adoración sin sangre. La memoria me falta a veces; pero me acuerdo muy 
bien de la noche que llegué a pedirla. 

Había tres personas en el comedor -porque me recibieron en el comedor-: el 
padre, una tía y ella. El comedor era muy grande, muy mal alumbrado y muy frío. El 
doctor Swindenborg me oyó de pie, mirándome sin decir una palabra. La tía me 
miraba también, pero desconfiada. Ella, mi Nora, estaba sentada a la mesa y no se 
levantó. 

Yo dije todo lo que tenía que decir, y me quedé mirando también. En aquella 
casa podía haber de todo; pero lo que es apuro, no. Pasó un momento aún, y el padre 
me miraba siempre. Tenía un inmenso sobretodo peludo, y las manos en los bolsillos. 
Llevaba un grueso pañuelo al cuello y una barba muy grande. 

-¿Usted está bien seguro de amar a la muchacha? me dijo, al fin. 

¡Oh, lo que es eso! -le respondí. 

No contestó nada, pero me siguió mirando. 

-¿Usted come mucho? -me preguntó. Regular -le respondí, tratando de 
sonreírme. 

La tía abrió entonces la boca y me señaló con el dedo como quien señala un 
cuadro: 

-El señor debe comer mucho... -dijo. El padre volvió la cabeza a ella: 


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Horacio Quiroga 83 


-No importa -objetó-. No podríamos poner trabas en su vía... Y volviéndose esta 
vez a su hija, sin quitar las manos de los bolsillos: 

-Este señor te quiere hacer el amor le dijo-. ¿Tú quieres? 

Ella levantó los ojos tranquila y sonrió: 

-Yo, sí -repuso. 

-Y bien -me dijo entonces el doctor, empujándome del hombro-, Usted es ya de la 
casa; siéntese y coma con nosotros. 

Me senté enfrente de ella y cenamos. Lo que comí esa noche, no sé, porque 
estaba loco de contento con el amor de mi Nora. Pero sé muy bien lo que hemos 
comido después, mañana y noche, porque almuerzo y ceno con ellos todos los días. 

Cualquiera sabe el gusto agradable que tiene el té, y esto no es un misterio para 
nadie. Las sopas claras son también tónicas y predisponen a la afabilidad. 

Y bien: mañana a mañana, noche a noche, hemos tomado sopas ligeras y una 
liviana taza de té. El caldo es la comida, y el té es el postre; nada más. 

Durante una semana entera no puedo decir que haya sido feliz. Hay en el fondo 
de todos nosotros un instinto de rebelión bestial que muy difícilmente es vencido. A 
las tres de la tarde comenzaba la lucha; y ese rencor del estómago dirigiéndose a sí 
mismo de hambre; esa constante protesta de la sangre convertida a su vez en una sopa 
fría y clara, son cosas éstas que no se las deseo a ninguna persona, aunque esté 
enamorada. 

Una semana entera la bestia originaria pugnó por clavar los dientes. Hoy estoy 
tranquilo. Mi corazón tiene cuarenta pulsaciones en vez de sesenta. No sé ya lo que es 
tumulto ni violencia, y me cuesta trabajo pensar que los bellos ojos de una muchacha 
evoquen otra cosa que una inefable y helada dicha sobre el humo de dos tazas de té. 

De mañana no tomo nada, por paternal consejo del doctor. A mediodía tomamos 
caldo y té, y de noche caldo y té. Mi amor, purificado de este modo, adquiere día a día 
una transparencia que sólo las personas que vuelven en sí después de una honda 
hemorragia pueden comprender. 


Nuevos días han pasado. Las filosofías tienen cosas regulares y a veces algunas 
cosas malas. Pero la del doctor Swindenborg -con su sobretodo peludo y el pañuelo al 
cuello- está impregnada de la más alta idealidad. De todo cuanto he sido en la calle, 
no queda rastro alguno. Lo único que vive en mí, fuera de mi inmensa debilidad, es mi 
amor. Y no puedo menos de admirar la elevación de alma del doctor, cuando sigue 
con ojos de orgullo mi vacilante paso para acercarme a su hija. 

Alguna vez, al principio, traté de tomar la mano de mi Nora, y ella lo consintió 
por no disgustarme. El doctor lo vio y me miró con paternal ternura. Pero esa noche, 
en vez de hacerlo a las ocho, cenamos a las once. Tomamos solamente una taza de té. 

No sé, sin embargo, qué primavera mortuoria había aspirado yo esa tarde en la 
calle. Después de cenar quise repetir la aventura, y sólo tuve fuerzas para levantar la 
mano y dejarla caer inerte sobre la mesa, sonriendo de debilidad como una criatura. 

El doctor había dominado la última sacudida de la fiera. 

Nada más desde entonces. En todo el día, en toda la casa, no somos sino dos 
sonámbulos de amor. No tengo fuerzas más que para sentarme a su lado, y así 

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Horacio Quiroga 84 


pasamos las horas, helados de extraterrestre felicidad, con la sonrisa fija en las 
paredes. 


Uno de estos días me van a encontrar muerto, estoy seguro. No hago la menor 
recriminación al doctor Swindenborg, pues si mi cuerpo no ha podido resistir a esa 
fácil prueba, mi amor, en cambio, ha apreciado cuánto de desdeñable ilusión va 
ascendiendo con el cuerpo de una chica de oscuro que trepa una escalera. No se culpe, 
pues, a nadie de mi muerte. Pero a aquellos que por casualidad me oyeran, quiero 
darles este consejo de un hombre que fue un día como ellos: 

Nunca, jamás, en el más remoto de los jamases, pongan los ojos en una 
muchacha que tiene mucho o poco que ver con un físico dietético. 

Y he aquí por qué: 

La religión del doctor Swindenborg -la de más alta idealidad que yo haya 
conocido, y de ello me vanaglorio al morir por ella- no tiene sino una falla, y es ésta: 
haber unido en un abrazo de solidaridad al Amor y la Dieta. Conozco muchas 
religiones que rechazan el mundo, la carne y el amor. Y algunas de ellas son notables. 
Pero admitir el amor, y darle por único alimento la dieta, es cosa que no se le ha 
ocurrido a nadie. Esto es lo que yo considero una falla del sistema; y acaso por el 
comedor del doctor vaguen de noche cuatro o cinco desfallecidos fantasmas de amor, 
anteriores a mí. 

Que los que lleguen a leerme huyan, pues, de toda muchacha mona cuya 
intención manifiesta sea entrar en una casa que ostenta una gran chapa de bronce. 
Puede hallarse allí un gran amor, pero puede haber también muchas tazas de té. 

Y yo sé lo que es esto. 


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Horacio Quiroga 85 



En una época en que yo tuve veleidades de ser empleado nacional, oí hablar de 
un hombre que durante dos años que desempeñó un puesto público no contestó una 
sola nota. 

-He aquí un hombre superiorme dije-. Merece que vaya a verlo. Porque debo 
confesar que el proceder habitual y forzoso de contestar cuanta notase recibe es uno de 
los inconvenientes más grandes que hallaba yo a mi aspiración. El delicado 
mecanismo de la administración nacional -nadie lo ignora- requiere que toda nota que 
se nos hace el honor de dirigir, sea fatal y pacientemente contestada. Una sola 
comunicación puesta de lado, la más insignificante de todas, trastorna hasta lo más 
hondo de sus dientes el engranaje de la máquina nacional. Desde las notas del presi- 
dente de la República a las de un oscuro cabo de policía, todas exigen respuesta en 
igual grado, todas encarnan igual nobleza administrativa, todas tienen igual austera 
trascendencia. 

Es, pues, por esto que, convencido y orgulloso, como buen ciudadano, de la 
importancia de esas funciones, no me atrevía francamente a jurar que todas las notas 
que yo recibiera serían contestadas. Y he aquí que me aseguraban que un hombre, 
vivo aún, había permanecido dos años en la Administración Nacional, sin contestar -ni 
enviar, desde luego- ninguna nota... 

Fui, por consiguiente, a verlo, en el fondo de la república. Era un hombre de 
edad avanzada, español, de mucha cultura, pues esta intelectualidad inesperada al pie 
de un quebracho, en una fogata de siringal o en un aduar del Sahara, es una de las 
tantas sorpresas del trópico. 

Mi hombre se echó a reír de mi juvenil admiración cuando le conté lo que me 
llevaba a verlo. Me dijo que no era cierto, por lo menos el lapso transcurrido sin 
contestar una sola nota. Que había sido encargado escolar en una colonia nacional, y 
que, en efecto, había dejado pasar algo más de un año sin acusar recibo de nota 
alguna. Pero que eso tenía en el fondo poca importancia, habiendo notado por lo 
demás... 

Aquí mi hombre se detuvo un instante, y se echó a reír de nuevo. -¿Quiere usted 
que le cuente algo más sabroso que todo esto? -me dijo-. Verá usted un modelo de 
funcionario público... ¿Sabe usted qué tiempo dejó pasar ese tal sin dignarse echar una 
ojeada a lo que recibía? Dos años y algo más. ¿Y sabe usted qué puesto desempeñaba? 
Gobernador... Abra usted ahora la boca. 

En efecto, lo merecía. Para un tímido novio -digámoslo así- de la Administración 
Nacional, nada podía abrirme más los ojos sobre la virtud de mi futura que las hazañas 
de aquel Don Juan administrativo... Le pedí que me contara todo, si lo sabía, y a 
escape. 

-¿Si lo sé? -me respondió-, ¿Si conozco bien a mi funcionario? Como que yo fui 
el gobernador que le sucedió... Pero, óigame más bien desde el principio. Era en... En 
fin, suponga usted que el ochenta y tantos. Yo acababa de regresar a España, mal 
curado aún de unas fiebres cogidas en el golfo de Guinea. Había hecho un crucero de 


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Horacio Quiroga 86 


cinco años, abasteciendo a las factorías españolas de la costa. El último año lo pasé en 
Elobey Chico... ¿Usted sabe su geografía, sí? 

-Sí, toda; continúe. 

-Bien. Sabrá usted entonces que no hay país más malsano en el mundo entero, 
así como suena, que la región del delta del Níger. Hasta ahora, no hay mortal nacido 
en este planeta que pueda decir, después de haber cruzado frente a las bocas del Níger: 
No tuve fiebre... 

Comenzaba, pues, a restablecerme en España, cuando un amigo, muy allegado al 
Ministerio de Ultramar, me propuso la gobernación de una de las cuatrocientas y 
tantas islas que pueblan las Filipinas. Yo era, según él, el hombre indicado, por mi 
larga actuación entre negros y negritos. 

-Pero no entre malayos -respondí a mi protector- Entiendo que es bastante 
distinto... 

No crea usted: es la misma cosa -me aseguró-. Cuando el hombre baja más de 
dos o tres grados en su color, todos son lo mismo... En definitiva: ¿le conviene a 
usted? Tengo facultades para hacerle dar el destino enseguida. 

Consulté un largo rato con mi conciencia, y más profundamente con mi hígado. 
Ambos se atrevían, y acepté. 

-Muy bien -me dijo entonces mi padrino-. Ahora que es usted de los nuestros, 
tengo que ponerlo en conocimiento de algunos detalles. ¿Conoce usted, siquiera de 
nombre, al actual gobernador de su isla, Félix Pérez Zúñiga? 

-No; fuera del escritor.. .-le dije. 

-Ese no es Félix -me objetó-. Pero casi, casi valen tanto el uno como el otro... Y 
no lo digo por mal. Pues bien: desde hace dos años no se sabe lo que pasa allá. Se han 
enviado millones de notas, y crea usted que las últimas son capaces de ponerle los 
pelos de punta al funcionario peor nacido... Y nada, como si tal cosa. Usted llevará, 
juntamente con su nombramiento, la destitución del personaje. ¿Le conviene siempre? 

Ciertamente, me convenía... a menos que el fantástico gobernador fuera de genio 
tan vivo cuan grande era su llaneza en eso de las notas. 

-No tal -me respondió-. Según informes, es todo lo contrario... Creo que se 
entenderá usted con él a maravillas. 

No había, pues, nada que decir. Di aún un poco de solaz a mi hígado, y un buen 
día marché a Filipinas. Eso sí, llegué en un mal día, con un colazo de tifón en el 
estómago y el malhumor del gobernador general sobre mi cabeza. A lo que parece, se 
había prescindido bastante de él en ese asunto. Logré, sin embargo, conciliarme su 
buena voluntad y me dirigí a mi isla, tan a trasmano de toda ruta marítima que si no 
era ella el fin del mundo era evidentemente la tumba de toda comunicación civilizada. 

Y abrevio, pues noto que usted se fatiga... ¿No? Pues adelante... ¿En qué 
estábamos? ¡Ah! En cuanto desembarqué di con mi hombre. Nunca sufrí desengaño 
igual. En vez del tipo macizo, atrabiliario y gruñón que me había figurado a pesar de 
los informes, tropecé con un muchacho joven de ojos azules, grandes ojos de pájaro 
alegre y confiado. Era alto y delgado, muy calvo para su edad, y el pelo que le restaba 
-abundante a los costados y tras la cabeza- era oscuro y muy ondeado. Tenía la frente 
y la calva muy lustrosas. La voz muy clara, y hablaba sin apresurarse, con largas 
entonaciones de hombre que no tiene prisa y goza exponiendo y recibiendo ideas. 


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Horacio Quiroga 87 


Total: un buen muchacho, inteligente sin duda, muy expansivo y cordial y con 
aire de atreverse a ser feliz dondequiera que se hallase. 

-Pase usted, siéntese -me dijo-. Esté todo lo a gusto que quiera. ¿No desea tomar 
nada? ¿No, nada? ¿Ni aun chocolate...? El que tengo es 

detestable, pero vale la pena probarlo... Oiga su historia: el otro día un buque 
costero llegó hasta aquí, y me trajo diez libras de cacao... lo mejor de lo mejor entre 
los cacaos. Encargué de la faena a un indígena inteligentísimo en la manufactura del 
chocolate. Ya lo conocerá usted. Se tostó el cacao, se molió, se le incorporó el azúcar 
-también de primera-, todo a mi vista y con extremas precauciones. ¿Sabe usted lo que 
resultó? Una cosa imposible. ¿Quiere usted probarlo? Vale la pena... Después me 
escribirá usted desde España cómo se hace eso... ¡Ah, no vuelve usted...! ¿Se queda, 
sí? ¿Y será usted el nuevo gobernador, sin duda...? Mis felicitaciones... 

¿Cómo aquel feliz pájaro podía ser el malhechor administrativo a quien iba a 
reemplazar? 

-Sí -continuó él-. Hace ya veintidós meses que no debía ser yo gobernador. Y no 
era difícil adivinarle a usted. Fue cuando adquirí el conocimiento pleno de que jamás 
podría yo llegar a contestar una nota en adelante. ¿Por qué? Es sumamente 
complicado esto... Más tarde le diré algo, si quiere... Y entre tanto, le haré entrega de 
todo, cuando usted lo desee... ¿Ya...? Pues comencemos. 

Y comenzamos, en efecto. Primero que todo, quise enterarme de la 
correspondencia oficial recibida, puesto que yo debía estar bien informado de la 
remitida. 

-¿Las notas dice usted? Con mucho gusto. Aquí están. 

Y fue a poner la mano sobre un gran barril abierto, en un rincón del despacho. 

Francamente, aunque esperaba mucho de aquel funcionario, no creí nunca hallar 

pliegos con membrete real amontonados en el fondo de un barril... 

-Aquí está -repitió siempre con la mano en el borde, y mirándome con la misma 
plácida sonrisa. 

Me acerqué, pues, y miré. Todo el barril, y era inmenso, estaba efectivamente 
lleno de notas; pero todas sin abrir. ¿Creerá usted? Todas tenían su respectivo sobre 
intacto, hacinadas como diarios viejos con faja aún. Y el hombre tan tranquilo. No 
sólo no había contestado una sola comunicación, lo que ya sabía yo; pero ni aun había 
tenido a bien leerlas... 

No pude menos de mirarlo un momento. El hizo lo mismo, con una sonrisa de 
criatura cogida en un desliz, pero del que tal vez se enorgullece. Al fin se echó a reír y 
me cogió de un brazo. 

-Escúcheme me dijo-. Sentémonos, y hablaremos. ¡Es tan agradable hallar una 
sorpresa como la suya, después de dos años de aislamiento! ¡Esas notas...! ¿Quiere 
usted, francamente, conservar por el resto de su vida la conciencia tranquila y menos 
congestionado su hígado?, se le ve en la cara en seguida... ¿Sí? Pues no conteste usted 
jamás una nota. Ni una sola siquiera. No cree, es claro... ¡Es tan fuerte el prejuicio, 
señor mío! ¿Y sabe usted de qué proviene? Proviene sencillamente de creer, como en 
la Biblia, que la administración de una nación es una máquina con engranajes, poleas 
y correas, todo tan íntimamente ligado, que la detención o el simple tropiezo de una 
minúscula rueda dentada es capaz de detener todo el maravilloso mecanismo. ¡Error, 
profundo error! Entre la augusta mano que firma Yb y la de un carabinero que debe 

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Horacio Quiroga 88 


poner todos sus ínfimos títulos para que se sepa que existe, hay una porción de manos 
que podrían abandonar sus barras sin que por ello el buque pierda el rumbo. La 
maquinaria es maravillosa, y cada hombre es una rueda dentada, en efecto. Pero las 
tres cuartas partes de ellas son poleas locas, ni más ni menos. Giran también, y 
parecen solidarias del gran juego administrativo; pero en verdad dan vueltas en el aire, 
y podrían detenerse algunas centenas de ellas sin trastorno alguno. No, créame usted a 
mí, que he estudiado el asunto todo el tiempo libre que me dejaba la digestión de mi 
chocolate... No hay tal engranaje continuo y solidario desde el carabinero a su 
majestad el rey. Es ello una de las tantas cosas que en el fondo solemos y simulamos 
ignorar... ¿No? Pues aquí tiene usted un caso flagrante... Usted ha visto la isla, la cara 
de sus habitantes, bastantes más gordos que yo; ha visto al señor gobernador general; 
ha atravesado el mundo, y viene de España. Ahora bien: ¿Ha visto usted señales de 
trastorno en parte alguna? ¿Ha notado usted algún balanceo peligroso en la nave del 
Estado? ¿Cree usted sinceramente que la marcha de la Administración Nacional se ha 
entorpecido, en la cantidad de un pelo entre dos dientes de engranaje, porque yo haya 
tenido a bien sistemáticamente, no abrir nota alguna? Me destituyen, y usted me 
reemplaza, y aprenderá a hacer buen chocolate... Esto es el. trastorno... ¿No cree 
usted? 

Y el hombre, siempre con la rodilla entre las manos, me miraba con sus azules 
ojos de pájaro complaciente, muy satisfecho, al parecer, de que a él lo destituyeran y 
de que yo lo reemplazara. 

Precisa que yo le diga a usted, ahora que conoce mi propia historia de cuando fui 
encargado escolar, que aquel diablo de muchacho tenía una seducción de todos los 
demonios. No sé si era lo que se llama un hombre equilibrado; pero su filosofía 
pagana, sin pizca de acritud, tentaba fabulosamente, y no pasó rato sin que 
simpatizáramos del todo. 

Procedía, sin embargo, no dejarme embriagar. 

-Es menester -le dije formalizándome un tanto- que yo abra esa correspondencia. 

Pero mi muchacho me detuvo del brazo, mirándome atónito: 

-¿Pero está usted loco? -exclamó-, ¿Sabe usted lo que va a encontrar allí? ¡No 
sea criatura, por Dios! Queme todo eso, con barril y todo, y pincelo a la playa... 

Sacudí la cabeza y metí la mano en el baúl. Mi hombre se encogió entonces de 
hombros y se echó de nuevo en su sillón, con la rodilla muy alta 

entre las manos. Me miraba hacer de reojo, moviendo la cabeza y sonriendo al 
final de cada comunicación. 

¿Usted supone, no, lo que dirían las últimas notas, dirigidas a un empleado que 
desde hacía dos años se libraba muy bien de contestar a una sola? Eran simplemente 
cosas para hacer ruborizar, aun en un cuarto oscuro, 

al funcionario de menos vergüenza... Y yo debía cargar con todo eso, y contestar 
una por una a todas. 

-¡Ya se lo había yo prevenido! -me decía mi muchacho con voz compasiva- Va 
usted a sudar mucho más cuando deba contestar... Siga mi consejo, que aún es tiempo: 
haga un judas con barril y notas, y se sentirá feliz. 

¡Estaba bien divertido! Y mientras yo continuaba leyendo, mi hombre, con su 
calva luciente, su aureola de pelo rizado y su guardapolvo de brin de hilo, proseguía 
balanceándose, muy satisfecho de la norma a que había logrado ajustar su vida. 


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Horacio Quiroga 89 


Yo transpiraba copiosamente, pues cada nueva nota era una nueva bofetada, y 
concluí por sentir debilidad. 

-¡Ah, ah! -se levantó-. ¿Se halla cansado ya? ¿Desea tomar algo? ¿Quiere probar 
mi chocolate? Vale la pena, ya le dije... 

Y a pesar de mi gesto desabrido, pidió el chocolate y lo probé. En efecto, era 
detestable; pero el hombre quedó muy contento. 

-¿Vio usted? No se puede tomar. ¿A qué atribuir esto? No descansaré hasta 
saberlo... Me alegro de que no haya podido tomarlo, pues así cenaremos temprano. Yo 
lo hago siempre con luz de día aún... Muy bien; comeremos de aquí a una hora, y 
mañana proseguiremos con las notas y demás... Yo estaba cansado, bien cansado. Me 
di un hermosísimo baño, pues mi joven amigo tenía una instalación portentosa de 
confort en esto. Cenamos, y un rato después mi huésped me acompañó hasta mi 
cuarto. 

-Veo que es usted hombre precavido -me dijo al verme retirar un mosquitero de 
la maleta- Sin este chisme, no podría usted dormir. Solamente yo no lo uso aquí. 

-¿No le pican los mosquitos? -le pregunté, extrañado a medias solamente. 

¿Usted cree? -me respondió riendo y llevándose la mano a su calva frente-. 
Muchísimo... Pero no puedo soportar eso... ¿No ha oído hablar usted de personas que 
se ahogan dentro de mosquiteros? Es una tontería, si usted quiere, una neurosis 
inocente, pero se sufre en realidad. Venga usted a ver mi mosquitero. 

Fuimos hasta su cuarto o, mejor dicho, hasta la puerta de su cuarto. Mi amigo 
levantó la lámpara hasta los ojos, y miré. Pues bien: toda la altura y la anchura de la 
puerta estaba cerrada por una verdadera red de telarañas, una selva inextricable de 
telarañas donde no cabía la cabeza de un 

fósforo sin hacer temblar todo el telón. Y tan lleno de polvo, que parecía un 
muro. Por lo que pude comprender, más que ver, la red se internaba en el cuarto, sabe 
Dios hasta dónde. 

-¿Y usted duerme aquí? -le pregunté mirándolo un largo momento. 

-Sí -me respondió con infantil orgullo-. Jamás entra un mosquito. Ni ha entrado 
ni creo que entre jamás. 

-Pero usted ¿por dónde entra? -le pregunté muy preocupado. 

-¿Yo, por dónde entro? -respondió. Y agachándose, me señaló con la punta del 

dedo: 

-Por aquí. Haciéndolo con cuidado, y en cuatro patas, la cosa no tiene mayor 
dificultad... Ni mosquitos ni murciélagos... ¿Polvo? No creo que pase; aquí tiene la 
prueba... Adentro está muy despejado... y limpio, crea usted. ¿Ahogarme?... No, lo 
que ahoga es lo artificial, el mosquitero a cincuenta centímetros de la boca... ¿Se 
ahoga usted dentro de una habitación cerrada por el frío? Y hay -concluyó con la 
mirada soñadora- una especie de descanso primitivo en este sueño defendido por 
millones de arañas que velan celosamente la quietud de uno... ¿No lo cree usted así? 
No me mire con esos ojos... ¡Buenas noches, señor gobernador!, concluyó riendo y 
sacudiéndose ambas manos. 

A la mañana siguiente, muy temprano, pues éramos uno y otro muy 
madrugadores, proseguimos nuestra tarea. En verdad, no faltaba sino recibirme de los 
libros de cuentas, fuera de insignificancias de menor cuantía. 


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Horacio Quiroga 90 


¡Es cierto! -me respondió- Existen también los libros de cuentas... Hay, creo yo, 
mucho que pensar sobre eso... Pero lo haré después, con tiempo. En un instante lo 
arreglaremos. ¡Urquijo! Hágame el favor de traer los libros de cuentas. Verá usted que 
en un momento... No hay nada anotado, como usted comprenderá; pero en un 
instante... Bien, Urquijo; siéntese usted ahí; vamos a poner los libros en forma. Co- 
mience usted. 

El secretario, a quien había entrevisto apenas la tarde anterior, era un sujeto de 
edad, muy bajo y muy flaco, huraño, silencioso y de mirar desconfiado. Tenía la cara 
rojiza y lustrosa, dando la sensación de que no se lavaba nunca. Simple apariencia, 
desde luego, pues su vieja ropa negra no tenía una sola mancha. Su cuello de celuloide 
era tan grande, que dentro de él cabían dos pescuezos como el suyo. Tipo 
reconcentrado y de mirar desconfiado como nadie. 

Y comenzó el arreglo de cuentas más original que haya visto en mi vida. Mi 
amigo se sentó enfrente del secretario y no apartó un instante la vista de los libros 
mientras duró la operación. El secretario recorría recibos, facturas y operaba en voz 
alta: 

-Veinticinco meses de sueldos al guardafaro, a tanto por mes, es tanto y tanto... 

Y multiplicaba al margen de un papel. 

Su jefe seguía los números en línea quebrada, sin pestañear. Hasta que, por fin, 
extendió el brazo: 

-No, no, Urquijo... Eso no me gusta. Ponga: un mes de sueldo al guardafaro, a 
tanto por mes, es tanto y tanto. Segundo mes de sueldo al guardafaro, a tanto por mes, 
es tanto y tanto; tercer mes de sueldo... Siga así, y sume. Así entiendo claro. 

Y volviéndose a mí: 

-Hay yo no sé qué cosa de brujería y sofisma en las matemáticas, que me da 
escalofríos.. . ¿Creerá usted que jamás he llegado a comprender la multiplicación? Me 
pierdo en seguida... Me resultan diabólicos esos números sin ton ni son que se van 
disparando todos hacia la izquierda... Sume, Urquijo. 

El secretario, serio y sin levantar los ojos, como si fuera aquello muy natural, 
sumaba en voz alta, y mi amigo golpeaba entonces ambas manos sobre la mesa: 

-Ahora sí -decía-; esto es bien claro. 

Pero a una nueva partida de gastos, el secretario se olvidaba, y recomenzaba: 

-Veinticinco meses de provisión de leña, a tanto por mes, es tanto y tanto... 

-¡No, no! ¡Por favor, Urquijo! Ponga: un mes de provisión de leña, a tanto por 
mes, es tanto y tanto...; segundo mes de provisión de leña..., etcétera. Sume después. 

Y así continuó el arreglo de libros, ambos con demoníaca paciencia, el 
secretario, olvidándose siempre y empeñado en multiplicar al margen del papel y su 
jefe deteniéndolo con la mano para ir a una cuenta clara y sobre todo honesta. 

-Aquí tiene usted sus libros en forma -me dijo mi hombre al final de cuatro 
largas horas, pero sonriendo siempre con sus grandes ojos de pájaro inocente. 

Nada más me queda por decirle. Permanecí nueve meses escasos allá, pues mi 
hígado me llevó otra vez a España. Más tarde, mucho después, vine aquí, como 
contador de una empresa... El resto ya lo sabe. En cuanto a aquel singular muchacho, 
nunca he vuelto a saber nada de él... Supongo que habrá solucionado al fin el misterio 
de por qué su chocolate, hecho con elementos de primera, había salido tan malo... 


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Horacio Quiroga 91 


Y en cuanto a la influencia del personaje... ya sabe mi actuación de encargado 
escolar... Jamás, entre paréntesis, marcharon mejor los asuntos de la escuela... 
Créame: las tres cuartas partes de las ideas del peregrino mozo son ciertas... Incluso 
las matemáticas... 

Yo agrego ahora: las matemáticas, no sé; pero en el resto -Dios me perdone- le 
sobraba razón. Así, al parecer, lo comprendió también la Administración, rehusando 
admitirme en el manejo de su delicado mecanismo. 


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Horacio Quiroga 92 



Yo pertenezco al grupo de los pobres diablos que salen noche a noche del 
cinematógrafo enamorados de una estrella. Me llamo Guillermo Grant, tengo treinta y 
un años, soy alto, delgado y trigueño, como cuadra, a efectos de la exportación, a un 
americano del sur. Estoy apenas en regular posición, y gozo de buena salud. 

Voy pasando la vida sin quejarme demasiado, muy poco descontento de la 
suerte, sobre todo cuando he podido mirar de frente un par de hermosos ojos todo el 
tiempo que he deseado. 

Hay hombres, mucho más respetables que yo desde luego, que si algo reprochan 
a la vida es no haberles dado tiempo para redondear un hermoso pensamiento. Son 
personas de vasta responsabilidad moral ante ellos mismos, en quienes no cabe, ni en 
posesión ni en comprensión, la frivolidad de mis treinta y un años de existencia. Yo 
no he dejado, sin embargo, de tener amarguras, aspiracioncitas, y por mi cabeza ha 
pasado una que otra vez algún pensamiento. Pero en ningún instante la angustia y el 
ansia han turbado mis horas como al sentir detenidos en mí dos ojos de gran belleza. 

Es una verdad clásica que no hay hermosura completa si los ojos no son el 
primer rasgo bello del semblante. Por mi parte, si yo fuera dictador decretaría la 
muerte de toda mujer que presumiera de hermosa, teniendo los ojos feos. Hay derecho 
para hacer saltar una sociedad de abajo arriba, y el mismo derecho -pero al revés- para 
aplastarla de arriba abajo. Hay derecho para muchísimas cosas. Pero para lo que no 
hay derecho, ni lo habrá nunca es para usurpar el título de belleza cuando la dama 
tiene los ojos de ratón. No importa que la boca, la nariz, el corte de cara sean admira- 
bles. Faltan los ojos, que son todo. 

El alma se ve en los ojos -dijo alguien-, Y el cuerpo también, agrego yo. Por lo 
cual, erigido en comisario de un comité ideal de Belleza Pública, enviaría sin otro 
motivo al patíbulo a toda dama que presumiera de bella teniendo los ojos antedichos. 
Y tal vez a dos o tres amigas. 


Con esta indignación y los deleites correlativos- he pasado los treinta y un años 
de mi vida esperando, esperando. 

¿Esperando qué? Dios lo sabe. Acaso el bendito país en que las mujeres 
consideran cosa muy ligera mirar largamente en los ojos a un hombre a quien ven por 
primera vez. Porque no hay suspensión de aliento, absorción más paralizante que la 
que ejercen dos ojos extraordinariamente helios. Es tal, que ni aun se requiere que los 
ojos nos miren con amor. Ellos son en sí mismos el abismó, el vértigo en que el varón 
pierde la cabeza, sobre todo cuando no puede caer en él. Esto, cuando nos miran por 
casualidad; porque si el amor es la clave de esa casualidad, no hay entonces locura 
que no sea digna de ser cometida por ellos. 

Quien esto anota es un hombre de bien, con ideas juiciosas y ponderadas. Podrá 
parecer frívolo pero lo que dice no lo es. Si una pulgada de más o de menos en la nariz 


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Horacio Quiroga 93 


de Cleopatra -según el filósofo- hubiera cambiado el mundo, no quiero pensar en lo 
que podía haber pasado si aquella señora llega a tener los ojos más hermosos de lo que 
los tuvo: el Occidente desplazado hacia el Oriente trescientos años antes, y el resto. 


Siendo como soy, se comprende muy bien que el advenimiento del ci- 
nematógrafo haya sido para mí el comienzo de una nueva era, por la cual cuento las 
noches sucesivas en que he salido mareado y pálido del cine, porque he dejado mi 
corazón, con todas sus pulsaciones, en la pantalla que impregnó por tres cuartos de 
hora el encanto de Brownie Vernon. 

Los pintores odian al cinematógrafo porque dicen que en éste la luz vibra 
infinitamente más que en sus cuadros cinematográficos. Lo comprendo bien. Pero no 
sé si ellos comprenderán la vibración que sacude a un pobre mortal, de la cabeza a los 
pies, cuando una hermosísima muchacha nos tiende por una hora su propia vibración 
personal al alcance de la boca. Porque no debe olvidarse que contadísimas veces en la 
vida nos es dado ver tan de cerca a una mujer como en la pantalla. El paso de una her- 
mosa chica a nuestro lado constituye ya una de las pocas cosas por las cuales valga la 
pena retardar el paso, detenerlo, volver la cabeza, y perderla. No abundan estas 
pequeñas felicidades. 

Ahora bien: ¿qué es este fugaz deslumbramiento ante el vértigo sostenido, 
torturador, implacable, de tener toda una noche a diez centímetros los ojos de Mildred 
Harris? ¡A diez, cinco centímetros! Piénsese en esto. Como aun en el cinematógrafo 
hay mujeres feas, las pestañas de una mísera, vistas a tal distancia, parecen varas de 
mimbre. Pero cuando una hermosa estrella detiene y abre el paraíso de sus ojos, de 
toda la vasta sala, y la guerra europea, y el éter sideral, no queda nada más que el 
profundo edén de melancolía que desfallece en los ojos de Miriam Cooper. 

Todo esto es cierto. Entre otras cosas, el cinematógrafo es, hoy por hoy, un 
torneo de bellezas sumamente expresivas. Hay hombres que se han enamorado de un 
retrato y otros que han perdido para siempre la razón por tal o cual mujer a la que 
nunca conocieron. Por mi parte, cuanto pudiera yo perder incluso la vergüenza- me 
parecería un bastante buen negocio si al final de la aventura Marión Davies -pongo 
por caso- me fuera otorgada por esposa. 

Así, provisto de esta sensibilidad un poco anormal, no es de extrañar mi 
asiduidad al cine, y que las más de las veces salga de él mareado. En ciertos malos 
momentos he llegado a vivir dos vidas distintas: una durante el día, en mi oficina y el 
ambiente normal de Buenos Aires, y la otra de noche, que se prolonga hasta el 
amanecer. Porque sueño, sueño siempre. Y se querrá creer que ellos, mis sueños, no 
tienen nada que envidiar a los de soltero -ni casado- alguno. 

A tanto he llegado, que no sé en esas ocasiones con quién sueño: Edith Roberts... 
Wanda Hawley... Dorothy Phillips... Miriam Cooper... 

Y este cuádruple paraíso ideal, soñado, mentido, todo lo que se quiera, es 
demasiado mágico, demasiado vivo, demasiado rojo para las noches blancas de un 
jefe de sección de ministerio. 

¿Qué hacer? Tengo ya treinta y un años y no soy, como se ve, una criatura. Dos 
únicas soluciones me quedan. Una de ellas es dejar de ir al cinematógrafo. La otra... 


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Horacio Quiroga 94 


Aquí un paréntesis. Yo he estado dos veces a punto de casarme. He sufrido en 
esas dos veces lo indecible pensando, calculando a cuatro decimales las 
probabilidades de felicidad que podían concederme mis dos prometidas. Y he roto las 
dos veces. 

La culpa no estaba en ellas -podrá decirse-, sino en mí, que encendía el fuego y 
destilaba una esencia que no se había formado aún. Es muy posible. Pero para algo me 
sirvió mi ensayo de química, y cuanto medité y torné a meditar hasta algunos hilos de 
plata en las sienes, puede resumirse en este apotegma: 

No hay mujer en el mundo de la cual un hombre -así la conozca desde que usaba 
pañales- pueda decir: una vez casada será así y así; tendrá este real carácter y estas 
tales reacciones. 

Sé de muchos hombres que no se han equivocado, y sé de otro en particular cuya 
elección ha sido un verdadero hallazgo, que me hizo esta profunda observación: 

Yo soy el hombre más feliz de la tierra con mi mujer; pero no te cases nunca. 

Dejemos; el punto se presta a demasiadas interpretaciones para insistir, y 
cerrémosle con una leyenda que, a lo que entiendo, estaba grabada en las puertas de 
una feliz población de Grecia: Cada cual sabe lo que pasa en su casa. 

Ahora bien; de esta convicción expuesta he deducido esta otra: la única 
esperanza posible para el que ha resistido hasta los treinta años al matrimonio es 
casarse inmediatamente con la primera chica que le guste o le haya gustado mucho al 
pasar; sin saber quién es, ni cómo se llama, ni qué probabilidades tiene de hacernos 
feliz; ignorándolo todo, en suma, menos que es joven y que tiene bellos ojos. 

En diez minutos, en dos horas a lo más -el tiempo necesario para las 
formalidades con ella o los padres y el R. C.-, la desconocida de media hora antes se 
convierte en nuestra íntima esposa. 

Ya está. Y ahora, acodados al escritorio, nos ponemos a meditar sobre lo que 
hemos hecho. 


No nos asustemos demasiado, sin embargo. Creo sinceramente que una esposa 
tomada en estas condiciones no está mucho más distante de hacernos feliz que 
cualquier otra. La circunstancia de que hayamos tratado uno o dos años a nuestra 
novia (en la sala, novias y novios son sumamente agradables), no es infalible garantía 
de felicidad. Aparentemente el previo y largo conocimiento supone otorgar esa 
garantía. En la práctica, los resultados son bastante distintos. Por lo cual vuelvo a 
creer que estamos tanto o más expuestos a hallar bondades en una esposa improvisada 
que decepciones en la que nuestra madura elección juzgó ideal. 

Dejemos también esto. Sirva, por lo menos, para autorizar la resolución muy 
honda del que escribe estas líneas, que tras el curso de sus inquietudes ha decidido 
casarse con una estrella del cine. 


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Horacio Quiroga 95 


De ellas, en resumen, ¿qué sé? Nada, o poco menos que nada. Por lo cual mi 
matrimonio vendría a ser lo que fue originariamente: una verdadera conquista, en que 
toda la esposa deseada -cuerpo, vestidos y perfumes- es un verdadero hallazgo. 
Queremos creer que el novio menos devoto de su prometida conoce, poco o mucho, el 
gusto de sus labios. Es un placer al que nada se puede objetar, si no es que roba a las 
bodas lo que debería ser su primer dulce tropiezo. Pero para el hombre que a dichas 
bodas llegue con los ojos vendados, el solo roce del vestido, cuyo tacto nunca ha 
conocido, será para él una brusca novedad cargada de amor. 

No ignoro que ésta mi empresa sobrepasa casi las fuerzas de un hombre que está 
apenas en regular posición; las estrellas son difíciles de obtener. Allá veremos. Entre 
tanto, mientras pongo en orden mis asuntos y obtengo la licencia necesaria, establezco 
el siguiente cuadro, que podríamos llamar de diagnóstico diferencial: 

Miriam Cooper - Dorothy Phillips - Brownie Vernon - Grace Cunard. El caso 
Cooper es demasiado evidente para no llevar consigo su sentencia: demasiado 
delgada. Y es lástima, porque los ojos de esta chica merecen bastante más que el 
nombre de un pobre diablo como yo. Las mujeres flacas son encantadoras en la calle, 
bajo las manos de un modisto, y siempre y toda vez que el objeto a admirar sea, no la 
línea del cuerpo, sino la del vestido. Fuera de estos casos, poco agradables son. 

El caso Phillips es más serio, porque esta mujer tiene una inteligencia tan grande 
como su corazón, y éste, casi tanto como sus ojos. 

Brownie Vernon: fuera de la Cooper, nadie ha abierto los ojos al sol con más 
hermosura en ellos. Su sola sonrisa es una aurora de felicidad. Grace Cunard, ella, 
guarda en sus ojos más picardía que Alice Lake, lo que es ya bastante decir. Muy 
inteligente también; demasiado, si se quiere. Se notará que lo que busca el autor es un 
matrimonio por los ojos. Y de aquí su desasosiego, porque, si bien se mira, una mano 
más o menos descarnada o un ángulo donde la piel debe ser tensa, pesan menos que la 
melancolía insondable, que está muriendo de amor, en los ojos de María. Elijo, pues, 
por esposa, a miss Dorothy Phillips. Es casada, pero no importa. 

El momento tiene para mí seria importancia. He vivido treinta y un años pasando 
por encima de dos noviazgos que a nada me condujeron. Y ahora tengo vivísimo 
interés en destilar la felicidad -a doble condensador esta vez- y con el fuego debido. 

Como plan de campaña he pensado en varios, y todos dependientes de la 
necesidad de figurar en ellos como hombre de fortuna. ¿Cómo, si no, miss Phillips se 
sentiría inclinada a aceptar mi mano, sin contar el previo divorcio con su mal esposo? 

Tal simulación es fácil, pero no basta. Precisa además revestir mi nombre de una 
cierta responsabilidad en el orden artístico, que un jefe de sección de ministerio no es 
común posea. Con esto y la protección del dios que está más allá de las probabilidades 
lógicas, cambio de estado. 


Con cuanto he podido hallar de chic en recortes y una profusión verdaderamente 
conmovedora de retratos y cuadros de estrellas, he ido a ver a un impresor. 

-Hágame -le dije- un número único de esta ilustración. Deseo una cosa 
extraordinaria como papel, impresión y lujo. 


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Horacio Quiroga 96 


-¿Y estas observaciones? - me consultó-. ¿Tricromías? 

-Desde luego. 

-¿Y aquí? 

-Lo que ve. 

El hombre hojeó lentamente una por una las páginas y me miró. De esta 
ilustración no se va a vender un solo ejemplar -me dijo. 

-Ya lo sé. Por esto no haga sino uno solo. 

-Es que ni éste se va a vender. 

-Me quedaré con él. Lo que deseo ahora es saber qué podrá costar. -Estas cosas 
no se pueden contestar así... Ponga ocho mil pesos, que pueden resultar diez mil. 

-Perfectamente; pongamos diez mil como máximo por diez ejemplares. ¿Le 
conviene? 

-A mí, sí; pero a usted creo que no. 

-A mí, también. Apróntemelos, pues, con la rapidez que den sus máquinas. 

Las máquinas de la casa impresora en cuestión son una maravilla; pero lo que le 
he pedido es algo para poner a prueba sus máximas virtudes. Véase, si no: una 
ilustración tipo L'Illustration en su número de Navidad, pero cuatro veces más 
voluminosa. Jamás, como publicación quincenal, se ha visto nada semejante. 

De diez mil pesos, y aun cincuenta mil, yo puedo disponer para la campaña. No 
más, y de aquí mi aristocrático empeño en un tiraje reducidísimo. Y el impresor tiene 
a su vez, razón de reírse de mi pretensión de poner en venta tal número. 

En lo que se equivoca, sin embargo, porque mi plan es mucho más sencillo. Con 
ese número en la mano, del cual soy director, me presentaré ante empresarios, 
accionistas, directores de escena y artistas del cine, como quien dice: en Buenos Aires, 
capital de Sud América, de las estancias y del entusiasmo por las estrellas, se fabrican 
estas pequeñeces. Y los yanquis, a mirarse a la cara. 

A los compatriotas de aquí que hallen que esta combinación rasa como una 
tangente a la estafa, les diré que tienen mil veces razón. Y más aún: como el 
constituirse en editor de tal publicación supone conjuntamente con una devoción muy 
viva por las bellas actrices, una fortuna también ardiente, la segunda parte de mi plan 
consiste en pasar por hombre que se ríe de unas decenas de miles de pesos para hacer 
su gusto. Segunda estafa, como se ve, más rasante que la interior. 

Pero los mismos puritanos apreciarán que yo juego mucho para ganar muy poco: 
dos ojos, por hermosos que sean, no han constituido nunca un valor de bolsa. 

Y si al final de mi empresa obtengo esos ojos, y ellos me devuelven en una larga 
mirada el honor que perdí por conquistarlos, creo que estaré en paz con el mundo, 
conmigo mismo, y con el impresor de mi revista. 

Estoy a bordo. No dejo en tierra sino algunos amigos y unas cuantas ilusiones, la 
mitad de las cuales se comieron como bombones mis dos novias. Llevo conmigo la 
licencia por seis meses, y en la valija los diez ejemplares. Además, un buen número de 
cartas, porque cae de su peso que a mi edad no considero bastante para acercarme a 
miss Phillips, toda la psicología de que he hecho gala en las anteriores líneas. 

¿Qué más? Cierro los ojos y veo, allá lejos, flamear en la noche una bandera 
estrellada. Allá voy, divina incógnita, estrella divina y vendada como el Amor. 


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Horacio Quiroga 97 


Por fin en Nueva York, desde hace cinco días. He tenido poca suerte, pues una 
semana antes se ha iniciado la temporada en Los Angeles. El tiempo es magnífico. 

-No se queje de la suerte -me ha dicho mientras almorzábamos mi informante, 
un alto personaje del cinematógrafo-. Tal como comienza el verano, tendrán allá luz 
como para impresionar a oscuras. Podrá ver a todas las estrellas que parecen 
preocuparle, y esto en los talleres, lo que será muy halagador para ellas; y a pleno sol, 
lo que no lo será tanto para usted. 

-¿Por qué? 

-Porque las estrellas de día lucen poco. Tienen manchas y arrugas. 

-Creo que su esposa, sin embargo -me he atrevido- es... 

-Una estrella. También ella tiene esas cosas. Por esto puedo informarle. Y si 
quiere un consejo sano, se lo voy a dar. Usted, por lo que puedo deducir, tiene fortuna; 
¿no es cierto? 

-Algo. 

-Muy bien. Y lo que es más fácil de ver, tiene un confortante entusiasmo por las 
actrices. Por lo tanto, o usted se irá a pasear por Europa con una de ellas y será muerto 
por la vanidad y la insolencia de su estrella, o se casará usted y se irán a su estancia de 
Buenos Aires, donde entonces será usted quien la mate a ella, a lazo limpio. Es un 
modo de decir pero expresa la cosa. Yo estoy casado. 

-Yo no; pero he hecho algunas reflexiones sobre el matrimonio... -Bien. ¿Y las 
va a poner en práctica casándose con una estrella? Usted es un hombre joven. En 
South América todos son jóvenes en este orden. De negocios no entienden la primera 
parte de un film, pero en cuestiones de faldas van a prisa. He visto a algunos correr 
muy ligero. Su fortuna, ¿la ganó o la ha heredado? 

-La heredé. 

-Se conoce. Gástela a gusto. 

Y con un cordial y grueso apretón de manos me dejó hasta el día siguiente. 

Esto pasaba anteayer. Volví dos veces más, en las cuales amplió mis 
conocimientos. No he creído deber enterarlo a fondo de mis planes, aunque el hombre 
podría serme muy útil por el vasto dominio que tiene de la cosa, lo que no le ha 
impedido, a pesar de todo, casarse con una estrella. 

-En el cielo del cine me ha dicho de despedida-, hay estrellas, asteroides y 
cometas de larga cola y ninguna sustancia dentro. ¡Ojo, amigo... panamericano! 
¿También entre ustedes está de moda este film? Cuando vuelva lo llevaré a comer con 
mi mujer; quedará encantada de tener un nuevo admirador más. ¿Qué cartas lleva para 
allá?... No, no; rompa eso. Espere un segundo... Esto sí. No tiene más que presentarse 
y casarse. ¡Ciao! 

Al partir el tren me he quedado pensando en dos cosas: que aquí también el 
¡ciao! aligera notablemente las despedidas, y que por poco que tropiece con dos o tres 
tipos como este demonio escéptico y cordial, sentiré el frío del matrimonio. 

Esta sensación particularísima la sufren los solteros comprometidos, cuando en 
la plena, somnolienta y feliz distracción que les proporciona su libertad, recuerdan 
bruscamente que al mes siguiente se casan. ¡Animo, corazón! 


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Horacio Quiroga 98 


El escalofrío no me abandona, aunque estoy ya en Los Angeles y esta tarde veré 
a la Phillips. 

Mi informante de Nueva York tenía cien veces razón; sin las cartas que él me dio 
no hubiera podido acercarme ni aun a las espaldas de un director de escena. Entre 
otros motivos, parece que los astrónomos de mi jaez abundan en Los Angeles, efecto 
del destello estelar. He visto así allanadas todas las dificultades, y dentro de dos o tres 
horas asistiré a la filmación de La gran pasión, de la Blue Bird, con la Phillips, 
Stowell, Chaney y demás, ¡por fin! 

He vuelto a tener ricos informes de otro personaje, Tom H. Burns, accionista de 
todas las empresas, primer recomendado de mi amigo neoyorquino. Ambos 
pertenecen al mismo tipo rápido y cortante. Estas gentes nada parecen ignorar tanto 
como la perífrasis. 

-Que usted ha tenido suerte -me dijo el nuevo personaje-, se ve con sólo mirarlo. 
La Universal había proyectado un raid por el Arizona, con el grupo Blue Bird. Buen 
país aquél. Una víbora de cascabel ha estado a punto de concluir con Chaney el año 
pasado. Hay más de las que se merece el Arizona. No se fíe, si va allá. ¿Y su 
ilustración...? ¡Ah!, muy bien. ¿Esto lo hicieron ustedes en la Argentina? Magnífico. 
Cuando yo tenga la fortuna suya voy a hacer también una zoncera como ésta. Zoncera, 
en boca de un buen yanqui, ya sabe lo que quiere decir. ¡Ah, ah...! Todas las estrellas. 
Y algunas repetidas. Demasiado repetidas, es la palabra, para un simple editor. ¿Usted 
es el editor? 

-Sí. 

-No tenía la menor duda. ¿Y la Phillips? Hay lo menos ocho retratos suyos. 

-Tenemos en la Argentina una estimación muy grande por esta artista. 

-¡Ya lo creo! Esto se ve con sólo mirarle a usted la cara. ¿Le gusta? -Bastante. 

-¿Mucho? 

-Locamente. 

-Es un buen modo de decir. Hasta luego. Lo espero a las tres en la Universal. 

Y se fue. Todo lo que pido es que este sentimiento hacia la Phillips, que, según 
parece, se me ve en seguida en la cara, no sea visto por ella. Y si lo ve, que lo guarde 
su corazón y me lo devuelvan sus ojos. 


Mientras escribo esto no me conformo del todo con la idea de que ayer vi a 
Dorothy Phillips, a ella misma, con su cuerpo, su traje y sus ojos. Algo imprevisto me 
había ocupado la tarde, de modo que apenas pude llegar al taller cuando el grupo Blue 
Bird se retiraba al centro. 

-Ha hecho mal -me dijo mi amigo-, ¿Trae su ilustración? Mejor; así podrá 
hojeársela a su favorita. Venga con nosotros al bar. ¿Conoce a aquel tipo? 

-Sí; Lon Chaney. 

-El mismo. Tenía los pliegues de la boca más marcados cuando se acostó con el 
crótalo. Ahí tiene a su estrella. Acérquese. 

Pero alguno lo llamó, y Bums se olvidó de mí hasta la mitad de la tarde, ocupado 
en chismes del oficio. 


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En la mesa del bar -éramos más de quince- yo ocupé un rincón de la cabecera, 
lejos de la Phillips, a cuyo lado mi amigo tomó asiento. Y si la miraba yo a ella no hay 
para qué insistir. Yo no hablaba, desde luego, pues no conocía a nadie; ellos, por su 
parte, no se preocupaban en lo más mínimo de mí, ocupados en cruzar la mesa de 
diálogos en voz muy alta. 

Al cabo de una hora Burns me vio. 

-¡Hola! -me gritó-. Acérquese aquí. Duncan, deje su asiento, y cámbielo por el 
del señor. Es un amigo reciente, pero de unos puños magníficos para hacerse 
ilusiones. ¿Cierto? Bien, siéntese. Aquí tiene a su estrella. Puede acercarse más. 
Dolly, le presento a mi amigo Grant, Guillermo Grant. Habla inglés, pero es 
sudamericano, como a mil leguas de México. ¡Ojalá se 

hubieran quedado con el Arizona! No la presento a usted, porque mi amigo la 
conoce. ¿La ilustración, Grant? Usted verá, Dolly, si digo bien. 

No tuve más remedio que tender el número, que mi amigo comenzó a hojear del 
lado derecho de la Phillips. 

-Vaya viendo, Dolly. Aquí, como es usted. Aquí, como era en la Lola Morgan... 

Le pasó el número, que ella prosiguió hojeando con una sonrisa. Mi amigo había 
dicho ocho, pero eran doce los retratos de ella. Sonreía siempre, pasando rápidamente 
la vista sobre sus fotografías, hasta que se dignó volverse a mí: 

-¿Suya, verdad, la edición? Es decir, ¿usted la dirige? 

-Sí, señora. 

Aquí una buena pausa, hasta que concluyó el número. Entonces mirándome por 
primera vez en los ojos, me dijo: 

-Estoy encantada... 

-No deseaba otra cosa. 

-Muy amable. ¿Podría quedarme con este número? Como yo demorara un 
instante en responder, ella añadió: 

-Si le causa la menor molestia... 

-¿A él? -volvió la cabeza a nosotros mi amigo-. No. -No es usted, Tom -objetó 
ella-, quien debe responder. 

A lo que repuse mirándola a mi vez en los ojos con tanta cordialidad como ella a 
mí un momento antes: 

-Es que el solo hecho, miss Phillips, de haber dado en la revista doce fotografías 
suyas me excusa de contestar a su pedido. 

-Miss -observó mi amigo, volviéndose de nuevo-. Muy bien. Un kanaca de tres 
años no se equivocaría. Pero para un americano de allá abajo no hay diferencia. 
Mistress Phillips, aquí presente, tiene un esposo. Aunque bien mirado... Dolly, ¿ya 
arregló eso? 

-Casi. A fin de semana, me parece... 

-Entonces, miss de nuevo. Grant: si usted se casa, divórciese; no hay nada más 
seductor, a excepción de la propia mujer, después. Miss. Usted tenía razón hace un 
momento. Dios le conserve siempre ese olfato. 

Y se despidió de nosotros. 

-Es nuestro mejor amigo -me dijo la Phillips-. Sin él, que sirve de lazo de unión, 
no sé qué sería de las empresas unas en contra de las otras. No respondí nada, claro 


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está y ella aprovechó la feliz circunstancia para volverse al nuevo ocupante de su 
derecha y no preocuparse en absoluto de mí. 

Quedé virtualmente solo, y bastante triste. Pero como tengo muy buen estómago, 
comí y bebí con digna tranquilidad que dejó, supongo, bien sentado mi nombre a este 
respecto. 

Así, al retirarnos en comparsa, y mientras cruzábamos el jardín para alcanzar los 
automóviles, no me extrañó que la Phillips se hubiera olvidado hasta de sus doce 
retratos en mi revista -y ¡qué diremos de mí!-. Pero cuando puso un pie en el 
automóvil se volvió a dar la mano a alguno, y entonces alcanzó a verme. 

-¡Señor Grant! me gritó-. No se olvide de que nos prometió ir al taller esta 
noche. 

Y levantando el brazo, con ese adorable saludo de la mano suelta que las artistas 
dominan a la perfección: 

-¡Ciao! -se despidió. 


Tal como está planteado este asunto, hoy por hoy, pueden deducirse dos cosas: 

Primera. Que soy un desgraciado tipo si pretendo otra cosa que ser un south 
americano salvaje y millonario. 

Segunda. Que la señorita Phillips se preocupa muy poco de ambos aspectos, a no 
ser para recordarme por casualidad una invitación que no se me había hecho. 

-"No se olvide que lo esperamos"... 

Muy bien. Tras de mi color trigueño hay dos o tres estancias que se pueden 
obtener fácilmente, sin necesidad en lo sucesivo de hacer muecas en la pantalla. Un 
sudamericano es y será toda la vida un rastacuero, magnífico marido que no pedirá 
sino cajones de champaña a las tres de la mañana, en compañía de su esposa y de 
cuatro o cinco amigos solteros. Tal piensa miss Phillips. 

Con lo que se equivoca profundamente. 

Adorada mía: un sudamericano puede no entender de negocios ni la primera 
parte de un film; pero si se trata de una falda, no es el cónclave entero de 
cinematografistas quien va a caldear el mercado a su capricho. Mucho antes, allá, en 
Buenos Aires, cambié lo que me quedaba de vergüenza por la esperanza de poseer dos 
bellos ojos. 

De modo que yo soy quien dirige la operación, y yo quien me pongo en venta, 
con mi acento latino y mis millones. ¡Ciao! 


A las diez en punto estaba en los talleres de la Universal. La protección de mi 
prepotente amigo me colocó junto al director de escena, inmediatamente debajo de las 
máquinas, de modo que pude seguir hito a hito la impresión de varios cuadros. 

No creo que haya muchas cosas más artificiales e incongruentes que las escenas 
de interior del film. Y lo más sorprendente, desde luego, es que los actores lleguen a 
expresar con naturalidad una emoción cualquiera ante la comparsa de tipos plantados 
a un metro de sus ojos, observando su juego. 


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En el teatro, a quince o treinta metros del público, concibo muy bien que un 
actor, cuya novia del caso está junto a él en la escena, pueda expresar más o menos 
bien un amor fingido. Pero en el taller el escenario desaparece totalmente, cuando los 
cuadros son de detalle. Aquí el actor permanece quieto y solo mientras la máquina se 
va aproximando a su cara, hasta tocarla casi. Y el director le grita: 

-Mire ahora aquí... Ella se ha ido, ¿entiende? Usted cree que la va a perder... 
¡Mírela con melancolía...! ¡Más! ¡Eso no es melancolía...! Bueno, ahora, sí... ¡La luz! 

Y mientras los focos inundan hasta enceguecerlo la cara del infeliz, él permanece 
mirando con aire de enamorado a una escoba o a un tramoyista, ante el rostro aburrido 
del director. 

Sin duda alguna se necesita una muy fuerte dosis de desparpajo para expresar no 
importa qué en tales circunstancias. Y ello proviene de que Dios hizo el pudor del 
alma para los hombres y algunas mujeres, pero no para los actores. 

Admirables, de todos modos, estos seres que nos muestran luego en la totalidad 
del film una caracterización sumamente fuerte a veces. En Casa de muñecas, por 
ejemplo, obra laboriosamente interpretada en las tablas, está aún por nacer la actriz 
que pueda medirse con la Nora de Dorothy Phillips, aunque no se oiga su voz ni sea 
ésta de oro, como la de Sarah. Y de paso sea dicho: todo el concepto latino del cine 
vale menos que un humilde film yanqui, a diez centavos. Aquél pivota entero sobre la 
afectación, y en éste suele hallarse muy a menudo la divina condición que es primera 
en las obras de arte, como en las cartas de amor: la sinceridad, que es la verdad de 
expresión interna y externa. 

"Vale más una declaración de amor torpemente hecha en prosa, que una 
afiligranada en verso." 

Este humilde aforismo de los jóvenes da la razón de cuándo el arte es obra de 
modistas, y cuándo de varones. 

-Sí, pero las gentes no lo ven -me decía Stowell cuando salíamos del taller-. 
Usted conoce las concesiones ineludibles al público en cada film. 

-Desde luego; pero el mismo público es quien ha hecho la fama del arte de 
ustedes. Algo pesca siempre; algo hay de lúcido en la honradez -aun la artística- que 
abre los ojos del mismo ciego. 

-En el país de usted es posible; pero en Europa levantamos siempre resistencia. 
Cuantas veces pueden no dejar de imputarnos lo que ellos llaman falta de expresión, y 
que no es más que falta de gesticulación. Esta les encanta. Los hombres, sobre todo, 
les resultamos sobrios en exceso. Ahí tiene, por ejemplo, Sendero de espinas. Es el 
trabajo que he hecho más a gusto... ¿Se va? Venga con nosotros al bar. ¡Oh, la mesa 
es grande...! ¡Dolly! La interpelada, que cruzaba ya el veredón, se volvió. 

-Dolly, lleve al señor Grant al bar. Thedy se llevó mi auto. 

-¡Y sí! Siento no poder llevarlo, Stowell... Está lleno. 

-Si me permite podríamos ir en mi máquina -me ofrecí. 

-¡Ya lo creo! Entre, Stowell. ¡Cuidado! Usted cada vez se pone más grande. 

Y he aquí cómo hice el primer viaje en automóvil con Dorothy Phillips, y cómo 
he sentido también por primera vez el roce de su falda, ¡y nada más! 


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Stowell, por su parte, me miraba con atención, debida, creo, a la rareza de hallar 
conceptos razonables sobre arte en un hijo pródigo de la Argentina. Por lo cual 
hicimos mesa aparte en el bar. Y para satisfacer del todo su curiosidad, me dejé ir a 
diversas impresiones, incluso las anotadas más arriba, sobre el taller. 

Stowell es inteligente. Es además, el hombre que en este mundo ha visto más 
cerca el corazón de la Phillips desmayándosele en los ojos. Este privilegio suyo crea 
así entre nosotros un tierno parentesco que yo soy el único en advertir. 

A excepción de Burns. 

-Buenas noches a uno y otro -nos ha puesto las manos en los hombros-. ¿Bien, 
Stowell? No pude ir. ¿Cuántos cuadros? No adelantan gran cosa, que digamos. ¿Y 
usted, Grant? ¿Adelanta algo? No responda, es inútil... 

-¿Se me ve también en la cara? -no he podido menos de reírme. 

-Todavía no; lo que se ve desde ya es que a Stowell alcanza también su efusión. 
Dolly quiere almorzar mañana con usted y Stowell. No está segura de que sean doce 
las fotografías de su número. Seremos los cuatro. ¿No le ha dicho nada Dolly? ¡Dolly! 
Deje a su Lon un momento. Aquí están los dos Stowell. Y la ventana es fresca. 

-¡Cómo lo olvidé! -nos dijo la Phillips viniendo a sentarse con nosotros-. Estaba 
segura de habérselo dicho... Tendré mucho gusto, señor Grant. Tom: ¿usted dice que 
está más fresco aquí? Bajemos, por lo menos, al jardín. 

Bajamos al jardín. Stowell tuvo el buen gusto de buscarme la boca, y no hallé el 
menor inconveniente en recordar toda la serie de meditaciones que había hecho en 
Buenos Aires sobre este extraordinario arte nuevo, en un pasado remoto, cuando 
Dorothy Phillips, con la sombra del sombrero hasta los labios, no me estaba mirando, 
¡hace miles de años! 

Lo cierto es que aunque no hablé mucho, pues soy más bien parco de palabras, 
me observaban con atención. 

-¡Hum...! -me dije-. Torna a reproducirse el asombro ante el hijo pródigo del 

Sur. 

-¿Usted es argentino? -rompió Stowell al cabo de un momento. 

-Sí. 

-Su nombre es inglés. 

-Mi abuelo lo era. No creo tener ya nada de inglés. 

-¡Ni el acento! 

-Desde luego. He aprendido el idioma solo, y lo practico poco. La Phillips me 
miraba. 

-Es que le queda muy bien ese acento. Conozco muchos mejicanos que hablan 
nuestra lengua, y no parece... No es lo mismo. 

-¿Usted es escritor? -tornó Stowell. 

-No -repuse. 

-Es lástima, porque sus observaciones tendrían mucho valor para nosotros, 
viniendo de tan lejos y de otra raza. 

-Es lo que pensaba -apoyó la Phillips-, La literatura de ustedes se vería muy 
reanimada con un poco de parsimonia en la expresión. 

-Y en las ideas -dijo Burns-, Esto no hay allá. Dolly es muy fuerte en este sector. 

-¿Y usted escribe? -me volví a ella. 


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-No; leo cuantas veces tengo tiempo... Conozco bastante, para ser mujer, lo que 
se escribe en Sud América. Mi abuela era de Texas. Leo el español, pero no puedo 
hablarlo. 

-¿Y le gusta? 

-¿Qué? 

-La literatura latina de América. Se sonrió. 

-¿Sinceramente? No. 

-¿Y la de Argentina? 

-¿En particular? No sé... Es tan parecido todo... ¡tan mejicano! 

-¡Bien, Dolly! -reforzó Burns-, En el Arizona, que es México, desde los mestizos 
hasta su mismo infierno, hay crótalos. Pero en el resto hay sinsontes, y pálidas 
desposadas, y declamación en todo. Y el resto, ¡falso! Nunca vi cosa que sea distinta 
en la América de ustedes. ¡Salud, Grant! 

-No hay de qué. Nosotros decimos, en cambio, que aquí no hay sino máquinas. 

-¡Y estrellas de cinematógrafo! -se levantó Bums, poniéndome la mano en el 
hombro, mientras Stowell recordaba una cita y retiraba a su vez la silla. 

-Vamos, Tom; se nos va a ir el tren. Hasta mañana, Dolly. Buenas noches, Grant. 

Y quedamos solos. Recuerdo muy bien haber dicho que de ella deseaba 
reservarlo todo para el matrimonio, desde su perfume habitual hasta el escote de sus 
zapatos. Pero ahora, enfrente de mí, inconmensurablemente divina por la evocación 
que había volcado la urna repleta de mis recuerdos, yo estaba inmóvil, devorándola 
con los ojos. 

Pasó un instante de completo silencio. 

-Hermosa noche -dijo ella. 

Yo no contesté. Entonces se volvió a mí. 

-¿Qué mira?-me preguntó. 

La pregunta era lógica; pero su mirada no tenía la naturalidad exigióle. -La miro 
a usted -respondí. 

-Dése el gusto. 

-Me lo doy. Nueva pausa, que tampoco resistió ella esta vez. -¿Son tan 
divertidos como usted en la Argentina? 

-Algunos. -Y agregué-: Es que lo que le he dicho está a una legua de lo que cree. 

-¿Qué creo? 

-Que he comenzado con esa frase una conquista de suramericano. Ella me miró 
un instante sin pestañear. 

-No -me respondió sencillamente- Tal vez lo creí un momento, pero reflexioné. 

-¿Y no le parezco un piratilla de rica familia, no es cierto? 

-Dejemos, Grant, ¿le parece? -se levantó. 

-Con mucho gusto, señora. Pero me dolería muchísimo más de lo que usted cree 
que me desconociera hasta este punto. 

-No lo conozco aún; usted mejor que yo debe de comprenderlo. Pero no es nada. 
Mañana hablaremos con más calma. A la una, no se olvide. 


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He pasado mala noche. Mi estado de ánimo será muy comprensible para los 
muchachos de veinte años a la mañana siguiente de un baile, cuando sienten los 
nervios lánguidos y la impresión deliciosa de algo muy lejano, y que ha pasado hace 
apenas siete horas. 

-Duerme, corazón. 


Diez nuevos días transcurridos sin adelantar gran cosa. Ayer he ido, como 
siempre, a reunirme con ellos a la salida del taller. 

-Vamos, Grant me dijo Stowell-. Lon quiere contarle eso de la víbora de 
cascabel. 

-Hace mucho calor en el bar -observé. 

-¿No es cierto? -se volvió la Phillips-. Yo voy a tomar un poco de aire. ¿Me 
acompaña, Grant? 

-Con mucho gusto. Stowell: a Chaney, que esta noche lo veré. Allá, en mi tierra, 
hay, pero son de otra especie. A sus órdenes, miss Phillips. 

Ella se rió. 

-¡Todavía no! 

-Perdón. 

Y salimos a buena velocidad, mientras el crepúsculo comenzaba a caer. Durante 
un buen rato ella miró adelante, hasta que se volvió francamente a mí. 

-Y bien: dígame ahora, pero la verdad, por qué me miraba con tanta atención 
aquella noche... y otras veces. 

Yo estaba también dispuesto a ser franco. Mi propia voz me resultó a mí grave. 

-Yo la miro con atención -le dije- porque durante dos años he pensado en usted 
cuanto puede un hombre pensar en una mujer; no hay otro motivo. 

-¿Otra vez...? 

-No; ¡ya sabe que no! -¿Y qué piensa? 

-Que usted es la mujer con más corazón y más inteligencia que haya interpretado 
personaje alguno. 

-¿Siempre le pareció eso? -Siempre. Desde Lola Morgan. 

-No es ése mi primer film. -Lo sé; pero antes no era usted dueña de sí. Me callé 
un instante. 

-Usted tiene -proseguí-, por encima de todo, un profundo sentimiento de 
compasión. No hay para qué recordar; pero en los momentos de sus films, en que la 
persona a quien usted ama cree serle indiferente por no merecerla, y usted lo mira sin 
que él lo advierta, la mirada suya en esos momentos, y ese lento cabeceo suyo y el 
mohín de sus labios hinchados de ternura, todo esto no es posible que surja sino de 
una estimación muy honda por el hombre viril, y de un corazón que sabe hondamente 
lo que es amar. Nada más. 

-Gracias, pero se equivoca. 

-No. 

-¡Está muy seguro! 

-Sí. Nadie, créame, la conoce a usted como yo. Tal vez conocer no es la palabra; 
valorar, esto quiero decir. 


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-¿Me valora muy alto? 

-Sí. 

-¿Como artista? 

-Y como mujer. En usted son una misma cosa. 

-No todos piensan como usted. 

-Es posible. 

Y me callé. El auto se detuvo. 

-¿Bajamos un instante? -dijo-. Es tan distinto este aire al del centro... 

Caminamos un momento, hasta que se dejó caer en un banco de la alameda. 

-Estoy cansada; ¿usted no? 

Yo no estaba cansado, pero tenía los nervios tirantes. Exactamente como en un 
film estaba el automóvil detenido en la calzada. Era ese mismo banco de piedra que 
yo conocía bien, donde ella, Dorothy Phillips, estaba esperando. Y Stowell... Pero no; 
era yo mismo quien me acercaba, no Stowell; yo, con el alma temblándome en los 
labios por caer a sus pies. Quedé inmóvil frente a ella, que soñaba: 

-¿Por qué me dice esas cosas...? 

-Se las hubiera dicho mucho antes. No la conocía. 

-Queda muy raro lo que dice, con su acento... 

-Puedo callarme -corté. 

Ella alzó entonces los ojos desde el banco, y sonrió vagamente, pero un largo 
instante. 

-¿Qué edad tiene? -murmuró al fin. 

-Treinta y un años. 

-¿Y después de todo lo que me ha dicho, y que yo he escuchado, me ofrece 
callarse porque le digo que le queda muy bien su acento? 

-¡Dolly! 

Pero ella se levantaba con brusco despertar. 

-¡Volvamos...! La culpa la tengo yo, prestándome a esto... Usted es un muchacho 
loco, y nada más. 

En un momento estuve delante de ella, cerrándole el paso. 

-¡Dolly! ¡Míreme! Usted tiene ahora la obligación de mirarme. Oiga esto, 
solamente: desde lo más hondo de mi alma le juro que una sola palabra de cariño suya 
redimiría todas las canalladas que haya yo podido cometer con las mujeres. Y que si 
hay para mí una cosa respetable, ¿oye bien?, ¡es usted misma! Aquí tiene -concluí 
marchando adelante-. Piense ahora lo que quiera de mí. 

Pero a los veinte pasos ella me detenía a su vez. 

-Óigame usted ahora a mí. Usted me conoce hace apenas quince días. 

Y yo bruscamente: 

-Hace dos años; no son un día. 

-Pero, ¿qué valor quiere usted que dé a un... a una predilección como la suya por 
mis condiciones de interpretación? Usted mismo lo ha dicho. ¡Y a mil leguas! 

-O a dos mil; ¡es lo mismo! Pero el solo hecho de haber conocido a mil leguas 
todo lo que usted vale... Y ahora no estoy en Buenos Aires -concluí. 

-¿A qué vino? 

-A verla. 

-¿Exclusivamente? 


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-Exclusivamente . 

-¿Está contento? 

-Sí. 

Pero mi voz era bastante sorda. 

-¿Aun después de lo que le he dicho? 

No contesté. 

-¿No me responde? -insistió-. Usted, que es tan amigo de jurar, ¿puede jurarme 
que está contento? 

Entonces, de una ojeada, abarqué el paisaje crepuscular, cuyo costado ocupaba el 
automóvil esperándonos. 

-Estamos haciendo un film -le dije-, Continuémoslo. Y poniéndole la mano 
derecha en el hombro: 

-Míreme bien en los ojos... Dígame ahora. ¿Cree usted que tengo cara de odiarla 
cuando la miro? 

Ella me miró, me miró... 

-Vamos -se arrancó pestañeando. 

Pero yo había sentido, a mi vez, al tener sus ojos en los míos, lo que nadie es 
capaz de sentir sin romperse los dedos de impotente felicidad. 

-Cuando usted vuelva -dijo por fin en el auto- va a tener otra idea de mí. 

-Nunca. 

-Ya verá. Usted no debía haber venido... 

-¿Por usted o por mí? 

-Por los dos... ¡A casa, Harry! Y a mí: 

-¿Quiere que lo deje en alguna parte? 

-No; la acompaño hasta su casa. 

Pero antes de bajar me dijo con voz clara y grave: 

-Grant... respóndame con toda franqueza... ¿Usted tiene fortuna? 

En el espacio de un décimo de segundo reviví desde el principio toda esta 
historia, y vi la sima abierta por mí mismo, en la que me precipitaba. 

-Sí respondí. 

-¿Muy grande? ¿Comprende por qué se lo pregunto? 

-Sí -reafirmé. 

Sus inmensos ojos se iluminaron, y me tendió la mano. 

-¡Hasta pronto, entonces! ;Ciao! 

Caminé los primeros pasos con los ojos cerrados. Otra voz y otro ¡Ciao!, que era 
ahora una bofetada, me llegaban desde el fondo de quince días lejanísimos, cuando al 
verla y soñar en su conquista me olvidé un instante de que yo no era sino un vulgar 
pillete. 

Nada más que esto; he aquí a lo que he llegado, y lo que busqué con todas mis 
psicologías. ¿No descubrí allá abajo que las estrellas son difíciles de obtener porque 
sí, y que se requiere una gran fortuna para adquirirlas? Allí estaba, pues, la 
confirmación. ¿No levanté un edificio cínico para comprar una sola mirada de amor de 
Dorothy Phillips? No podía quejarme. 

¿De qué, pues, me quejo? 

Surgen nítidas las palabras de mi amigo: "De negocios los sudamericanos no 
entienden ni el abecé". 


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¡Ni de faldas, señor Burns! Porque si me faltó dignidad para vestirme ante ella 
de pavo real, siento que me sobra vergüenza para continuar recibiendo por más tiempo 
una sonrisa que está aspirando sobre mi cara trigueña la inmensa pampa alfalfada. 
Conté con muchas cosas; pero con lo que no conté nunca es con este rubor tardío que 
me impide robar -aun tratándose de faldas- un beso, un roce de vestido, una simple 
mirada que no conquisté pobre. 

He aquí a lo que he llegado. Duerme, corazón, ¡para siempre! 


Imposible. Cada día la quiero más, y ella... Precisamente por esto debo concluir. 
Si fuera ella a esta regia aventura matrimonial con indiferencia hacia mí, acaso hallara 
fuerzas para llegar al fin. Negocio contra negocio. Pero cuando muy cerca a su lado 
encuentro su mirada, y el tiempo se detiene sobre nosotros, soñando él a su vez, 
entonces mi amor a ella me oprime la mano como a un viejo criminal y vuelvo en mí. 

¡Amor mío! Una vez canté ;Ciao! porque tenía todos los triunfos en mi juego. 
Los rindo ahora, mano sobre mano, ante una última trampa más fuerte que yo: 
sacrificarte. 

Llevo la vida de siempre, en constante sociedad con Dorothy Phillips, Burns, 
Stowell, Chaney del cual he obtenido todos los informes apetecidos sobre las víboras 
de cascabel y su manera de morder. 

Aunque el calor aumenta, no hay modo de evitar el bar a la salida del taller. 
Cierto es que el hielo lo congela aquí todo, desde el chicle a los ananás. Rara vez 
como solo. De noche, con la Phillips. Y de mañana, con Burns y Stowell, por lo 
menos. Sé por mi amigo que el divorcio de la Phillips es cosa definitiva, miss, por lo 
tanto. 

-Como usted lo meditó antes de adivinarlo me ha dicho Burns-. ¿Matrimonio, 
Grant? No es malo. Dolly vale lo que usted, y otro tanto. 

-¿Pero ella me quiere realmente? he dejado caer. 

-Grant: usted haría un buen film; pero no poniéndome a mí de director de escena. 
Cásese con su estrella y gaste dos millones en una empresa. Yo se la administro. Hasta 
aquí Burns. ¿Qué le parece La gran pasión? 

-Muy buena. El autor no es tonto. Salvo un poco de amaneramiento de Stowell, 
ese tipo de carácter le sale. Dolly tiene pasajes como hace tiempo no hallaba. 

-Perfecto. No llegue tarde a la comida. 

-¿Hoy? Creía que era el lunes. 

-No. El lunes es el banquete oficial, con damas de mundo, y además. La 
consagración. A propósito: ¿usted tiene la cabeza fuerte? 

-Ya se lo probé la primera noche. 

-No basta. Hoy habrá concierto de rom al final. 

-Pierda cuidado. 

Magnífico. Para mi situación actual, una orquesta es lo que me conviene. 


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Horacio Quiroga 108 


Concluido todo. Sólo me resta hacer los preparativos y abandonar Los Angeles. 
¿Qué dejo, en suma? Un mal negocillo imaginativo, frustrado. Y más abajo, hecho 
trizas, mi corazón. 

El incidente de anoche pudo haberme costado, según Burns, a quien acabo de 
dejar en la estación, rojo de calor. 

-¿Qué mosquitos tienen ustedes allá? -me ha dicho-. No haga tonterías, Grant. 
Cuando uno no es dueño de sí, se queda en Buenos Aires. ¿Lo ha visto ya? Bueno, 
hasta luego. 

Se refiere a lo siguiente: 

Anoche, después del banquete, cuando quedamos solos los hombres, hubo 
concierto general, en mangas de camisa. Yo no sé hasta dónde puede llegar la 
bonachona tolerancia de esta gente para el alcohol. Cierto es que son de origen inglés. 

Pero yo soy suramericano. El alcohol es conmigo menos benevolente, y no tengo 
además motivo alguno de felicidad. El rom interminable me ponía constantemente por 
delante a Stowell, con su pelo movedizo y su alta nariz de cerco. Es en el fondo un 
buen muchacho con suerte, nada más. ¿Y por qué me mira? ¿Cree que le voy a 
envidiar algo, sus bufonadas amorosas con cualquier cómica, para compadecerme así? 
¡Infeliz! 

-¡A su salud, Stowell! brindé-, ¡Al gran Stowell! 

-¡A la salud de Grant! 

-Y a la de todos ustedes... ¡Pobres diablos! 

El ruido cesó bruscamente; todas las miradas estaban sobre mí. 

-¿Qué pasa, Grant? -articuló Burns. 

-Nada, queridos amigos... sino que brindo por ustedes. Y me puse de pie. 

-Brindo a la salud de ustedes, porque son los grandes ases del cinematógrafo: 
empresa Universal, grupo Blue Bird, Lon Chaney, William S. Stowell y... ¡todos! 
Intérpretes del impulso, ¿eh, Chaney? Y del amor... ¡todos! ¡Y del amor, nosotros, 
William S. Stowell! Intérpretes y negociantes del arte, ¿no es esto? ¡Brindo por la 
gran fortuna del arte, amigos únicos! ¡Y por la de alguno de nosotros! ¡Y por el amor 
artístico a esa fortuna, William S. Stowell, compañero! 

Vi las caras contraídas de disgusto. Un resto de lucidez me permitió apreciar 
hasta el fondo las heces de mi actitud, y el mismo resto de dominio de mí me contuvo. 
Me retiré, saludando ampliamente. 

-¡Buenas noches, señores! Y si alguno de los presentes, o Stowell o quienquiera 
que sea, quiere seguir hablando mañana conmigo, estoy a sus órdenes. ¡Ciao! 


Se comprende bien que lo primero que he hecho esta mañana al levantarme ha 
sido ir a buscar a Stowell. 

-Perdóneme le he dicho-. Ustedes son aquí de otra pasta. Allá, el alcohol nos 
pone agresivos e idiotas. 

-Hay algo de esto -me ha apretado la mano sonriendo-. Vamos al bar; allá 
encontraremos la soda y el hielo necesarios. 

Pero en el camino me ha observado: 


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Horacio Quiroga 109 


-Lo que me extraña un poco en usted es que no creo tenga motivos para estar 
disgustado de nadie. ¿No es cierto? -Me ha mirado con intención. -Más o menos -he 
cortado. 

-Bien. 

La soda y el hielo son pobres recursos, cuando lo que se busca es sólo un poco 
de satisfacción de sí mismo. 

"Concluyó todo" -anoté este mediodía-. Sí, concluyó. 

A las siete, cuando comenzaba a poner orden en la valija, el teléfono me llamó. 

-¿Grant? 

-Sí. 

-Dolly. ¿No va a venir, Grant? Estoy un poco triste. 

-Yo más. Voy en seguida. 

Y fui, con el estado de ánimo de Régulo cuando volvía a Cartago a sacrificar su 
vida por insignificancias de honor. 

¡Dolly! ¡Dorothy Phillips! ¡Ni la ilusión de haberte gustado un día me queda! 

Estaba en traje de calle. 

-Sí; hace un momento pensaba salir. Pero le telefoneé. ¿No tenía nada que hacer? 

-Nada. 

-¿Ni aun deseos de verme? 

Pero al mirarme de cerca me puso lentamente los dedos en el brazo. 

-¡Grant! ¿Qué tiene usted hoy? 

Vi sus ojos angustiados por mi dolor huraño. 

-¿Qué es eso, Grant? 

Y su mano izquierda me tomó del otro brazo. Entonces fijé mis ojos en los de 
ella y la miré larga y claramente. 

-¡Dolly! -le dije-, ¿Qué idea tiene usted de mí? 

-¿Qué? 

-¿Qué idea tiene usted de mí? No, no responda... ya sé; que soy esto y aquello... 
¡Dolly! Se lo quería decir, y desde hace mucho tiempo... Desde hace mucho tiempo no 
soy más que un simple miserable. ¡Y si siquiera fuese esto...! Usted no sabe nada. 
¿Sabe lo que soy? Un pillete, nada más. Un ladronzuelo vulgar, menos que esto... Esto 
es lo que soy. ¡Dolly! ¿Usted cree que tengo fortuna, no es cierto? 

Sus manos cayeron; como estaba cayendo su última ilusión de amor por un 
hombre; como había caído yo... 

-¡Respóndame! ¿Usted lo creía? 

-Usted mismo me lo dijo -murmuró. 

-¡Exactamente! Yo mismo se lo dije, y lo dejé decir a todo el mundo. Que tenía 
una gran fortuna, millones... Esto le dije. ¿Se da bien cuenta ahora de lo que soy? ¡No 
tengo nada, ni un millón, ni nada! Menos que un miserable, ya se lo dije; ¡un pillete 
vulgar! Esto soy, Dolly. 

Y me callé. Pudo haberse oído durante un rato el vuelo de una mosca. Y mucho 
más la lenta voz, si no lejana, terriblemente distante de mí: 

-¿Por qué me engañó, Grant...? 

-¿Engañar? -salté entonces volviéndome bruscamente a ella-. ¡Ah, no! ¡No la he 
engañado! Esto no... Por lo menos... ¡No, no la engañé, porque acabo de hacer lo que 
no sé si todos harían! Es lo único que me levanta aún ante mí mismo. ¡No, no! 

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Engaño, antes, puede ser; pero en lo demás... ¿Usted se acuerda de lo que le dije la 
primera tarde? Quince días decía usted. ¡Eran dos años! ¡Y aun sin conocerla! Nadie 
en el mundo la ha valorado ni ha visto lo que era usted como mujer, como yo. ¡Ni 
nadie la querrá jamás todo cuanto la quiero! ¿Me oye? ¡Nadie, nadie! 

Caminé tres pasos; pero me senté en un taburete y apoyé los codos en las 
rodillas, postura cómoda cuando el firmamento se desploma sobre nosotros. 

-Ahora ya está.. .-murmuré-. Me voy mañana... Por eso se lo he dicho... 

Y más lento: 

-Yo le hablé una vez de sus ojos cuando la persona a quien usted amaba no se 
daba cuenta... 

Y callé otra vez, porque en la situación mía aquella evocación radiante era 
demasiado cruel. Y en aquel nuevo silencio de amargura desesperada -y final- oí, pero 
como en sueños, su voz. 

-¡Zonzote! 

¿Pero era posible? Levanté la cabeza y la vi a mi lado, ¡a ella! ¡Y vi sus ojos 
inmensos, húmedos de entregado amor! ¡Y el mohín de sus labios, hinchados de 
ternura consoladora, como la soñaba en ese instante! ¡Como siempre la vi conmigo! 

-¡Dolly! -salté. 

Y ella, entre mis brazos: 

-¡Zonzo...! ¡Crees que no lo sabía! 

-¿Qué...? ¿Sabías que era pobre? 

-¡Y sí! 

-¡Mi vida! ¡Mi estrella! ¡Mi Dolly! 

-Mi suramericano... 

-¡Ah, mujer siempre...! ¿Por qué me torturaste así? 

-Quería saber bien... Ahora soy toda tuya. 

-¡Toda, toda! No sabes lo que he sufrido... ¡Soy un canalla, Dolly! 

-Canalla mío... 

-¿Y tú? 

-Tuya. 

-¡Farsante, eso eres! ¿Cómo pudiste tenerme en ese taburete media hora, si 
sabías ya? Y con ese aire: "¿Por qué me engañó, Grant...?". 

-¿No te encantaba yo como intérprete? 

-¡Mi amor adorado! ¡Todo me encanta! Hasta el film que hemos hecho. 
¡Contigo, por fin, Dorothy Phillips! 

-¿Verdad que es un film? 

-Ya lo creo. Y tú ¿qué eres? 

-Tu estrella. 

-¿Y yo? 

-Mi sol. 

-¡Pst! Soy hombre. ¿Qué soy? Y con su arrullo: 

-Mi suramericano... 


He volado en el auto a buscar a Burns. 


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-Me caso con ella -le he dicho-. Burns: usted es el más grande hombre de este 
país, incluso el Arizona. Otra buena noticia: no tengo un centavo. 

-Ni uno. Esto lo sabe todo Los Angeles. He quedado aturdido. 

-No se aflija -me ha respondido-. ¿Usted cree que no ha habido antes que usted 
mozalbetes con mejor fortuna que la suya alrededor de Dolly? Cuando pretenda otra 
vez ser millonario -para divorciarse de Dolly, por ejemplo-, suprima las informaciones 
telegráficas. Mal negociante, Grant. 

Pero una sola cosa me ha inquietado. 

-¿Por qué dice que me voy a divorciar de Dolly? 

-¿Usted? Jamás. Ella vale dos o tres Grant, y usted tiene más suerte ante los ojos 
de ella de la que se merece. Aproveche. 

-¡Déme un abrazo, Burns! 

-Gracias. ¿Y usted qué hace ahora, sin un centavo? Dolly no le va a copiar sus 
informes del ministerio. 

Me he quedado mirándolo. 

-Si usted fuera otro, le aconsejaría que se contratara con Stowell y Chaney. Con 
menos carácter y menos ojos que los suyos, otros han ido lejos. Pero usted no sirve. 

-¿Entonces? 

-Ponga en orden el film que ha hecho con Dolly; tal cual, reforzando la escena 
del bar. El final ya lo tienen pronto. Le daré la sugestión de otras escenas, y 
propóngaselo a la Blue Bird. ¿El pago? No sé; pero le alcanzará para un paseo por 
Buenos Aires con Dolly, siempre que jure devolvérnosla para la próxima temporada. 
OMara lo mataría. 

-¿Quién? 

-El director. Ahora déjeme bañar. ¿Cuándo se casa? 

-Enseguida. 

-Bien hecho. Hasta luego. Y mientras yo salía apurado: 

-¿Vuelve otra vez con ella? Dígale que me guarde el número de su ilustración. 
Es un buen documento. 


Pero esto es un sueño. Punto por punto, como acabo de contarlo, lo he soñado. 
No me queda sino para el resto de mis días su profunda emoción, y el pobre paliativo 
de remitir a Dolly el relato -como lo haré en seguida-, con esta dedicatoria: 

"A la señora Dorothy Phillips, rogándole perdone las impertinencias de este 
sueño, muy dulce para el autor". 


til 


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